Históricamente el hombre se ha valido de la terapéutica para luchar contra el dolor y la enfermedad, y lo ha hecho de cuatro modos distintos: el empírico, el mágico-religioso, el científico y el humorístico. De todos ellos, el humor ha atravesado a lo largo del tiempo a los otros tres, ya que es un hecho reconocido desde el alborear de la humanidad que se trata de uno de los principales regalos de la naturaleza para preservar la salud: cuando nuestros más remotos antepasados vieron reflejada su cara en las aguas cristalinas de los ríos supieron que, en adelante, ya no faltarían motivos de diversión. No en balde, río es, junto con ruiseñor, la palabra más risueña de la naturaleza.

Para los científicos, el humor supone el cuarto estado de la materia: el estado de ánimo; la forma en la que se presenta depende de la cohesión entre sus moléculas, siendo el bueno, el buen humor, el que da valor a la realidad de las cosas. Para los artistas, el humor es el sexto sentido: el sentido del humor, el genio que nos hace ver la vida con otros ojos, acariciarla y sentirla de otra manera, escucharla de otro modo, saborearla de otra forma, olerla hasta respirarla, amarla.

Para la medicina, que es ciencia y arte a la vez, humor es cualquiera de los líquidos del cuerpo humano… siempre que esté lleno de ingenio y agudeza. En definitiva, el humor es tan vital que, siguiendo el consejo de Pablo Neruda podemos concluir: “Niégame el pan, el aire, / la luz, la primavera, / pero tu risa nunca / porque me moriría” (a buen seguro, el poeta chileno había leído en el Eclesiástico que «no hay utilidad en la tristeza»).

La risa, como manifestación o respuesta fisiológica al humor, es capaz de darle la vuelta a cualquier situación y vivir con ella, ya que alienta los sentimientos positivos y favorece el estado de ánimo optimista. Por eso, cuando algo no va bien, es necesario tratar de sacarle su lado humorístico, aunque para ello tengamos que utilizar la risa como terapéutica en cualquiera de sus tres vertientes: farmacológica, dietética y quirúrgica.

Como fármaco o, mejor dicho, como fármago, una dosis frecuente de risa tiene múltiples beneficios. A nivel anatomo-fisiológico pone en acción más de 400 músculos del cuerpo; cuando llega hasta los huesos, contrarresta la osteoporosis; ensancha los pulmones; oxigena los tejidos; mejora la circulación sanguínea; quema calorías; estimula el sistema inmunológico; alivia el dolor; normaliza los equilibrios hormonales; afina el gusto, el olfato, la vista, el oído y el tacto. A nivel clínico, previene, cura o alivia la mayoría de nuestros males y dolores, sin tan siquiera correr el peligro de intoxicación en caso de sobredosis.

Entre las propiedades terapéuticas que podemos leer en el prospecto de un fármago que se precie se encuentran las siguientes: es una manifestación espontánea de libertad, poniendo en cuestión cualquier forma de dogmatismo, intolerancia y fanatismo; diluye la hipocresía como un azucarillo en el café, sustituyéndola por su contraria, la ironía, esa mentira que se autodestruye al pronunciarla; relaja cualquier forma de tensión y da jaque mate al estrés, generando placer; elimina miedos y angustias, permitiendo superar obsesiones y tabúes; es una forma primordial de comunicación y sociabilidad, de alejamiento del individualismo; reduce drásticamente inseguridades y desconfianzas, manteniéndonos equilibrados; es un extraordinario mecanismo de defensa a través de la motivación y la autoestima; deshace los monopolios de la verdad y aleja de cualquier tentación de pedantería; estimula la imaginación y la creatividad, proporcionando placer y desarrollando una nueva realidad con la que distanciar problemas y afrontarlos con recursos renovados; siempre puede ser el principio de una gran amistad, incluso si la relación humorosa se inicia en (la) Casablanca. Como los mandamientos divinos, estos diez beneficios se resumen en dos:

– la risa es una fuente única de salud, que no solo nos alivia la fatiga, sino que nos llena de energía

– la risa supone la línea recta de las relaciones humanas, pues se trata de la distancia más corta entre dos personas.

Veinticinco siglos después de Hipócrates, en plena era posmarxiana y premarciana, el nuevo paradigma producido por la llamada Medicina Basada en la Evidencia (MBE) ha permitido sacar a la luz algunas conclusiones interesantes: así, científicos de la Clínica Mayo, tras examinar casi un millar de historias clínicas, afirmaron que afrontar la vida con optimismo y buen humor tiene un impacto directo en una mayor longevidad, mientras que investigadores de la Universidad de Texas sostenían, tras analizar los resultados de un amplio estudio, que este tipo de personas tienen casi un 50% menos de riesgo de experimentar un accidente cerebrovascular. No en balde, la risa descarga el estrés acumulado, neutraliza la ansiedad, libera de obsesiones destructivas y ayuda a superar las situaciones más difíciles.

Pero la evidencia no es sino un complemento de la experiencia y ésta nos ofrece a diario múltiples ejemplos de las bondades terapéuticas del humor. Como botón de muestra sirva la constatación de que tan sólo diez minutos de risa equivalen a dos horas sin dolor en ciertas enfermedades reumatológicas y degenerativas, como atestigua N. Cousins en su libro Anatomía de la risa, o el hecho de que a las consultas oftalmológicas acuden un mayor número de personas que ven la botella medio vacía en relación a las que la ven medio llena, ya que desde la óptica de la risa se dispone de una visión más positiva.

Desde el punto de vista profesional se puede afirmar que “a mejor sentido del humor menos riesgo de burnout”. Por eso no es de extrañar que muchas organizaciones públicas y privadas hayan incorporado el “fun quotient” o coeficiente humorístico, que mide el sentido del humor o la capacidad de reír de sus empleados, como medida de salud de la empresa y parámetro predictivo de la productividad y del clima laboral.

La risa no sólo comparte ciertas propiedades con el medicamento, sino también con los otros dos remedios terapéuticos por excelencia: la dieta y la cirugía. Entendida la primera como régimen de vida, diremos que, en su faceta de alimento, desde el libro de los Proverbios (“la alegría del corazón es un banquete perenne”) hasta los escritos del gran nutricionista F. Grande Covián (“comida sana y buen humor”), pasando por el refranero español (“la risa y la buena comida son la mejor medicina”), siempre se han atribuido al humor las buenas cualidades de una dieta equilibrada; en cuanto al descanso es otra cita bíblica la que apostilla lo saludable de la risa cordial y cardial: “el sueño de un corazón contento es mejor que los más deliciosos manjares”; en relación al ejercicio baste decir que el investigador norteamericano W. Fry concluyó que un minuto de risa equivale a tres cuartos de hora de relajación y que tres minutos de risa se pueden comparar a diez minutos remando enérgicamente. No merece la pena insistir mucho más en esto, porque, como señala E. Jáuregui, en el campo del humor y de la risa “todos podemos ser investigadores científicos y conejillos de Indias a la vez”.

Risa comienza donde termina bisturí. Y este no es el único punto de encuentro entre la risoterapia y la cirugía. La risa afilada, pero sincera, sutil y elegante, corta de raíz cualquier tipo de tumor que se enquiste en las entrañas, como el de la insolidaridad: “todo el mundo va a lo suyo, excepto yo que voy a lo mío”; también permite –aunque sea en su versión más sangrante o anticoagulante– eliminar trombos que impiden la circulación y posibilitan que “algún vecino pesado que toca el trombón te arruine el día”; y cuando no cabe más remedio que el trasplante, nada hay mejor que encontrar un donador que sepa reír, pues la risa es un órgano que puede transportarse fácilmente y conservarse en condiciones adecuadas. Sin embargo, a diferencia de la cirugía, la risa no necesita anestesia, condiciones asépticas y ni siquiera detener la hemorragia, ya que en este caso estaríamos hablando de humorragia, algo que es, por sí mismo, muy sano y saludable.

Desde el punto de vista del que los clásicos consideraban la otra medicina, la “medicina del alma” o filosofía, es Platón, buen conocedor de los hipocráticos y de su teoría de los humores, quien aconseja la risa ya desde el mismo período de la gestación: en Las Leyes anima a las mujeres encinta a que se mantengan todo el tiempo del embarazo con “humor sereno, dulce y apacible”. Por eso no es de extrañar que los expertos en la materia aconsejen comenzar cada día con el risario de la aurora como medio para gozar de una vida saludable, tanto en el más acá como en el paraíso terrícola, que viene a ser lo mismo, o más o menos aproximado, desde el punto de vista médico. Esto no es que lo digamos nosotros, sino que ya lo afirmaba Félix Lope de Vega: “si humor gastar pudiera, con más salud sospecho que viviera”, solía concluir, no sin echarle cierto teatro a la cosa. Y no solamente “vivir mejor”, sino también “vivir más”, ya que “a nadie se le dio veneno en risa”.

Para finalizar, un consejo: siempre es mejor “hacer el amor que no la guerra”; pero cuando no estamos finos para el amor, hay que procurar “hacer el humor y no pillar perras” y, si la guerra o la perra es inevitable, o no encontramos otro mecanismo para desactivar el firloyo que las producen, lo más aconsejable es alistarse de telefonista con Gila o convertirse en un náufrago de Forges y utilizar la coña marinera como arma de construcción masiva.

Forges fue, primero, el chamán-humorista capaz de liberar al hombre de los espíritus generadores del mal y renovar el alma del enfermo mediante el exorcismo de la risa; luego, fue el alquimista que supo encontrar el elixir de vida en el diamante de la risoterapia, y más tarde, el galeno que supo relacionar los temperamentos fundamentales de los españoles con los humores hipocráticos y cómo tratar a cada uno de ellos: al sanguíneo, siempre enfadado y dispuesto a “hacer sangre” por cualquier cosa, le prescribió una fórmula propia hecha con ingredientes filosóficos: “pienso, luego río; río, luego existo”, porque la risa tiene razones que la razón no tiene; al flemático, tranquilo, imperturbable, cachaza a fin de cuentas, le recetó tomar una poción hecha a base de pétalos de rosa-risa, un efectivo vigorizante físico y liberador psíquico; al bilioso amarillo, el de la risa oficial, el que ríe sin pensar, el que se muestra cómico, pero no tiene sentido del humor, le recomendó practicar el ejercicio del humor realmente inteligente, que solo se adquiere mirándose cada mañana en el espejo y, así, tener motivos de sobra para reír el resto del día; finalmente, al negro, al que él le dio un sentido distinto al del portador de la bilis negra, tomándolo por todo lo contrario, por el tipo bretoniano que es capaz de salvar hasta las situaciones más trágicas o dramáticas con una sonrisa, le aconsejó que persistiera en su condición hasta alcanzar un día la condición de muerto de risa y conquistar la nada y, si en algún momento le flaquearan las fuerzas, beberse una infusión de hierbarrisa.

Pero Forges, aun hizo más por la medicina española, aunque sea una faceta menos conocida de su intensa actividad profesional. Desde las páginas del Jano verdadero, el de José Antonio Dotú y Javier López Iglesias, el de Celia Ribera y Tino Soriano, el de Néstor Luján y Mauricio Wiesenthal, el de Pedro Laín Entralgo y Julián Marías, Forges contribuyó cada semana, durante muchos años, a que varias generaciones de médicos de cabecera españoles se supieran situar a los pies de la cama de los enfermos y pudieran desarrollar una medicina basada no solo en la efectividad, sino también en la afectividad.

Ahora, allá donde esté, quizás trabajando en la fragua de palabras del paraíso, estamos convencidos de que hará mearse, mondarse, e incluso morirse de risa, a los dioses, esos “señores de la muerte” que se atrevieron a segar con la guadaña su última viñeta, a quitarle de la boca el bocata de vida. Volviendo otra vez a la ayuda de los filósofos (en este caso, se trata de Kant, idealista y crítico de la razón pura), diremos que los risueños rasgos de su rostro se imprimieron poco a poco en su interior y asentaron una disposición a la alegría, afabilidad y sociabilidad, que le aproximaron tempranamente a la virtud de la benevolencia, a ser un tipo incredibol.


José González Núñez

Además de otros libros de narrativa, de ciencia y de humanidades, ha publicado, bajo el seudónimo de JGN Ruysol, varios libros de medicina y humor, como La medicina del revés, Fármago: Diccionario terapéutico imaginario y Lapsus médicos.