Jean-Louis Trintignant e Isabelle Huppert garantizan calidad en cualquier proyecto en el que se embarquen. No es una excepción su medida labor en Happy End, una propuesta que supura sarcasmo y realismo y que el propio Haneke resume en los siguientes términos: “A nuestro alrededor, el mundo, y nosotros en medio, ciegos. Una instantánea de la vida de una familia burguesa europea”.

Así es. Happy End se asienta en el núcleo de una familia burguesa de Calais en la que el patriarca (Trintignant) ha perdido cualquier atisbo de ilusión y sólo piensa en morir mientras su hija (Huppert) tiene que trajinar, bajo el mismo techo, con los conflictos de tres generaciones.

Con su habitual lucidez, Haneke rueda una película acerca de la indiferencia de cada uno de sus miembros ante el sufrimiento y logra captar la atención del espectador desde los primeros minutos gracias a la utilización de múltiples pantallas y diferentes registros lingüísticos.

Como explica el director, ganador de un Oscar (Amor) y de dos Palmas de Oro en Cannes (La cinta blanca y Amor) entre numerosos premios internacionales: “No podemos hablar de la sociedad de hoy en día sin mencionar nuestro autismo, nuestra ceguera respecto a la vida auténtica. Antes, un campesino conocía su pueblo y las montañas que lo rodeaban. Ahora tiene televisión e internet y cree que está bien informado, aunque en realidad no sabe nada porque lo único que de verdad sabemos es lo que hemos vivido. Pero en esa ceguera nos movemos”.

Entre muchas más luces que sombras Haneke nos ilustra en cada nueva entrega abordando cuestiones que suscitan controversia. Happy End es otra vuelta de tuerca en ese objetivo.

Happy End

Dirección y guion: Michael Haneke
Intérpretes: Isabelle Huppert, Jean-Louis Trintignant, Mathieu Kassovitz, Fantine Harduin y Toby Jones
Francia, Austria, Alemania / 2017 / 107 minutos
Golem Distribución