Cuerpos que muestran el malestar por la opresión de un orden social, un orden marcado por dicotomías excluyentes que hacen imposible la integración de lo múltiple, y que niegan los estados fronterizos. “Me centro en la invasión del espacio público, localizaciones con fisuras y áreas que suponen un perjuicio y restricción para las libertades públicas y privadas en relación a la identidad individual, sus cuerpos y sexualidad”, explica la artista.

Coca realiza performances para la cámara fotográfica y vídeo fuera del espacio de galerías, museos y distritos artísticos de Pekín y México, donde las reacciones de los transeúntes son más intensas, ya que no esperan que una acción artística suceda ahí. A través de la ironía y la descontextualización crea situaciones donde el espectador puede participar en estas experiencias en contextos de vida real, así hay un impacto mental y emocional sobre el público, envolviéndolo activamente en la propuesta.

“Inspirada por las Pussy Riots, a través del uso del pasamontañas represento la idea del miedo al otro, que está siendo usado globalmente como estrategia para limitar nuestras libertades”, asegura. Para la artista, la sociedad de la información dispersa los datos, que solo se reciben en el espacio privado a través de las máquinas. La ciudad como espacio público ya no existe, no existen espacios reales para la cohesión, diálogo, intercambio cultural, representación y expresión, por lo tanto la política en un sentido tradicional se ha vuelto imposible.

“Es por esto que afirmo que, para mí, el arte es un derecho, no un privilegio, que debe suceder en la calle, en el espacio público, como una herramienta de práctica, cohesión y disfrute social. Estas esferas de la vida –privado y público– que nos presentan como irreconciliables coexisten y se interpenetran una a otra, por eso es imposible entender la una sin la otra”, concluye Diana Coca.