Ramón Andrés.

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Atención, un sabio: Ramón Andrés

Ramón Andrés.
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En el país de los tertulianos ubicuos, en el que abundan los sabiondos y los sabidillos, escasean en cambio los verdaderamente sabios. Cuesta encontrarlos en las páginas de prensa y apenas pisan las televisiones. Por eso, cuando aparece uno y se mantiene, no toca sino celebrarlo y gritarlo a los cuatro vientos. Ramón Andrés (Pamplona, 1955) es uno de ellos. Uno de esos raros ejemplos de escritor libre que ejerce de pensador antes de sentarse al teclado, que parece saberlo todo sobre música y pintura, sobre Nietzsche o Bach, sin rastro alguno de exhibicionismo ni pedantería.

El novelista Antonio Muñoz Molina le definió una vez como un enciclopedista. Ninguna obra mejor para avalar tan hermoso calificativo que la publicación, hace cinco años, de su prodigioso Diccionario de música, mitología, magia y religión, una historia del origen de las civilizaciones escrita tirando del hilo del arte. Su erudición es panorámica y no resulta nunca ortopédica: es un maestro a la hora de ilustrar cualquier reflexión con un poema, un lienzo o un mural, una pequeña escultura o una pieza de cámara, e incluso con todo ello a la vez. Pocos autores pasean con tanta naturalidad como él por siglos de cultura europea, por esos lazos culturales que tan importantes han sido y son para crear un proyecto colectivo y que, en opinión de Andrés, ocupan un plano cada vez más secundario en la sociedad actual con absoluta desidia y complacencia por parte de la clase política.

En su último libro, Pensar y no caer, Ramón Andrés rescata una carta de Nicolás Maquiavelo fechada en diciembre de 1513. En ella el filósofo político del Renacimiento describe la felicidad que supone llegar a casa, ponerse algo cómodo y poder leer a los autores que admira, entrar en sus mentes. “Estando allí no me avergüenzo de hablar con tales hombres, interrogarles sobre las razones de sus hechos; y esos hombres por su humanidad me responden. Durante cuatro horas no siento fastidio alguno; me olvido de todos los contratiempos; no temo a la pobreza ni me asusta la muerte”.

De alguna manera, ese ejercicio, esa búsqueda de consuelo en la obra del artista, ese diálogo íntimo con el pintor y el filósofo, con el compositor y el cineasta, lo ha puesto negro sobre blanco Andrés en esta colección de ensayos breves. Cada uno de ellos parte de un libro, una pieza musical o una película. No son críticas ni reseñas, ni siquiera comentarios; son más bien pretextos, excusas para la reflexión actual a cuenta del pasado. Un poema en prosa de W.G. Sebald acaba conduciendo a una crítica a la medicalización creciente de la vida y motiva una breve y selecta historia del cuerpo humano a través de varias pinturas que retratan organismos sin vida, crucificados o abiertos en canal para provecho de los alumnos de medicina.

La vieja Europa es un tema recurrente. Está, desde luego, cuando aborda composiciones musicales, arrojando luz sobre pentagramas incómodos como el cuarteto de cuerdas de Witold Lutoslawski (“dos violines, una viola y un violoncelo desentierran ruinas; su resonancia está pregonando algo que nadie quiere escuchar”) o el réquiem de Ligeti, tan marcado por la mancha del holocausto nazi. Es precisamente el espíritu del vanguardista húngaro, su manera de hacer frente al horror y atreverse siempre a pensar con libertad, el que inspira y explica el título del libro. “Pensar y no caer significa pensar y no cejar, perseverar en la pregunta, no consolidarse, no quedarse ahí, no abonar lo estático, no poner el oído a la tonalidad de la complacencia, no darse por concluido, porque nunca se llega a ser”.

Ramon AndresPensar y no caer
Ramón Andrés
Editorial Acantilado
Leer primeras páginas
224 páginas
20 euros

 

 

 

 

 

 

 

 

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