A lo largo de más de tres décadas, entre 1952 y 1986, Jesse A. Fernández (La Habana, 1925 – París, 1986) practicó lo que se ha venido en llamar una “errancia hispánica”, al residir en distintos países americanos y europeos, desde su Cuba natal a su España de procedencia, pasando por México, Colombia, Guatemala, Francia, Italia o Estados Unidos.

En todos ellos mostró su interés por la realidad y por los personajes del mundo cultural de la urbe en que se encontraba –a este respecto, la serie neoyorquina dedicada al jazz es reveladora–, pero también en todos estos lugares buscó el denominador común, el enlace con lo hispánico que siempre inspiró su obra, en las personas y en el paisaje. Sus fotografías recogen este interés por el lugar, al tiempo que las constantes que caracterizan su poética artística, algo que se manifiesta en los dos géneros esenciales que siempre practicó, el retrato y el paisanaje urbano.

Jesse A. Fernández, una personalidad de indudable encanto, mantuvo estrechas relaciones con los representantes del mundo cultural de los lugares en los que residía, dedicando especial atención a aquellos que representaban el mundo hispánico. Así, si en el Nueva York de los años cincuenta y sesenta retrató a Marcel Duchamp o a Marlene Dietrich, también con el mismo interés retrató a escritores, artistas y músicos del mundo hispánico presentes en la urbe como Salvador Dalí, Max Aub, Mario Vargas Llosa, Nicanor Parra o Carmen Amaya, al igual que haría después en París o en Madrid durante los años setenta y ochenta.

Esta combinación de mundos y esa mirada hacia los elementos culturales comunes, como sucede con la serie dedicada a las catacumbas de Palermo, es lo que destaca en su obra y lo que se ha querido resaltar en esta exposición dedicada a ese itinerario personal y fotográfico por el Nuevo y el Viejo Mundo, en el que lo hispánico sirve de enlace.

A partir de 2018 la muestra viajará a distintos centros del Instituto Cervantes, entre ellos París, Nueva York, Chicago, Palermo, Roma, Fráncfort y Berlín.