Cohen destiló en su obra numerosas enseñanzas de la sabiduría oriental y occidental (los libros sagrados de las cuatro mayoritarias religiones, la alquimia, el esoterismo, el sufismo, la práctica del yoga y del zen), siempre reflejando el anhelo del alivio metafísico del alma.

El 7 de noviembre de 2017 se cumplió el primer aniversario de su muerte. Desde entonces no han dejado de aparecer homenajes en diferentes formatos, pero esta obra va más allá: nos desvela una faceta poco conocida. Alberto Manzano, poeta, traductor, ensayista, biógrafo, antólogo, periodista, productor musical y uno de los grandes conocedores de la vida y obra de Cohen, nos habla de sus últimos álbumes, de su gira final y de su preparación para la muerte.

Depresivo

En 1967, cuando tenía 34 años, Cohen inició su carrera como cantautor de letras oscuras y profundas. Era una persona compleja, con tendencia a estados depresivos que fueron en parte la razón que le llevó a iniciar lo que el tiempo mostraría como un largo camino espiritual.

El detonante de esta búsqueda activa de su espiritualidad fue el encuentro a principios de los años setenta con el roshi Kyozan Joshu Sasaki, un maestro de la escuela zen rinzai que se había instalado en Los Ángeles en 1962 para enseñar prácticas de meditación. Entre sus discípulos figuraban personajes tan conocidos como Richard Gere y Oliver Stone.

A mediados de 1993, concluida la gira de presentación del disco The Future, Cohen no encontraba ningún motivo para seguir en Los Ángeles. Desde hacía mucho tiempo incubaba la idea de despedirse del mundo de la música: detestaba llevar una vida que no había elegido. Además, después de tres años de relación amorosa con la actriz Rebecca De Mornay, había decidido ponerle punto final. Estaba destrozado, –había bebido como un cosaco durante la gira–, y profundamente desalentado.

No era la primera vez que se mostraba inseguro sobre su trabajo, incapaz de mantener una relación con una mujer e inmovilizado por una depresión. Era la historia de su vida. Eran sus cadenas, su pozo y su dramático paisaje. En ese punto hizo las maletas, cogió su Pathfinder y se dirigió al monasterio budista de Mount Baldy en donde permanecería, como monje, cinco años.

A partir de ahí y a lo largo de casi cincuenta años, la necesidad de una completa autorreforma le llevó a una búsqueda espiritual a través del estudio del zen y del hinduismo, un inmenso y profundo trabajo personal cuya recompensa, como él mismo confesaba, obtuvo en los últimos años de su vida.

La paz y el silencio interior afloraron cuando el fondo de su personalidad se disolvió y Leonard Cohen dejó de ser Leonard para ser Cohen solo en su obra. Aunque llevaba décadas practicando la meditación zen, el resultado no le había proporcionado la paz interior que anhelaba. Estaba harto de ser el cantante Leonard Cohen y, con un estado de ánimo que lo arrastraba por los suelos para después lanzarlo contra la pared, sabía que, para salir de aquel atolladero, necesitaba un cambio casi completo.

Budismo

Su relación con el budismo zen había empezado en 1972, cuando una nueva crisis depresiva, probablemente heredada de su madre, Masha, que acabaría internada en una sala psiquiátrica del Instituto Allen Memorial de Montreal, lo estaba exprimiendo.

Hasta entonces, la depresión había funcionado perfectamente como uno de los principales motores de su obra, pero se había convertido en una caótica espiral de sufrimiento en la que Leonard caía demasiado a menudo: “Vives con la depresión como si fuera un amigo, sabiendo que si cometes demasiados errores ese amigo se te echará encima”.

Por entonces escribía:

Yo no me suicidé
cuando las cosas me fueron mal
No me metí
en las drogas ni en la enseñanza
Intenté dormir
pero cuando no pude dormir
Aprendí a escribir
Aprendí a escribir
cosas que pudieran ser leídas
en noches como esta
por alguien como yo.

Como queda dicho y el propio poeta y músico razonaba: “La paz y el silencio interior afloraron cuando el fondo de mi personalidad se disolvió y Leonard Cohen dejó de ser Leonard para ser Cohen solo en su obra”.

Alberto Manzano nos acerca a esa evolución a través de Leonard Cohen y el zen, un libro que, como un ejercicio de espejos que se yuxtaponen, nos instala en algo parecido al equilibrio.


portada_leonard-cohen-y-el-zen_alberto-manzano_201802081105Leonard Cohen y el zen
Alberto Manzano
Ediciones Luciérnaga
400 páginas
17,95 euros