Más de un siglo sobre las espaldas le conferían una visión del mundo que parecía trascender el contorno material de las cosas. “Nunca he tenido miedo a la muerte. Al sufrimiento, sí”, repetía quien huía de la inactividad, que identificaba con el aburrimiento, como de la peste. “Si me aburro, muero. Del aburrimiento se pasa a la muerte”, y presumía de “no recordar ni una sola hora de mi vida en la que, mano sobre mano, haya sentido que no tenía nada por hacer”.

Desde el cine mudo

Venía de los tiempos en los que el cine carecía de voz. Por entonces, su debut como actor fue en una cinta del italiano Rino Lupo a la que siguieron otras interpretaciones, entre las que destacó su papel en la segunda película sonora realizada en Portugal, A Cançao de Lisboa. A partir de ahí lo suyo fue la dirección, aunque fue habitual su aparición, casi siempre fugaz, en muchas de sus películas

Había nacido el 11 de diciembre de 1908 en una familia burguesa en Oporto –su padre era propietario de la primera fábrica de bombillas que existió en Portugal. Estudió de joven en un colegio de jesuitas en La Guardia (Pontevedra), guardando un buen recuerdo del lugar y otro menos bueno de aquella época en las aulas: “Era un mal estudiante. Me interesaba más el atletismo”. Pero ya entonces, muy pronto, empezó a ver cine y a asumir que en aquello estaba su futuro.

En sus primeros trabajos tras la cámara, lo social y la etnografía marcan el rumbo, como el reflejo del trabajo de los pescadores en el río Duero, tema al que dedica varias cintas.

Salto internacional

Su salto al plano internacional se produce con Amor de perdición, basada en la novela de Camilo Castelo Branco, con la que también comienza una etapa que prácticamente ha llegado hasta nuestros días de revisión para el cine de obras literarias. Tal es el caso, entre otros muchos ejemplos, de Francisca, sobre la obra homónima de Agustina Bessa Luís; El zapato de raso, cuyo guion adapta la obra de teatro de Paul Claudel, y con la que gana el León de Oro en Venecia; La divina comedia, El día de la desesperación, en la que aborda el suicidio de su admirado Castelo Branco; A Caixa, siguiendo la obra de Alvaro de Carvalhal; Inquietud, que entrelaza tres relatos de escritores de diversas épocas y estilos, La carta, basada en el texto de Madame de La Fayette, Singularidades de una chica rubia, a partir de un cuento de Eça de Queiroz, o su estreno en la 69 Mostra de Venecia de O Gebo e a Sombra, particular interpretación de la pieza Esperando a Godot de Samuel Beckett.

Represaliado

Le gustaba hablar de política –“España parece que no mira a Portugal, pero lo hace”– y no se cortaba al hacerlo. De hecho, la dictadura salazarista trabó su carrera de continuo, siendo incluso detenido varias veces, hasta el punto de que, hasta la caída del tirano en 1974, sólo pudo concluir 12 películas en su país.

La religión también ocupaba su pensamiento y en sus conversaciones solía incluir citas bíblicas. “Yo soy como Buñuel –director al que tuvo siempre como un referente–, otro creyente descreído. Sin el catolicismo no existirían las películas del genio aragonés”.

Multifacético

Coqueto y dandy, atleta y piloto de automóviles y aviones acrobáticos, sordo y mujeriego, padre de cuatro hijos y casado durante 75 años con la mujer a la que ha dejado viuda, a Manoel de Oliveira acabó por parársele el corazón. Pero hasta el penúltimo latido sostuvo una lucidez deslumbrante y un talante optimista. “Solo desde el optimismo se puede crear una obra larga”, decía hace apenas unos meses.

En la que nos ha dejado aflora casi un siglo de cine. Por su cámara han pasado desde actores anónimos hasta intérpretes consagrados como Mastroianni, Malkovich o Catherine Deneuve, o las españolas Pilar López de Ayala y Marisa Paredes.

El hombre que colocó a Portugal en el atlas cinematográfico mundial tuvo en el amor no correspondido, la tentación carnal, la ambición por el poder y el reto ante la muerte algunos de los temas esenciales de sus películas.

Planos largos, diálogos muy trabajados, puestas en escena minuciosamente estudiadas, ironía y un tipo de humor ácido que le provocó no pocas críticas, marcaron su forma de ver la creación artística.

Oliveira entendió el cine “como manifestación cultural moderna, indispensable, necesaria, nunca como un simple espectáculo para distraer”. Así lo cumplió quien, hasta el aliento decisivo poeta siempre, hizo suyas las palabras de su compatriota Pessoa:

Si después de morirme quisieran escribir mi biografía

no hay nada más sencillo.

Tiene sólo dos fechas

la de mi nacimiento y la de mi muerte.

Entre una y otra todos los días son míos.