Benjamin Lacombe. Foto Sonia Aguilera

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Benjamin Lacombe: “Por supuesto que dibujo sonrisas”

Benjamin Lacombe. Foto Sonia Aguilera
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Ojos muy grandes, bocas pequeñas pero con mucho color, rostros pálidos, cuerpos frágiles, juegos de sombras y colores, sonrisas sugeridas, melancolía en el aire… A través de todos esos elementos Benjamin Lacombe (París, 1982) nos habla de amores imposibles y de tradición, de hadas y naturaleza, de adolescencia, de feminidad, de circos gitanos y guitarras, de cuentos macabros y silenciosos, de música y magia.

Lacombe es ya una institución en el mundo de la ilustración porque con sólo 31 años ha publicado 28 libros que han sido traducidos a 11 idiomas (tan diversos como el coreano, el ruso o el euskera) y de los que 15 han llegado a España a través de la editorial Edelvives. Estos días, el Museo ABC hace un recorrido por su particular universo y muestra 30 láminas y dos esculturas que sumergen al espectador en títulos como Los amantes mariposa, El herbario de las hadas, Swinging Christmas, Ruiseñor, Blancanieves, Ondine o Nuestra Señora de París.

La inspiración… en la vida

El Quattrocento y los prerrafaelistas están muy presentes en toda su obra. También Tim Burton, Lars Von Trier, Pedro Almodóvar o Hitchcock, y por supuesto, la fotografía. “Me fijo en fotógrafos especializados en un tipo de fotografía con mucha composición y que toma muchos aspectos de la pintura, donde destacan nombres como Gregory Grewdson, Desiree Dolron o Erwin Olaf”.

“De todas formas, lo que me más me inspira, más que los nombres que he mencionado, es en realidad la vida misma, los acontecimientos que he vivido. Son temáticas que me marcaron cuando era pequeño y que me siguen marcando ahora. Lo que me interesa es eso, la temática, la historia, tanto si la cuento yo como si la cuenta un clásico. Quiero transmitir en mis historias las mismas sensaciones que yo he sentido antes, quiero que el lector sienta lo mismo que yo he sentido”, puntualiza el ilustrador francés.

Lacombe empezó en el mundo de la animación y la publicidad, pero pronto decidió buscar su camino en la ilustración ante el deseo de dibujar y contar sus propias historias. El reconocimiento mundial le llegó con Cereza Guinda, un cuento en que una niña llamada Cereza, una auténtica devoradora de libros pero con muchos miedos, encuentra la fuerza necesaria para enfrentarse a la vida gracias a Guinda, un perro abandonado.

El éxito de este cuento fue totalmente inesperado, ya que se trataba de su proyecto final en la Escuela de Artes Decorativas de París. Se publicó en Francia en marzo de 2006 y al año siguiente en Estados Unidos por la prestigiosa editorial Walker Books, lo que le valió entrar en la lista de los 10 mejores libros para niños publicados en el año 2007 de la revista Time.

Ilustración para adultos

Sin embargo, la gran mayoría de sus libros no son para niños. Lacombe ha contribuido al despertar mundial por la ilustración y el coleccionismo de este tipo de publicaciones en personas adultas. Sus personajes y ensoñaciones (mágicas y macabras a partes iguales) hacen las delicias de personas de todas las edades.

“Cuando saqué los Cuentos Macabros creo que contribuí un poco a alimentar la idea de la ilustración para adultos, porque las librerías no sabían dónde colocarlos. Por desgracia, todavía mucha gente cree que los libros ilustrados son infantiles y hace más de un siglo que la ilustración se identifica con los más pequeños. Sin embargo, en el siglo XIX, la ilustración en realidad no era para niños y fue más tarde cuando llegó al mundo infantil. Hoy, por suerte, de nuevo empieza a renacer y se utiliza para contar algo ya sea para niños o para adultos”, relata Lacombe.

“Además estamos en una sociedad de la imagen y se está llevando a cabo un renacimiento, aunque se están viviendo dos escenarios bien diferentes, por un lado, Estados Unidos y por otro, Europa y Asia, China en concreto. En Europa hay una gran diversidad de formatos, hay una gran cultura de la ilustración para adultos y de ilustraciones más mezcladas”, matiza.

Un juego con el lector

Introducir a sus perros en libros se ha convertido en una especie de juego con los lectores imitando lo que hacía Hitchcock al introducir su presencia de forma sibilina y rápida en sus películas. “Es como mi marca personal. Antes incluía sólo a mi perro Virgile y ahora que tengo otra perra, Lisbeth, la dibujo también. Es un guiño, un diálogo con los lectores, aunque a veces no resulta nada fácil colocarlos y están muy ocultos”, confiesa.

Acostumbrado a que muchos le digan que sus personajes son melancólicos, a veces tristes, y que no sonríen, Lacombe cree que no es una percepción acertada y considera que sí dibuja sonrisas y que en algunos de sus libros éstas se reparten entre los personajes, como ocurre en Ruiseñor, por ejemplo. “Por supuesto que dibujo sonrisas. Es cierto que no son completas, ya que dibujo sonrisas en las que nunca se ven los dientes. Son más al estilo de las de Da Vinci, a quien admiro mucho y que nunca dibujó una sonrisa abierta del todo y siempre eran un poco enigmáticas”.

 

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En España acaba de publicar el libro Swinging Christmas y en Francia, Madame Butterfly, que llegará a nuestro país justo dentro de un año.

Sobre Leonardo Da Vinci versará su próxima publicación, ya que está preparando un cómic sobre su vida vista desde su relación con Salai, su ayudante y amante. “Tengo muchas ganas de terminarlo. Leonardo da Vinci es uno de los grandes genios que ha conocido la humanidad y que, sin embargo, sufrió mucho. Esta historia contrarresta un poco la imagen que tenemos de él, ya que era una persona hermosa, un Brad Pitt de la época, y sin embargo sufrió mucho porque fue víctima de su homosexualidad. Hace tiempo que lo empecé y ahora que ha salido el debate del matrimonio para todos en Francia tengo aún más ganas de que salga”.

En estos momentos, Lacombe también trabaja en una historia sobre Maria Antonietta y en otro proyecto con Sebastián Pérez, con el que ya ha trabajado en varias ocasiones, y del que no quiere adelantar nada.

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