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2/05/2012

Jueves, 17 de mayo de 2012

Última actualización:02:15:52 PM GMT

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Mendoza y la madeja enmarañada

El final de las aventuras de Ernesto Mendoza

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El_Bosco_El-carro-de-heno

Fin. 
Todo se acaba alguna vez, todo. El sufrimiento que nos llega a parecer insoportable termina en algún momento; la felicidad que a veces nos puede invadir, también. El amor, el miedo, la amistad, los negocios, la vida... todo se acaba. Hasta la puñetera crisis económica terminará y las mentiras de los políticos... esto... bueno, digamos que incluso la Política acabará algún día. Y no pasa nada, porque la vida es cambio. Ya lo dijo un tal Heráclito hace 2.500 años: Todo cambia, nada permanece.

Segunda parte del nuevo caso de Mendoza: 'El carro de heno'

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el_carro_de_heno_el_boscoEl amor es el peor amigo de la razón, de la lealtad y de la responsabilidad. El amor todo lo nubla e impone no solo cambios fisiológicos (se acelera el pulso, se dilatan las pupilas, se eriza el vello, se sufre insomnio...) sino también, y sobre todo, una radical transformación del espíritu interior. Por amor se puede delinquir, se puede fallar, se puede traicionar. Y todo eso, que mi querido amigo Ernesto Mendoza ha estado investigando durante años para completar su tesis La explicación química del amor y las tendencias criminales del desamor, lo ha sufrido en primera persona en las últimos semanas.

Nuevo caso de Ernesto Mendoza: El carro de heno

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ganeshaErnesto Mendoza dice que si pesara cinco toneladas, midiera tres metros y tuviera unos largos colmillos se iría a cazar reyes al Palacio de la Zarzuela. Su tradicional aversión a la monarquía se ha visto alimentada estos días por el escándalo de Botsuana y se pasa el día haciendo chanzas sobre el asunto. Siempre le ha importado un higo la naturaleza, la fauna y la flora, pero ahora se ha convertido en un defensor de los elefantes, unos animales sagrados, dice. En solo dos días me ha contado varias veces la recién aprendida historia de Ganesha, el dios hindú con cabeza de paquidermo. Sé que le interesa tanto el hinduismo como a mí  (o menos), pero solo por llevar la contraria se ha hecho con una figura de Ganesha y se empeña en que presida nuestro salón. Ante mi cara de estupefacción e indignación cada vez que veo semejante horterada encima de la mesa que tenemos delante del sofá, le entra siempre un ataque de risa y entre carcajada y carcajada solo se le ocurre una y otra vez el mismo chiste:

-Me parto la cadera, Santi; digo el pecho, perdona, me parto el pecho –y vuelve a reírse todavía con más fuerza.

Ernesto Mendoza: Fastasmas (y III)

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nubes_luis_domingoEl peor sentimiento no es la culpa, sino la pérdida de la esperanza. ¿Quién no se ha sentido derrotado alguna vez por el desánimo? Hay momentos en los que nos invade una tristeza agónica, como si fuéramos un ex gobernante que ve que su país se hunde y todos le culpan mientras se consuela supervisando nubes. Cuando uno siente que ha fallado irremediablemente llega a pensar que se ha quedado sin alma. Ya no se trata de señalar desde la ventana a los malos, sino de aguantarles la mirada en el espejo; no es cuestión de buscar fantasmas ajenos, sino de atormentarse con los propios. Cuando uno ha manchado su pasado y su conciencia, mirar hacia atrás no genera nostalgia, sino culpa. Y nuestros fantasmas buscan consuelo y descanso en otras almas.

Ernesto Mendoza: Fantasmas en el alma (II)

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Amon_Gths_house

Hay otros fantasmas, los de la gente sin alma. Indeseables, canallas, sádicos, hijos de meretrices, gentuza que se empeña en hacernos la vida más difícil. ¿Quién no se ha cruzado con uno de ellos? Todos soportamos a alguno de estos hombres o mujeres sin alma que molestan, incordian, hacen daño y crean en nuestras conciencias fantasmas oscuros, macabros y tristes, recuerdos del daño que hicieron y, muchas veces, generadores de rabia, ira, deseos de venganza.

Fantasmas en el alma

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insomniaTodos tenemos una conversación inacabada, tal vez interrumpida por un insulto, un olvido, un enfado... Y al otro lado se nos quedó un hermano, un buen amigo, una ex novia... y una relación podrida por lo que nos habría gustado decir y por todo el silencio acumulado, macerado con reproches. Nos quedamos con un diálogo roto, un final abrupto e incómodo. Son conversaciones incompletas que durante un tiempo esperaron en el alma a ser reparadas; algunas quizás todavía estén a tiempo... Son fantasmas que arrastran su añoranza por el sótano de nuestras almas y de noche, escondidos tras el insomnio, nos susurran: ¿Qué habría pasado si...? ¿Por qué nunca le dijiste que...?

El caso del recomendado de Juana “La Dolorosa” (y II)

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desahucioZacarías Adánez, viudo, en paro, sin hogar y padre de un hijo enfermo, se había presentado en casa porque una tal Juana "La Dolorosa" le había dicho que Erensto Mendoza le ayudaría a recuperar su casa en Cádiz, embargada por el banco. Después de contarnos su caso, mi compañero de piso envió al cliente a la pensión de Guadalupe Calabuch, una amiga que le debía muchos favores. Allí podría dormir y le darían de comer todo el tiempo que quisiera, que no debería ser mucho porque su hijo seguía en El Puerto de Santa María al cargo de su prima Mercedes.

El caso del recomendado de Juana “La Dolorosa”

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eurobasketUna tarde de septiembre estaba yo viendo un partido del Eurobasket, creo que era el España-Eslovenia, cuando llamaron a la puerta. Mi salón mostraba una escena que reventaría los medidores de estereotipos: un hombre tirado en el sofá, con una cerveza en la mano, viendo deporte por la tele, rascándose el ombligo (entre otras cosas) y gritándoles a tíos de dos metros que eran unas nenazas y que no corrían nada. Sonó el timbre de la puerta y fui a abrir con la desgana de quien es sacado abruptamente de su ensimismamiento. Pensé que sería un mensajero (no paran de llegar paquetes a nombre de Ernesto) o alguno de sus extrañas visitas (vienen de vez en cuando a hablar con él indigentes y yonkies; supongo que su adicción a las drogas le lleva inevitablemente a ciertas amistades) o simplemente una equivocación. Pero me encontré a un hombre de unos 50 años, con chaqueta de cuadros, camisa a rayas y pantalón de pana marrón. Parecía que le costaba llenar toda aquella ropa, como si se la hubiera prestado su hermano mayor.

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