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“La demonización del otro provoca una violencia tremenda”

 ¿Le sorprendió la acogida y repercusión de su anterior obra, El eco de los disparos?

Muchísimo. Tuvo un eco infinitamente mayor de lo que esperaba. Cuando acabé aquel libro no podía imaginar que un editor como Joan Tarrida, de Galaxia Gutenberg, estuviera interesado en publicarlo. Patria, la novela de Aramburu, y El eco de los disparos salieron casi al tiempo. Ambos hablan de un tema del que no se había hablado tanto aunque ya habían pasado cinco años desde el cese definitivo de la violencia de ETA. Necesitaba escribir el tema que tenía en la cabeza, pero al tiempo pensaba que acaso no iba a suscitar demasiado interés pues su estructura es un poco extraña, no es un ensayo convencional. Pero la verdad es que ha tenido una repercusión que en absoluto me esperaba y, en general, una respuesta muy positiva fuera y dentro de Euskadi. Ha generado debate incluso cuando la respuesta ha sido más crítica. A raíz de aquello se ha creado un espacio para pensar de otra manera sobre la violencia y esa creo que es la razón del eco del libro.

En su experiencia y tras todo lo que usted ha investigado sobre esta cuestión, ¿considera que ETA está definitivamente muerta?

Como organización terrorista con todo su entramado y estructura creo que está totalmente desbaratada. Eso es una realidad. Creo que sí se ha acabado con ETA tal y como la hemos conocido. Otra cosa es si se cerrado parte del sustrato social y político que generó. Si se ha acabado con la mentalidad que la generó y ha permitido la violencia hasta ese extremo. De eso no estoy tan segura. Hay reductos todavía en los que ha habido una aceptación de que la historia de ETA ha terminado pero no ha habido un cambio ideológico y de percepción de la realidad, que es lo más difícil, realmente definitivo. Hay brotes, pequeñas violencias, homenajes a gente que sale de la cárcel y ha cumplido condenas como presos de la organización pero que públicamente no han reconocido el daño causado. Estamos en un proceso de transición y no podemos ser triunfalistas. En la sociedad vasca y también en la española queda mucho trabajo por hacer. Hay que admitir ciertas cuestiones históricas, el tema de los presos… queda mucho por hacer todavía.

Tengo que pedirle un titular. ¿Cual sería a día de hoy el que le sugiere el tema de ETA?

No creo que pueda resumirse en dos palabras. Es una historia muy profunda de violencia y de dolor. Realmente muy profunda. Pienso en ETA y pienso en dolor, en sufrimiento.

Reflexión sobre el silencio, sobre la violencia, sobre la frustración, también sobre el dolor… En su fuero íntimo, ¿qué se propuso al escribir Mejor la ausencia, su nuevo libro que también se desarrolla en el País Vasco?

Es todo eso. Una reflexión sobre el silencio, sobre las consecuencias de la violencia en la formación, desde el individuo hasta el colectivo, pero no sólo de la violencia generada por ETA y por el mundo próximo a ETA, sino también sobre las prácticas no democráticas que se han producido en España. Va más allá de una reflexión sobre la violencia política para incluir una reflexión sobre la violencia estructural que lleva a una comunidad, como la de la margen izquierda del Nervión en los años 80, a una situación brutal, con unos índices de paro tremendos, a la incursión de la heroína, primero como forma de rebeldía y después de muerte, al llevarse por delante a toda una generación de jóvenes. Y, algo muy importante dentro del libro, como es la violencia dentro de la familia. Como todas estas violencias externas de alguna manera afectan a la familia y generan una serie de reacciones que en algunos momentos reproducen esa violencia. Cómo nos marca como individuos crecer en un contexto asfixiante de una realidad impregnada de violencia.

Dicho eso, ¿cómo le gustaría que el lector percibiese Mejor la ausencia?

Que el lector acompañara a la protagonista y narradora en su proceso de descubrimiento. Esta no es una novela que explique, sino un libro que invita a indagar, a descubrir, a reflexionar. El lector no debería buscar respuestas tajantes, ni sobre la cuestión vasca, ni sobre los temas de violencia de los que hablamos, sino abrirse a descubrir a través de los ojos de la protagonista un mundo, que puede ser cruel y doloroso y tremendamente oscuro, pero en el que también hay cabida para la ternura, para la amistad, –que juega un papel importantísimo en esta historia– y para otro tipo de descubrimientos.

A menudo la protagonista se pregunta para qué volver y, en realidad, ¿volver para qué?

Para entender. Siempre que huimos de algo nos llevamos en la huida muchas preguntas con nosotros. El regreso supone enfrentar un pasado para entenderlo. Otra cosa es que se consiga o no, pero cuando vuelves a un espacio que ha sido propio no sólo vuelves al espacio sino también al tiempo, a un inevitable ejercicio de memoria. Aunque no tengo que ver con la protagonista, yo también he ido y he vuelto porque llega un momento en la vida en la que hay una gravitación inevitable hacia ese lugar en el que te has formado. Somos todo memoria pero nos vamos construyendo también de esos relatos que nos explican. El relato de cada uno está anclado en ciertos lugares y el de la infancia y la adolescencia es fundamental porque es el que está ligado a afectos muy fuertes.

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¿Cómo escribe Edurne Portela?

Ésta no es mi primera obra, pero si mi primera novela, y el proceso es muy diferente a la hora de escribir ficción o ensayo. El ensayo requiere todo un proceso de investigación, de lecturas y de reflexión muy largo, también a veces de marcha atrás, pues no se consigue el tono que el tema precisaba. En la ficción el proceso es bastante más libre. Me he dejado guiar por la evolución de los personajes y, particularmente, la de Amaya, su protagonista. Esa novela la empecé con la voz de un narrador y cuando llevaba casi cien páginas me dejó de interesar y de pronto surgió Amaia con esa mirada infantil y distinta. Fue una experiencia muy bonita pues fue meterme en esa niña e ir desarrollándome con ella e ir intentado comprender esa voz a medida que crecía.

¿Cómo es hoy el País Vasco?

Ha cambiado muchísimo en muy poco tiempo. Ha cambiado de cuando yo estaba escribiendo El eco de los disparos a hoy en el sentido de que ese está rompiendo ese silencio que ha caracterizado la sociedad, está produciéndose por parte de determinados representantes políticos un intento de llevar toda la historia vivida a la esfera pública para poder hablar de ella, para que se puedan hacer actos de reconocimiento de las víctimas y del daño causado. Se están dando pasos para mejorar la convivencia, pero todavía queda trabajo por hacer. Nunca se sabe si se está en el mejor camino, pero se sabe cuando nos instalamos en el mal camino y ahora hay una disponibilidad mayor para establecer un diálogo menos politizado. Aún así hay posiciones muy enquistadas, tanto en parte del Gobierno español como en parte de la esfera abertzale. Pero en general hay una conciencia más a flor de piel de la necesidad de avanzar y creo que se está en ello.

Y hablando hoy de estos temas es inevitable hacerlo de Cataluña. ¿En qué camino cree que está?

Es un tema muy espinoso. Personalmente me preocupa mucho sobre todo por esa parte de la gestión política que me parece delirante y que obliga a que nos preguntemos cómo hemos llegado hasta esta situación. Hay que exigir responsabilidad a los políticos. Qué ética, qué visión de futuro tienen. Todo esto es un despropósito. No me siento con conocimiento suficiente como para hacer valoraciones, pero me preocupa profundamente la fractura social que se está creando. Una fractura que de seguir así será imposible de curar a corto plazo. La demonización del otro provoca una violencia tremenda.

¿Cuáles son sus referentes literarios?

Me interesa todo lo que tenga que ver con la memoria. He leído mucha teoría y mucho ensayo sobre este tema. Para mí, la lectura de Primo Levi fue brutal y me marcó muchísimo. También los testimonios, literariamente menos potentes pero muy interesantes, como los de los latinoamericanos que se hicieron a partir de los 60 del siglo pasado. Todas estas lecturas inciden en mi sensibilidad frente al dolor y la atracción que me provocan ciertos temas como la violencia y mi propia concepción de la narrativa como una forma de memoria. También leo últimamente mucho sobre la muerte y el duelo y, desde siempre, sobre periodismo.

¿Qué está escribiendo ahora?

El pasado verano he intentado empezar otra historia mucho más personal que tiene que ver con mi vida en Estados Unidos. Es algo que me viene rondando desde hace tiempo. Pero soy consciente de que cuando acabas de terminar un libro al que le has dado todo durante un tiempo es muy difícil cambiar el chip y empezar otra cosa. Sigo escribiendo artículos de opinión y leyendo todo lo que puedo, pero he decidido parar aquel proyecto y retomarlo cuando pasen unos meses.