Dicho de otro modo: #LaCienciaNoMuerde. En modo alguno. Es más, como recalca Mariño, “una vez que se conoce y que se saborea es muy gratificante tomar conciencia de que podemos interpretar el mundo, ir poco a poco comprendiendo cómo funcionan las cosas. Y esa comprensión es tan satisfactoria como cualquier otra actividad que nos produzca placer, como la música o un paseo por la naturaleza. Es algo tan hermoso y al mismo tiempo tan sencillo que no cabe pensar que uno le pueda tener miedo”.

Mariño (Lugo, 1969), que es neurofisiólogo, profesor e investigador del Departamento de Medicina de la Universidade da Coruña, es autor de varios libros que tienen a la ciencia como elemento protagonista. Un viajero sobrado de curiosidad que se ha pateado el planeta y ha aprovechado tan fabulosa hazaña para contarla y retratarla en Tierra. Ciencia, aventuras y sorpresas de un viaje alrededor del mundo.

Más ligadas a su formación profesional, suyas son también otras obras como Neurociencia para Julia o la más reciente de todas, El misterio de la mente simbólica. Sin desdeñar los canales clásicos que él mismo frecuenta (libros, artículos, talleres, entrevistas, conferencias, redes sociales), está convencido de que es preciso seguir explorando nuevas opciones de hacer llegar la ciencia a la gente; de ahí su interés por probar el potencial del teatro, con iniciativas como los café-teatro-científicos o los discurshows que maridan la charla científica con el montaje, la interpretación y el atrezo que requiere una obra concebida para la escena.

Es posible que alguno de sus libros, artículos o conferencias ejerzan hoy en alguien una sacudida tan saludable como hicieron con él algunas obras que le impactaron de adolescente. El primero fue Cosmos, de Carl Sagan. “Fue importante porque nunca, hasta su lectura, me había metido de lleno no solo en la ciencia, sino en la relación que ésta tiene con la historia, con la filosofía, con la humanidad, con las humanidades, con el ser humano. Abarca todos esos campos y además lo hace con un lenguaje muy sencillo con el que transmite abundante información”. Más adelante, ya como estudiante de biología, el joven Mariño quedó igualmente fascinado por otro clásico de la divulgación, El gen egoísta, del británico Richard Dawkins, con el que aprendió de golpe nada menos que cómo funciona el proceso evolutivo.

Hay no pocos libros de ciencia tan bien escritos y apasionantes como las mejores ficciones. Son los idóneos para adentrarse en la lectura de este tipo de ensayos. En ese sentido, Mariño recomendaría sin dudar Destejiendo el arco iris, también del biólogo Dawkins, y un libro titulado Elogio de la imperfección de la científica italiana Rita Levi-Montalcini, que son las memorias de la Premio Nobel de Medicina de 1986, que prácticamente no dejó de investigar hasta su muerte en 2012 a los 103 años de edad. “Este último es muy hermoso para los que no estén metidos de lleno en este ámbito porque deja muy claro que la ciencia y dedicarse a ella no tiene por qué ser terreno exclusivo de mentes especialmente privilegiadas, que sepan tratar problemas complejos. La ciencia es comprender el mundo con ilusión”.

Añade Mariño a este par de obras ya canónicas, una más de un autor español: El ojo desnudo, de Antonio Martínez Ron. “Es la obra de uno de los mejores periodistas científicos que tenemos en este país. Su lectura nos muestra cómo los seres humanos fuimos capaces de comprender poco a poco no solo cómo funciona nuestro sistema visual y el modo en que absorbemos las imágenes del mundo exterior y se crean en nuestro cerebro, sino al mismo tiempo de qué manera podemos acceder a cosas que no vemos con nuestros ojos pero sí mediante técnicas que vamos inventando y que utilizan otro tipo de información para tratar de comprender el mundo”.