Desde los noventa compone imágenes de arquitecturas contemporáneas de las que casi siempre está excluida la figura humana y, aunque ese lenguaje nunca desaparece de su trabajo, sí va dejando paso a la fotografía, en la actualidad su medio de expresión predominante y por el que se le concedió el Premio de la Comunidad de Madrid y el Premio Nacional de Fotografía.

Pintura y fotografía son técnicas que utiliza simultáneamente con una misma intención, y ambas le sirven como reflexión sobre el mundo y la condición humana. Cuando Ballester explica su transición de la pintura a la fotografía afirma que trata de pintar con la cámara y fotografiar con los pinceles. Los objetos más recurrentes son las escaleras, ventanas, fachadas y puertas que dan paso a lugares vacíos o esquinas misteriosas.

En ellos juega con la luz, elemento fundamental en su obra, y busca una belleza exacta que a veces resulta inquietante. Le atraen los espacios industriales, habitaciones de hotel, garajes, pasillos, aeropuertos en construcción, museos en obras. Su pasión por los viajes le ha llevado a pintar y fotografiar numerosos países, especialmente en China, país por el que siente una especial fascinación.

En la muestra el artista ha dirigido su mirada a su entorno más habitual y quizá más querido: su estudio, pero no es su estudio real, sino más bien un espacio mental, metafórico, en el que de nuevo es la luz, la línea, los encuadres inquietantes, la huella de la memoria, lo que nos transmite la magia de su trabajo. Como dice Lorena Martínez de Corral en el texto del catálogo de la exposición, “la fotografía es magia y pasión, no solo realidad, y esta pasión es el elemento activador de la mayoría de sus trabajos. Ballester la expresa en su obra a través de la tensión, la creatividad, la belleza y la emoción, interpretando un espacio conocido más allá de los límites de la realidad”.