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Viernes, 10 de septiembre de 2010

Delirante Royal Pavilion en Brighton

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Es probablemente la ciudad con mejor clima -dentro de lo que cabe- de Inglaterra, lo que la ha convertido desde siempre en un destino turístico clásico al estilo de ciudades como Santander, San Sebastián o Niza: largos paseos marítimos con imponentes edificios, elegantes terrazas repletas de clientes a cualquier hora, vistosas balaustradas blancas separando peatones de bañistas y cómodos bancos de madera donde descansar disfrutando del doble placer del paisaje y del cotilleo a costa del resto de transeúntes. Cerrando el panorama marítimo, un curioso y llamativo muelle, el “Brighton Pier”, visible desde toda la playa,  con atracciones mecánicas, incluyendo dos montañas rusas, juegos para niños y varios pubs.

El interior de Brighton sigue también de alguna forma el esquema tradicional de ciudad inglesa, por una parte, con sus ordenadas hileras interminables de edificaciones victorianas y, por otra, de villa turística con varias zonas -las South y North Lanes- de estrechas calles y sinuoso trazado para uso peatonal, llenas de restaurantes, pubs y tiendas variadas por donde pasear tranquilamente dedicando el día al shopping y el atardecer a las inevitables pints o half pints de las variadas y opinables cervezas británicas.

Una aparición

Y junto a este escenario claramente british-touristic, entre la playa y la verde campiña, surge, como por aparición - contrastando absolutamente con la imagen de Brighton- un delirante palacio, el Royal Pavilion, construido en un estilo marcadamente hindú a imagen y semejanza del Taj Majal, y rodeado de hermosos jardines. Para completar el exótico panorama, el diseño interior está fuertemente influido por los estilos chinoiserie y mogul, con una decoración abarrotada de llamativos elementos asimétricos lacados, porcelanas varias, conjuntos de té, etc.

El palacio fue pensado como residencia real, un retiro a orillas del mar para el entonces Príncipe Regente, quien más tarde sería Jorge IV. Un sitio “discreto” en el que, alejado de la Corte,  el príncipe pudiera tener relaciones con su primera mujer, María Ana Fitzherbert, con la que se había casado en un matrimonio ilícito, pues ella era católica.

No existe constancia documental de lo que Jorge IV entendía por “discreto”, pero el resultado ahí está: el delirante Royal Pavilion, en Brighton.

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