El fotógrafo manchego plasma su ADN en cada imagen capturada, otorgando a rincones y objetos la capacidad de ser embajadores de su tierra. Emisarios que tras atravesar su cámara lucen auténticos, huyendo de la artificialidad y la modificación. “Mis imágenes son fruto de la imaginación, de la curiosidad, de multitud de caminos solitarios recorridos en busca de las más humildes señas de identidad del pasado. De las costumbres y los usos a través de los objetos arrinconados y olvidados en cuadras, desvanes, corrales… y que en su día formaron parte importante de los ajuares rurales”.

En sus fotografías, el tiempo y los recuerdos se han posado sobre enseres domésticos y construcciones vernáculas, dejando una huella escondida de lo que fueron, convertidos hoy en narradores de historias añejas que forjaron las vidas de otros. Insignificantes para muchos, no pasaron desapercibidos ante la mirada de Hidalgo, que supo intuir tras su sencillez la belleza de la memoria que encerraban. Un recorrido que comienza en 2010 en tierras de La Mancha y que se ha desplegado a lo largo de los años por las provincias adyacentes.

Un devenir atrapado por su objetivo de 50 mm, donde el cromatismo intenso aporta referencias pictóricas que trasladan a aquellos lugares donde las familias tienen apodo, las costumbres un hueco ante la prisa y las charlas pausadas entablan un diálogo con la cotidianeidad. Quizás su trabajo, inmerso en la sencillez de lo cercano y la huida de artificios, da la pauta para volver a mirar a nuestro alrededor, de manera que recuperemos las memorias, el tempo calmado y las vivencias.