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Tres cervezas para Bohumil Hrabal

Tres cervezas. Al menos tres. Siempre de medio litro cada una. Invariablemente, en el atardecer de Praga, Bohumil Hrabal (Brno, 1914-Praga,1997) traspasaba la puerta de El Tigre de Oro, la vieja cervecería próxima al Moldava, e iniciaba el rito de las tres cervezas. Bebía las dos primeras a largos tragos sin decir palabra. Con la tercera iniciaba una conversación que podía prolongarse horas.

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Lo cuenta Monika Zgustova, autora de Los frutos amargos del jardín de las delicias (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), la primera y más publicada biografía del escritor, que ahora se reedita con motivo de la exposición sobre el checo que presenta la Casa del Lector de Madrid.

“Su mirada sobre la vida era serena y sabia… Durante décadas tuve la oportunidad de encontrarme una y otra vez con Hrabal y aprender que esta filosofía suya fue el hilo rojo que atravesaba toda su obra: uno puede imponerse sobre todo lo malo y terrible que le trae la vida, hasta puede triunfar sobre la muerte, mientras no se deje quebrantar. Ésta era la sabiduría y la madurez hacia la que me iba acercando con la ayuda del escritor”, recuerda el cineasta Jiří Menzel, quien desde la amistad y la admiración llevó al cine varias obras del checo y con Trenes rigurosamente vigilados lograría el Oscar.

Centenario

Bohumil Hrabal, 1914. En este año de centenarios (Paz, Cortázar, Gary, Duras…) también se cumple el suyo. Justo es rescatar la inmensa figura de un autor cuya obra trasciende lo meramente literario para dejar también su huella en el cine y el pensamiento.

Nacido en Brno, antigua Checoslovaquia, se doctoró en derecho para, antes de ser reconocido como uno de los grandes de la literatura centroeuropea, ejercer los oficios más dispares, ya fuera como oficial de notaría, como actor secundario y tramoyista, como viajante de comercio, empleado de ferrocarriles, triturador en una planta de reciclaje de papel, oficinista en un banco u obrero en una fábrica de acero.

“Todo eso mientras en él latía ya una irrefrenable estela creativa”, apuntó Zgustova en la presentación de Los frutos amargos del jardín de las delicias, “un libro fruto de las conversaciones y entrevistas que mantuve con Hrabal. A lo largo de los cuatro años que duró la preparación de este texto, me reunía con él en su casa inmersa en los bosques de Kersko o, más a menudo, compartía sus cotidianos ratos en las cervecerías del barrio antiguo de Praga”.

Así, de la boca del propio Bohumil Hrabal, va desentrañándose la historia de una vida y de un estilo literario en el que confluyen poesía, ternura y transgresión. Obras que reflejan cómo los seres humanos se ven arrastrados por la fuerza tragicómica de la vida.

Humor en la tragedia

Como evoca a lo largo del texto su amigo y confidente Menzel: “Durante nuestra primera conversación le planteé: ¿por qué tus textos, sin perder el sentido del humor, están poblados de catástrofes, heridas y accidentes, o sea, de acontecimientos de los que las personas débiles como yo generalmente apartan la vista? ¿Cómo es que al leer sobre esas tragedias se me llenan los ojos de lágrimas y al mismo tiempo hay algo en ellas que me hace reír? ¿Cómo es que no puedo dejar de sonreír ante lo funesto y penoso de tu obra, y a pesar de ello no tengo la sensación de ser un cínico? Él me contestó que las catástrofes, las tragedias y la muerte forman parte de la vida, son la otra cara de la moneda y si no las advirtiéramos no podríamos apreciar el hecho de vivir y alegrarnos lo suficiente por ello… Nos enseñó a prepararnos para aguantar las durezas de la vida sin perder el sentido del humor”.

¡Ahí está la clave! Humor, inteligente sentido del humor, ante la dureza y tantas veces lo trágico del existir. Las obras de Hrabal sostienen a menudo un sutil humor que caricaturiza sin falsear ni desproveer de dignidad lo que acontece. Así es en las peripecias y tribulaciones del pícaro aprendiz de camarero que ambiciona el reconocimiento social protagonista de Yo que he servido al rey de Inglaterra. O en la maravillosa parábola de un mundo crepuscular que constituye Una soledad demasiado ruidosa, breve y capital texto en el que se entrecruzan reflexiones sobre el sentido de la creación artística y la soledad existencial.

O en las conversaciones de taberna que dan origen a las lúcidas Leyendas y romances de ciego. O en La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo. O… Leer a Bohumil Hrabal es adentrarse en una obra excepcional que tiene en la magia, -magia de fondo y de forma-, a una de sus incondicionales aliadas.

Obra prohibida

Citada queda su ristra de empleos y actividades, que compagina con la publicación en 1948 de un poemario que sería prohibido meses más tarde tras la ocupación de su nación por los soviéticos. En 1963 publica Una perla en el fondo, su primera novela, que ya desde el primer momento adquiere notoriedad y le anima a dedicarse exclusivamente a la faena literaria.

La mecha está ya encendida y no hay ni agua ni pisotón que la aplaste, aunque no será hasta 1976 cuando sus obras puedan ser difundidas de nuevo en su país natal.

En los últimos años, la enfermedad le cercó. Dejó de escribir. Acudía en autobús a su casa del bosque para atender a sus gatos. Visitó España muy “tocado” ya y en silla de ruedas. Su última fotografía lo recoge el 30 de enero en el hospital de Bulovka, en Praga, hojeando la edición catalana de su biografía.

El 3 de febrero se quitó el pijama, se vistió con sus ropas preferidas, acercó una silla a la ventana de su habitación en la quinta planta del hospital, se asomó y se adentró en la noche total.

Siguiendo su expreso deseo, fue enterrado en un ataúd de roble en el que figuraba la inscripción “Fábrica de Cerveza de Polna”, el lugar en el que se habían conocido sus padres.

Si hay algo más allá del silencio seguro que Bohumil Hrabal está pidiendo sus tres cervezas de siempre. ¡Salud!

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Los frutos amargos del jardín de las delicias
(Vida y obra de Bohumil Hrabal)
Monika Zgustova
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores
405 páginas
23,50 euros

 

 

 

 

 

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