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Pasolini en constante estado de rabia

El director de joyas poco conocidas de su filmografía como Mamma Roma (1962) o Pajaritos y pajarracos (1966), con dos monstruos del cine italiano como Anna Magnani y Totò respectivamente, nunca ocultó el mal cuerpo que le provocaba la burguesía y la sincera ternura e interés que le despertaban, en cambio, los parias del planeta, los desgraciados de la periferia romana y los más infelices del Tercer Mundo. Hay por eso muchas embestidas para unos y grandes dosis de cariño para otros en esta antología imprescindible para los seguidores del gran cineasta e intelectual.

Maniqueo pero tremendamente lúcido, chapoteó siempre gustoso en el charco de la provocación cuando la provocación aún era posible, tenía su mérito y sus impresentables consecuencias (“el código penal está objetivamente contra mí”). Fue un visionario dispuesto a no congraciarse con nadie (“el primer deber de un escritor es no temer la impopularidad”) que ya en 1958 alertaba del daño inmenso de la televisión sobre los más vulnerables, de su posición central “en el fenómeno del neocapitalismo. Mientras que tiende a elevar un poco el nivel de conocimientos de los que están a un nivel superior, hunde en cambio aún más a los que se encuentran en un nivel inferior”.

Porque Pasolini tenía dardos para todos pero también tenía claro cuál era el centro de la diana: no eran los católicos con su dogmatismo ni el comunismo incapaz de resolver el problema de la sociedad, sino el capitalismo y de ahí su “neta oposición al liberalismo y a toda esa ideología típicamente burguesa”, su bestia negra casi desde que tuvo uso de razón.

Entre las respuestas a tantas preguntas el director de El Decamerón (1971) va deslizando lo más parecido a esa autobiografía que no tuvo tiempo de escribir si bien toda su obra poética y ensayística y cinematográfica contiene mucho de su propia vida y de su forma de verla.

En las entrevistas, nos cuenta la problemática relación con su padre, oficial del ejército, y el amor incondicional a su madre, maestra y motor de su fuerza creativa; su aversión al teatro (“siempre que voy me prometo no volver”) y su amor a la poesía, la novela y el cine (“tuve que inventarme una técnica mientras rodaba mi primer filme Accattone”); su debilidad por la gran metrópoli –por muy capitalista que fuera– de Nueva York que le lleva en 1966 a soltarle a otra provocadora nata como Oriana Fallaci que no hay en el planeta para un marxista de pro una “izquierda más bella que la estadounidense”; su vocación por molestar a todos, incluso a los siempre halagados estudiantes parisinos de 1968 (“Queridos estudiantes, los periodistas os lamen el culo. Yo no, tenéis caras de hijos de papá (…) ¡Yo simpatizaba con los policías porque los policías son hijos de pobres!”: el tiempo demostraría que no iba muy desencaminado en sus críticas); su amor desesperado a la vida y su amor al mismo amor (“cuando falta el amor la gente deja de vivir” y es incapaz de producir); su escasa sensibilidad con la causa feminista de la época (“las mujeres se empeñan continuamente en llamar la atención como objetos sexuales, y si no fíjense en el uso de la minifalda que hacen las chicas jóvenes”); su ateísmo manifiesto que supo hacer compatible con su no menos expreso entusiasmo por la Biblia (suyo es El evangelio según san Mateo, la mejor película sobre la figura de Jesús según El Vaticano); sus admiraciones ideológicas (Antonio Gramsci), literarias (nuestro Antonio Machado, Kavafis o Allen Ginsberg) y cinematográficas (Roberto Rosellini).

La última entrevista incluida en el libro se produjo el día antes de su asesinato y se publicó seis días después del mismo. La muerte de Pasolini da para tantas sobremesas animadas como la de Marilyn Monroe o John F. Kennedy. Nos lo arrebataron en plenitud de facultades como pensador y poeta. El mejor homenaje se lo hizo otra mosca cojonera del cine italiano en Caro diario (1993) cuando a bordo de una Vespa y al ritmo de los acordes del piano de Keith Jarret Nanni Moretti visita el lugar exacto de la playa de Ostia donde perdió la vida hace ya casi medio siglo.


Todos estamos en peligro. Entrevistas e intervenciones [1]
Pier Paolo Pasolini
Edición y traducción de Antonio Giménez Merino, Josep Torrell y Juan Ramón Capella
Editorial Trotta
420 páginas
31 euros