La muestra incluye una selección de obras realizadas entre 1963 y 1983 que dan testimonio de la creatividad de este artista universal, que ya había experimentado con la escultura en periodos anteriores. Es precisamente al final de su vida cuando la pintura y la escultura inician un diálogo directo entre sí, tema principal de esta exposición sobre la que su comisaria, Carmen Fernández, señala lo siguiente: “A partir de los años sesenta, la escritura definitiva de su obra como una sintaxis conjugada en dos y en tres dimensiones reflejaría un mundo en el que, en las propias palabras de Miró, ‘todo se vuelve insólito, inestable, nítido y embrollado al mismo tiempo’, y donde ‘las formas se engendran al transformarse. Se intercambian y crean así la realidad de un universo de signos y de símbolos en que las figuras pasan de un reino a otro, tocan con un pie las raíces. Son raíces y van a perderse en la cabellera de las constelaciones’”.