Si el objetivo era entregar a la imprenta un ensayo que al mismo tiempo fuera una memoria personal, un libro de viajes y un tratado de historia y sociología y que en todos los casos resultara de enorme interés y lectura provechosa, entonces el autor puede sentirse más que satisfecho. Pero la España vacía es mucho más: porque este viaje a través del tiempo y el espacio de un “país insólito” tiene múltiples paradas en grandes creaciones del cine, la música y la literatura españolas, en el modo en que capturaron la vida rural, sus mitos, prejuicios y tópicos y, sobre todo, aquel gran éxodo a mediados del siglo XX del campo a la ciudad, ése que el autor denomina el “Gran Trauma”, y las consecuencias de todo ello en los dos lados del país. Desde luego, la España vacía ha tenido y tiene quien la escriba (la cante, la pinte o la ruede) pero se ha hecho mayormente desde fuera y quizá eso explica que predomine más de la cuenta la caricatura y el uso de metáforas crueles y condescendientes a la hora de retratarla.

Los labradores buscan curro en la gran ciudad

La mejor película a la que acudir para conocer cómo fue aquel movimiento migratorio es también una de las mejores del cine español. Surcos (1951) es una obra dura porque muestra con enorme crudeza las dificultades de la familia Pérez por prosperar en el Madrid que intentar dejar atrás la posguerra. Dicho de otro manera: somos testigos de cómo un cúmulo de contrariedades podía empujar a la ilegalidad, la prostitución o la marginación. Lo más sorprendente es que naturalismo tan feroz pasara la censura aunque viniera de la mano de un grupo de reconocidos falangistas: el director José Antonio Nieves Conde, el autor del argumento Eugenio Montes y el guionista Gonzalo Torrente Ballester, “falangistas díscolos con preocupaciones sociales”, como los califica Del Molino. La película fue poco menos que un lapo en la jeta del Generalísimo, de ese Franco que había prometido regenerar las ciudades pecaminosas con los valores eternos del campesino español.

https://youtu.be/OYCLiZZ2oVI

La venganza de los pueblos

El dictador no solo no cumplió sus promesas, sino que además no se mostró especialmente piadoso con el mundo del campo: así, si era preciso construir un pantano que abasteciera de agua a una ciudad, se desalojaba por la fuerza y sin derecho a réplica a los vecinos del pueblo afectado y a otra cosa. Tardarían mucho los lugareños en poder vengarse. Sucedió con la llegada de la democracia. Se diseñó entonces un sistema electoral que permitía a las provincias menos pobladas formar mayorías parlamentarias. Del Molino explica en su libro cómo se quiso compensar la “irrelevancia económica y social” de la España vacía asignando escaños por provincias. La teoría es que con esa sobrerrepresentación se contribuiría a que estas regiones pudieran ser mejor defendidas en la cámara. La práctica demostró que la disciplina de partidos hacía luego prácticamente imposible que el político local pudiera alguna vez decirle cuatro cosas al gobierno sobre cuestiones de su comarca.

Coincidiendo en el tiempo con la entrada en vigor de la Constitución española, Miguel Delibes escribió El disputado voto del Sr. Cayo, que ocho años después llevó al cine Antonio Giménez-Rico. En aquella historia un candidato del partido socialista que hace campaña por los pueblos de la España vacía acaba recalando en uno de solo dos habitantes. Uno de ellos es Cayo, el alcalde. La obra refleja “el abismo que separa la España vacía de la llena” y el modo en que los políticos olvidan sus promesas una vez zanjada la lucha electoral.

Cuando el pueblo da risa

Que allá por los años ochenta la distancia entre el hombre de campo y el urbanita se hiciera cada vez mayor no significa que el segundo hubiera olvidado del todo al primero. Del Molino escribe que hay un “marco referencial compartido que propicia el guiño y la emoción”. Seguramente esa sea una de las claves de una de las películas más queridas y celebradas de nuestro cine: Amanece que no es poco (1989), de José Luis Cuerda. El autor descubre en los diálogos de esta joya de la comedia española “algo tan íntimo y reconocible, tan visto y oído en el humor y en las palabras de los abuelos y de los padres, que sacaba a la luz ese país dormido que se había mudado”. Cualquier excusa es buena para visitar por enésima vez ese pueblo en el que alcalde se le elige por votación popular pero también se hace lo propio con el maestro, la puta, las adúlteras, la monja…

https://youtu.be/svOFqRmgBTs

Cuando el pueblo da miedo

Hay más crímenes en las ciudades que en el campo pero, por la razón que sea, los producidos en el ámbito rural cuajan mucho más en el imaginario popular; de ahí que sea común asociar la España negra más reciente con crímenes como los de Fago o Puerto Hurraco. Sucede eso porque “forman parte del tópico con el que los españoles sobreentienden la España vacía”. La matanza del pueblo extremeño de Puerto Hurraco tuvo lugar una tarde de agosto de 1990 cuando dos hermanos salieron literalmente de caza por las calles del pueblo y acabaron con la vida de nueve personas. Aquel crimen brutal sacudió a un país que se preparaba para los fastos del 92 e inspiró la película El séptimo día (2004), de Carlos Saura. “En un pueblo pequeño nada se olvida” podía escucharse en la promoción de la cinta.

Miseria y manipulación

Sin salir de Extremadura, el mentor y maestro de Saura, Luis Buñuel, hizo la película documental que mejor resume la relación que han tenido las dos Españas, la llena y la vacía. Con Las Hurdes, tierra sin pan (1933), el director aragonés quiso retratar la región más desolada y poco desarrollada del país de aquellos años, pero dispuesto –eso sí– a que la realidad no le fastidiara la idea que había concebido. Así lo cree Del Molino que opina que el genio de Calanda acabó haciendo “una película de monstruos y aventuras exóticas muy del gusto de la época. Con forma de documental propagandístico pero con el mismo imaginario que Tarzán de los monos”. La cinta convirtió aquella región en símbolo de la España miserable y, por tanto, en recurso para que reyes, dictadores y políticos se fotografiaran con ella de fondo cuando convenía.

https://youtu.be/BG-GW1rjf4E

Puntos cardinales del dibujo de la España vacía que nos sirve Del Molino son la retirada al Moncayo de Gustavo Adolfo Bécquer (que desde allí “diseñó la primera cartografía romántica de la España vacía” a partir de la cual el campo español se convirtió en un lugar misterioso), las encomiables misiones pedagógicas de la segunda república (“señoritos de ciudad que se empeñaban en llevar la cultura a las aldeas”), el poderoso influjo del Quijote (“su condición sacra y oficialista obliga a pasar por él cada vez que alguien piensa sobre España desde cualquier ámbito intelectual o artístico”), la imagen proyectada por los escritores viajeros que vienen de fuera (Richard Ford, Théophile Gautier…) y por los de dentro, entre ellos los verdaderos “inventores de Castilla” Azorín, Unamuno y Machado, o los esfuerzos de la ideología carlista por “justificar la superioridad del campo sobre la ciudad” y su impacto en los nacionalismos catalán y vasco.

Aplica el autor una mirada renovada sobre una multitud de obras que desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad están, lo busquen o no, marcadas por la España vacía, bien porque retrataron por primera vez la voluntad de una nueva generación de apropiarse de la ciudad con una altivez inédita hasta la fecha; bien porque hay un grupo actual de artistas “que invoca las viejas mitologías y que aspira a recrearlas o a jugar con ellas desde la contemporaneidad”. Estos últimos –desde los libros de Julio Llamazares a los guionistas de Cuéntame, desde los creadores de Muchachada nui a la Intemperie de Jesús Carrasco, entre otros muchos– son la mejor demostración de que buena parte de la España vacía pervive en la mente y la memoria de los españoles que duermen en la España llena. Este libro pertenece a ese grupo.


Cub La Espa–a Vacia L17.inddLa España vacía
Sergio del Molino
Editorial Turner
292 p
23 euros