Roman Polanski.

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Polanski, entre el hedonismo y la tragedia

Roman Polanski.
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Si quiere uno prolongar una sobremesa agradable con amigos que les guste el cine, no tiene más que sacar el nombre de Roman Polanski. No falla. Los comensales se verán obligados a posicionarse, víctima o verdugo, y es probable que no haya consenso: que si cabe o no aplaudir a un cineasta genial que fue acusado de abusar sexualmente y drogar a una cría de trece años, que si es o no la calidad de sus películas independiente de la catadura moral de su creador, que si ya ha pasado o no tiempo suficiente para borrarle el estigma…

En fin, que partidarios y detractores del director de La semilla del diablo tienen mogollón de argumentos para discutir largo y tendido. Motivos y coyunturas para hablar con propiedad están, sin duda, en el documental sobre el caso –Roman Polanski: se busca (2008), de Marina Zenovich– pero también, en las versiones que del asunto dieron en sendos libros sus protagonistas, Samantha Geimer hace cuatro años y Polanski, mucho antes, en su autobiografía Roman by Polanski, en 1984.

Roman Polanski.Leídas ahora sus Memorias en la reedición que ha hecho Malpaso con un epílogo escrito en 2015, no es descabellado pensar que, de escribirlas ahora felizmente casado y con dos hijos, lo haría de otra manera, igualmente polémica pero menos descarnada, quizá políticamente más correcta. Afortunadamente las escribió cuando su vida era una montaña rusa y el libro es fiel reflejo de ello. Así se suceden en el mismo secuencias marcadas por el dolor y otras por el placer, la diversión y la dicha: su infancia en Cracovia durante la ocupación alemana, la pérdida de su madre en una cámara de gas a manos de los nazis, la desesperación de un padre que alquilaba escondrijos para el hijo, las dificultades para sobrevivir solo en el gueto judío, el sometimiento posterior al régimen estalinista, el brutal asesinato de su segunda esposa Sharon Tate embarazada de ocho meses a manos de la familia Manson o el tiempo pasado en la cárcel, pero también hay multitud de momentos dulces, la fortuna de ser nominado al óscar con su primera película, El cuchillo en el agua (1962), el carisma para caer en gracia a la gente guapa de todas las capitales del mundo y enamorar a las mujeres más bellas, el acceso a las mejores fiestas que uno pueda imaginar y el talento para adaptarse a las normas de la industria sin dejar de ser un autor con mundo propio. Fue una de los personalidades de aquella selección de estrellas que cambió el cine en los setenta, un fichaje extranjero para esa generación que capitanearon los Scorsese, Coppola y Spielberg y que tan bien diseccionó Peter Biskind en Moteros tranquilos, toros salvajes (Anagrama, 2004).

Polanski (París, 1933) puso sus recuerdos negro sobre blanco no mucho después de haber huido de Estados Unidos en 1978 para evitar una condena de cárcel por aquel “momento de irreflexiva lujuria”. En esas fechas no era consciente de que le quedaba poco para conocer a su última musa, Emmanuelle Seigner (Lunas de hiel, La Venus de las pieles), casarse con ella y tener dos hijos; que empezaría a tener, por fin, menos borrosa la línea que separa la realidad de la ficción; circunstancia ésta que, confiesa al inicio del libro, le ha valido “considerables angustias, conflictos y decepciones, pero también me ha abierto algunas puertas que de otro modo hubieran permanecido cerradas para siempre”.

Niño mimado, de larga cabellera rubia y maneras un poco insoportables, pronto se dio de bruces con la locura nazi. “Lo que le ocurrió a mi familia es una ilustración perfecta sobre la manera en que se llevaba a la práctica la ‘solución final’”. Leyendo las páginas en las que detalla su vida en el gueto de Cracovia resulta fácil entender por qué El pianista (2002) es su película más personal: la estrella de David, las redadas, la progresiva desaparición de sus familiares… Fue ya entonces, mientras se derrumbaba el paisaje, cuando empezó a encontrar refugio en su invencible curiosidad por todo (“un sentimiento de asombro ante todo lo que la vida nos ofrece”) pero especialmente por el cine y, lo que es más sorprendente dada su temprana edad, por la técnica, la luz, el sonido y el modo de manipularlos a su antojo.

El amante del amor… adolescente

“Se me considera universalmente un perverso enano libertino”, percibe Polanski con tristeza para negar acto seguido que esa definición se ajuste a la realidad. Verdad o no, lo cierto es que habría encarnado a las mil maravillas aquella película de François Truffaut titulada El amante del amor. Fue el adolescente bajito convencido de que daría el estirón con el primer polvo y el adulto joven dispuesto a coleccionar tantas conquistas como su amigo Warren Beatty evitando a toda costa, eso sí, el compromiso con las excepciones conocidas, sus dos primeros matrimonios. “Los vínculos personales me hacían sentir vulnerable. Este temor era un vestigio de mi infancia, de la inseguridad que experimenté a los cinco o seis años cuando mi familia empezó a desintegrarse (…) Cualquier lazo emocional entrañaba un riesgo de sufrimiento”. Con la misma naturalidad con que describe sus experiencias, terapéuticas y terroríficas, con el LSD, confiesa el tipo de mujer que persigue y no son las maduras precisamente. Afirma que fue poco después de montarse un trío con Nastassia Kinski cuando averiguó que la actriz apenas tenía quince años.

El amante del cine… de autor

Desvela sus influencias primeras como estudiante en la Escuela polaca de Cinematografía de Lodz, con elogios sinceros a determinadas películas de Orson Welles, Akira Kurosawa, Federico Fellini o Luis Buñuel, o a las óperas primas de Truffaut y Godard. El colmo de la autoría en aquel momento. En cambio, no mucho después, ya asentado en la meca del cine, dispara a dar cuando nos habla de Frank Sinatra, John Cassavetes, Steve McQueen o Faye Dunaway (“capaz de soltar más palabrotas que un camionero”). Entre actores, los mejores piropos se los reserva a Mia Farrow, Jack Nicholson o Catherine Deneuve (“trabajar con ella era como bailar un tango con una pareja extraordinariamente experta”). E igual que retrata sin piedad lo más feo y mezquino del cine realizado bajo un régimen comunista, como el polaco, inundado de burócratas censores obsesionados con el mensaje político, descubre luego espantado la hipocresía del mundillo hollywoodense cuando le da la espalda. Aun así, los peor parados, los medios de comunicación, a los que nunca perdonó los rumores propagados sobre su estilo de vida tras la matanza de la familia Manson.

Quien se acerque a estas memorias no saldrá decepcionado; si lo hace buscando conocer mejor los métodos e intenciones de un director superdotado, porque en ellas encontrará a un Polanski generoso que recuerda multitud de detalles de sus mejores películas, de El cuchillo en el agua, Repulsión, Tess o de su obra maestra, Chinatown; también quedará colmado el que lo haga –por qué no– tratando de saciar la curiosidad por saber cómo gestionó el mazazo que supuso el asesinato de su esposa primero y las acusaciones de violación pocos años después.

memorias PolanskiMemorias
Roman Polanski
Traducción: María Antonia Menini
Editorial Malpaso
560 páginas
26 euros

 

 

 

 

 

 

 

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