Un libro

La crítica está desatada y no es para menos. Ni tebeo ni cómic, ni novela gráfica. Lo que más me gusta son los monstruos (Reservoir Books) de Emil Ferris es uno de esos artefactos inclasificables aunque fáciles de encontrar en las librerías porque tienen dentro viñetas. Pertenece a la misma familia que el Aquí de Richard McGuire o las obras completas de Chris Ware, otro retratista del skyline de Chicago. Ferris, que durante muchos años trabajó como ilustradora médica y diseñadora de juguetes, ha debutado como historietista este curso con el relato de una cría con problemas en casa y en la escuela y obsesionada con el asesinato de su vecina de arriba, a su vez superviviente del Holocausto. Ambientada en el Chicago de los años sesenta, la protagonista, que se siente a sí misma como una niña lobo detective, tiene mucho de la propia autora, que desde pequeña encontró un refugio en las historias de terror y en la compañía de los bichos más deformes. Ya de adulta, Ferris tuvo un terrible contratiempo –fue infectada por un virus que durante unos meses la dejó inmovilizada- que superó y que fue un aliciente para crear el imaginativo mundo de la pequeña licántropa. De su mano, por ejemplo, nos adentramos en el Instituto de Arte de la ciudad para acercarnos y mirar de forma muy distinta algunos de sus cuadros fetiche.

Un cuadro

Y ya dentro del Instituto de Arte de Chicago, pecaremos de poco originales y entre tanto lienzo fabuloso de Cezanne, Van Gogh o Picasso, iremos directos a una de las piezas estrella de la colección permanente: el Nighthawks de Edward Hopper, orgullo de Chicago aunque esté inspirado en un restaurante neoyorquino. Apenas metro y medio de largo pero una vez que lo tienes frente a ti cuesta dejar de mirarlo. Pintado en 1942, captura la atmósfera de soledad de los últimos halcones rezagados de la noche, ese tipo de soledad que sólo se da en las grandes ciudades. Pocos pintores se han erigido en fuente de inspiración cinematográfica tan fecunda y duradera como Hopper lo ha sido y es para directores, guionistas, iluminadores y fotógrafos.

Una película

Cinematográficamente poca queja puede tener Chicago: está en una de las mejores comedias de la historia (Luna nueva), en grandes clásicos antiguos (Scarface) y modernos (Los intocables de Eliot Ness) del cine de gangsters, en dramones oscarizados (Gente corriente) y joyitas para adolescentes (Todo en un día, La chica de rosa). Pero siendo Chicago el centro urbano más importante de la historia del blues, la ciudad que acogió al mítico sello Chess (ahí es nada: Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Chuck Berry, Bo Didley…), el lugar que vio crecer a Sam Cooke o Curtis Mayfield, pues lo suyo es –tiene que ser- elegir una película musical. ¿Alta fidelidad o Granujas a todo ritmo? Difícil elección porque las dos cuentan con excelsas bandas sonoras y además ambas son muy divertidas. Como la tienda de discos, escenario principal de Alta fidelidad, se localizaba originalmente en la novela de Nick Hornby en una barriada de Londres, optaremos por los gamberros Blues Brothers. Destruyen literalmente la ciudad del lago Michigan con la ayuda de toda la policía del Estado que les persigue, pero se ganan el perdón eterno cuando nos recuerdan que todos y cada uno de nosotros necesitamos a alguien a quien amar.

Una secuencia (y un edificio)

Está en Camino a la perdición (2002), la segunda película que dirigió Sam Mendes tras el éxito de American Beauty. En ella un asesino a sueldo pero de buen corazón interpretado por Tom Hanks huye con su hijo al Chicago de los años de la Gran Depresión. De noche, el padre al volante le dice al crío que intente dormir un poco durante el viaje. Cuando el chaval despierta, levanta la cabeza y mira por la ventanilla, el coche ya están cruzando uno de los puentes sobre el río Chicago entre imponentes rascacielos. Unos segundos después vemos a Hanks levantar la vista en el puente de la Avenida Michigan ante el edificio Wrigley, la primera construcción de oficinas de la zona.

Un álbum

No es exactamente un álbum dedicado a Chicago sino al Estado de Illinois. Fue el segundo volumen de lo que iba a ser una gran proeza que luego resultó ser una broma del cantante, que había prometido un disco por Estado hasta completar los cincuenta que integran el país que preside el marido de Melania Trump. Hizo solo dos. El de Michigan es un gran elepé. Lo de Illinoise, en cambio, es otra cosa. Un clásico instantáneo repleto de canciones asombrosas y delicadas bañadas en arreglos barrocos que nunca se hacen pesados y con mil detalles de geografía, historia y crónica negra con Chicago casi siempre de protagonista. Desde el increíble tema que le dedica al siniestro payaso John Wayne Gacy Jr. a Casimir Pulaski day, el talento compositivo de Sufjan Stevens en Estado (nunca mejor dicho) de gracia.

Una canción

Probablemente la elección más difícil, dada la calidad y cantidad de canciones y versiones a escoger. A Chicago le han cantado desde Robert Johnson a los Bee Gees, pasando por Jimmy Rogers, Sinatra, Tom Waits o la banda estrella de la tierra Wilco. Aparte del mejor blues urbano, la ciudad ha sido también capital indiscutible del sonido de sintetizadores del Acid house en los ochenta, de una escena rock más que notable en los noventa (The Smashing Pumpkins, Urge Overkill…) y de parte del mejor rap de este siglo gracias a nombres poco cuestionables como los de Chance the Rapper, Common o Kanye West. Cuando West aún no había sido devorado por su propio ego, nos dijo en Homecoming lo mucho que le gusta volver a una ciudad, la suya, como Chicago. Y a quién no.