¿Cómo puede mi Musa tratar de inventar algo
mientras tú me alientas y esparces en mis versos
tu exquisito argumento, demasiado excelente
para que algún papel, vulgar, te lo repita?
Oh, date tú las gracias si algo de lo que es mío
por digno de tu vista se ofrece a la lectura.
¿Quién sería tan necio que de ti no escribiera
cuando eres tú quien da la luz de la invención?
Sé la décima musa, diez veces más valiosa
que las antiguas nueve que invocan los poetas
y al juglar que te llama, déjalo producir
los versos inmortales que al tiempo sobrevivan.
Mas si mi tenue Musa agrada en ese tiempo,
sea mía la pena y tuya la alabanza.
(Soneto XXXVIII, William Shakespeare)






"La situación, cheri, es muy simple. Desde luego, sé con absoluta certeza que no soy nada para ti, menos que nada. Oh, sí, te gusta hablar conmigo (y burlarte de mí), le has tomado afecto a nuestra casa acogedora, a los libros que me gustan, a mi jardín encantador, hasta a los alborotos de Lo, pero... yo no soy nada para ti. ¿No es cierto? Absolutamente nada. Pero si después de leer mi «confesión» resolvieras con tu oscuro y romántico aire europeo, que soy lo bastante atractiva para sacar ventaja de mi carta y hacerme avances, entonces serías un criminal, peor que el raptor que viola a un niño. Ya lo ves cheri. Si resolvieras quedarte, si te encontrara en casa (cosa que no ha de ser, lo sé, y por eso soy capaz de desahogarme), tu permanencia sólo significaría una cosa: que me quieres tanto como yo a ti, como compañero para toda la vida, que estás dispuesto a unir nuestras vidas para siempre y a ser un padre para mi niñita".
"Tras arder siempre, nunca consumirme;
"Si lo que quieres es vivir cien años, no pruebes los licores del placer;
"Ven conmigo a otro aposento,