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Angélica Dass viajará por los cinco continentes con ‘Humanae’

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Angélica Dass nació en Río de Janeiro en 1979 y lleva ya siete años en España. En los últimos meses, además de afianzarse como fotógrafa y destacar por combinar grandes dosis de creatividad, arte, investigación y sociología, se ha convertido en cómplice y confidente de cientos de personas.

Acaba de ganar el Premio Festival Off de PHotoEspaña 2013 por su proyecto ‘Humanae’, que hasta el 17 de julio recala en la Galería Max Estrella. Cientos de personas han acudido ya a su convocatoria pública para ser retratados por su cámara. Ha tenido citas en Madrid en varios emplazamientos, en Barcelona, pero también en París y Chicago.

Decenas y decenas de personas le han contado pequeñas confidencias en breves cruces de palabras. Mientras, con las hombros desnudos y expresión neutra, Dass ha captado su esencia. La esencia humana en sí misma. Personas blancas, más blancas, café, beige, negras, más negras, mestizas… Personas sin clase social, sin religión, sin condiciones. Angélica se alía a la escala cromática marcada por Pantone para probarlo y con todo forma un conjunto bello y, sobre todo, realista, físico, colorido e igual.

¿Se esperaba este premio?

No, la verdad es que no. Cuando me preguntan por qué creo que he ganado siempre contesto que es porque he intentado con esta exposición que el mundo del arte no sea sólo para la gente del mundo del arte. Al final hemos recibido gente de todas las partes y de todos los niveles, algunos más cercanos al arte que otros. Creo que la propuesta de empezar con una pieza fija, tener el estudio abierto todo el tiempo y que vaya creciendo hace que las personas que vienen a ver la exposición sientan que de verdad son parte del proyecto. Ha sido una puesta un poco más diferente o una alternativa de inclusión generalizada y creo que es positivo para el Festival porque así no es para unos pocos, sino para cualquiera, como el proyecto.

¿Cómo se le ocurrió la idea de Humanae?

Me fui a Brasil en abril del año pasado y quería hacer el árbol de colores de mi casa porque somos así: primos que no parecen primos porque somos de colores muy diferentes. También por la curiosidad que he despertado aquí. No hablo de racismo, hablo del hecho de ser diferente, el hecho de que entres en el metro y la gente te mire, te pida tocarte el pelo para ver cómo es, que me pregunten si me quemo cuando tomo el sol…

Todo empezó de una manera muy personal, quise hacer ese árbol de colores con mi familia y esas fotos no las tenía del todo controladas. Si miras las primeras fotos de Humanae verás que no son del todo perfectas porque tuve que aprender cómo iluminar y cómo hacer todo para que quedase igual en absolutamente todos los sitios. Los primeros meses fueron de experimento. Empecé con mi familia, luego con mis amigos, luego con mis compañeros de máster, después con convocatorias públicas y más, más, más, más…

¿Cómo es el proceso y cómo clasifica ese color?

Hago los retratos en fondo blanco. Cojo un cuadradito de 11 píxeles de la nariz y ese es el color que coloco en el fondo. La elección de la nariz es intencional porque es la primera parte del cuerpo que cambia cuando tomamos el sol, tomamos un vinito o estamos resfriados. Después, en un programa de edición que tiene una biblioteca, cojo el color y busco el correspondiente en la escala Pantone.

¿Hay alguno que se repita especialmente?

Sí, hay varios, ya que como estamos haciendo las fotos sólo en Madrid y la mayor parte de la gente viene con ese color de invierno hay muchos rosas palos, muchos colores muy claritos, y estamos repitiendo muchos tonos de beige y de rosas. De 250 personas hay colores que se repiten como siete veces.

¿Qué criterio sigue para colocarlos?

Hago una clasificación completamente caótica. La idea es que sea un poco como la vida misma porque estamos todos un poco mezclados. Lo que intento es no colocar los mismos colores cerca. Hay muchas familias que vienen y siempre las separo para que no estén uno cerca del otro porque me gusta que la gente tenga que hacer este juego de buscarse. Es aleatorio. Los voy colocando de una forma más orgánica, diferente de lo que había planteado un poco al principio, cuando estaba todo muy ordenado.

¿Cómo están ordenadas las del panel del que partía?

De manera que los colores repetidos no estén cerca uno del otro, que los niños que yo sabía que vivían en Madrid estén abajo para que se encuentren fácil al estar colocados a su altura… Hay una chica que es musulmana y es la única persona que no ha perdido sus códigos por completo porque si miras a los otros no se sabe su religión ni clase social. Está exactamente en el centro porque mi intención era que esa parte de la población que no puedo retratar sin sus signos, sin sus códigos religiosos, porque no puede posar sin el pañuelo, estuviera ahí, en el centro, para que nos acordásemos siempre de esas personas.

El resto, los marrones, están muy bien colocados a lo largo de todo el panel porque son los colores que menos tengo. En Madrid no hay tanta variedad y además no hay gente que se acerque. No me bajo a Lavapiés para hacer fotos porque me interesen más colores. Simplemente hago convocatorias públicas y la gente que de verdad está de acuerdo conmigo, con la idea, se ofrece como voluntario y viene a participar. Por ejemplo, gran parte de los marrones y caramelos los conseguí cuando estuve en Chicago y en París. Allí da igual cuál sea el nivel social o cultural porque allí hay muchísima más mezcla que en España. Ahí está el contrapunto: la mayor parte de las fotos que he tomado están hechas en España pero la mayor variedad la he encontrado en París y Chicago.

Ha estado recientemente en París haciendo fotos, ¿cómo le fue?

Sí, en la sede de la UNESCO. Fue una gran experiencia. Fue sólo un día pero fue muy interesante porque además las fotos las hice en un colectivo que trabaja con gente excluida, que vive en albergues en invierno y que está en una situación complicada socialmente. Todos están ahí en el proyecto junto con gente de España…  Siempre cuento, para que vean los diferentes niveles que hay en el proyecto, que el marido de una mujer retratada pertenece a la lista Forbes, y al mismo tiempo, uno de los negros que está también en el proyecto ha llegado a España en patera. Están representados los dos extremos y siempre reto a la gente a ver si los encuentran. Creo que el proyecto nos deja por completo iguales.

Hay niños muy pequeños, desde seis meses, hasta gente bastante madura…

Hago las convocatorias a través de internet. La gente se identifica con el proyecto y empieza a traer a las familias. Por ejemplo, hay muchas chicas veinteañeras y treintañeras que me han traído a sus padres e incluso algunas han traído a sus abuelos o a sus bebés. Otras han traído a toda la familia. Hay muchas familias retratadas.

Yo empecé precisamente como un proyecto familiar porque mi cena de navidad es así de mezclada y colorida. Llevo en la sangre abuelos que son blancos, negros, indígenas, y eso para mí es algo normal. Lo bueno es que hay un montón de familias que han pedido ser también mi familia: hay hermanos, hay de todo. Gente que es familia que entró en mi familia.

¿Cuándo va por la calle recuerda a la gente que ha fotografiado?

Eso es curioso. Me sé parte de las historias de la gente porque son personas conocidas o gente que en general te cuenta algo, aunque sea una anécdota. Lo malo es que al final me hago un lío con los nombres. Es curioso cuando me encuentro en la calle a alguien y digo: “Sí, sí, yo te hice una foto, pero no me acuerdo de tu nombre”. A veces me acuerdo perfectamente de en qué lugar le hice la foto y de lo que me contó, pero como somos tantos…

¿Cómo fue la primera convocatoria pública?

La primera sesión que hice pública fue en una galería en Barcelona y me pusieron el escaparate de la galería con seis fotos medio malas porque personalmente me gusta utilizar diafragmas abiertos y para esto no funcionan. Así, yo salí a la calle y empecé a contar mi proyecto. Le decía a la gente que estaba intentando probar que eso de blanco, negro, rojo y amarillo no es real y les pedía ayuda para hacerlo. Todo el mundo me decía que sí y ahí casi fueron 100 fotos en cinco días. Fue un subidón al ver que había tanta gente que estaba de acuerdo con mi idea y que quería participar. Al final todo va creciendo sin que tenga que hacer nada, moviéndose por los otros. Tanto, que yo digo que el mayor canal de difusión que tenemos son las propias personas que participan.

En esa sesión de Barcelona, yo les di una tarjetita y les dije que en un mes podían encontrar ahí su foto. Al final, de esta manera, cuando la foto estaba, la usaban de perfil de facebook y lo movían porque les gustaba la idea. El proyecto fue creciendo solo porque la gente se fue identificando. Creo que esa es la mayor recompensa que tengo en este trabajo. Ha llegado a participar gente de distintos niveles completamente por pura empatía.

¿Cuando le cuentan algo de su vida le sirve para captar algún detalle?

Intento ser lo más neutra posible porque lo que intento es que estemos todos con el mismo peso, iguales. Hay gente que esboza una media sonrisa, pero por lo general la gente está bastante tranquila y bastante seria. Tengo un montón de historias que mucha gente me dice que debía hacer algo con ellas. Muchas son cosas súper emocionantes como, por ejemplo, gente que tiene a su hijo en acogida y lo ha encontrado online en el proyecto y me da las gracias. También voluntarios de la Comunidad de Madrid que trabajan en colegios conflictivos y me han escrito para que les hable de igualdad, o gente que no tiene una historia dura pero que cree que hay que hablar de esta temática. Lo de los colores es fundamental, pero es sólo una capa porque creo que en el proyecto hablo de muchas otras cosas.

¿Hasta cuándo durará?

Siempre me pregunto cuándo lo voy a terminar. Creo que no terminaré jamás. El ideal sería que los 6.000 millones de habitantes del planeta se pusieran delante de mi objetivo y se viera el mundo así: igual. Seríamos más felices. Como no lo voy a poder hacer, lo que quiero es viajar por los cinco continentes. Creo que es fundamental. Ahora hay demasiados blancos y rosas porque estoy haciendo las fotos en Madrid, pero cuando me vaya a África habrá más tonos de marrón, cuando me vaya a Brasil habrá mucho más multicolor, cuando vuelva a Estados Unidos habrá más mezcla, más colores… y así. Habrá que tener paciencia. Yo no tengo prisa. Lo hago mientras voy haciendo otras cosas y trabajo muchísimo para que siga creciendo. Sin prisa, pero sin pausa. Ahora es el momento del segundo paso: salir de España y empezar en otras partes.

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