julian barnes

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No se suicide nunca, Mister Barnes

Si la literatura de finales del siglo pasado tuvo algo parecido a un 'dream team' es bien sabido que fue netamente inglés y tuvo entre sus puntales a Julian Barnes (Leicester, 1946). Equipazo de ensueño en el que también jugaban –y juegan aunque algunos ya no encesten tanto– Martin Amis, Ian McEwan, Kazuo Ishiguro o Salman Rushdie.

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De este grupo, incontestable motivo de orgullo para el Reino Unido, Barnes, con ese humor tan inglés que gasta, pasa por ser el más francés de los escritores británicos. No tiene el autor de El loro de Flaubert (1984) una obra abundante –once novelas en treinta y cinco años– pero casi todo en ella tiene la marca de la casa: elegancia, ironía, erudición e inteligencia en dosis siempre detectables, incluso hasta cuando escribe un delicioso libro de recetas (El perfeccionista en la cocina, 2003).

Toda su obra está en Anagrama para quien quiera confirmar este extremo. De ahí la tristeza con que sus seguidores leímos aquellas entrevistas, publicadas hace un par de años, en las que Barnes confesó abiertamente haber barajado el suicidio tras la muerte de su esposa, la agente literaria Pat Kavanagh, por un tumor cerebral en 2008.

Pat Kavanagh en 1972.

Pat Kavanagh en 1972.

No parece que los entrevistadores tuvieran que hurgar mucho en la herida para sacar un titular tan tremendo. El propio Barnes, que estuvo unido a Kavanagh durante tres décadas, lo había puesto por escrito. “La cuestión del suicidio se plantea y es de lo más lógica. Casi todos los días recorro el tramo de acera que estaba mirando la primera vez que me vino la idea. Le daré x meses o x años (hasta un máximo de dos), y después, si no puedo vivir sin mi mujer, si mi vida se reduce a una mera continuidad pasiva, entraré en acción. Supe bastante pronto mi método preferido: un baño de agua caliente, una copa de vino cerca de los grifos y un cuchillo de trinchar japonés sumamente afilado. Pensaba en esta solución bastante a menudo y todavía lo hago”.

Las líneas de arriba pueden leerse en Niveles de vida (Anagrama, 2014), una obra de extraordinaria hondura y emoción sobre la aflicción como territorio inevitable para quien ha sufrido una pérdida tan cercana. Sin renunciar a la inteligencia y originalidad de siempre, Barnes pone esta vez su dolor en primer plano y se abre en canal para ir relatando momentos íntimos realmente entrañables y otros de furia contenida y lógica desolación.

El amor y las matemáticas

Pero esta memoria sobre los años posteriores a la desaparición de Kavanagh es solo una parte de Niveles de vida, si bien ocupa casi la mitad del libro. Le preceden dos historias de idéntico comienzo: “Juntas dos cosas que no se habían juntado antes”. La de su propio duelo empieza igual con un ligero cambio: “Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas (…) y tarde o temprano una de las dos desaparece y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible”.

Esta es la idea común a las tres historias aunque es obvio que las dos primeras, interesantes por sí solas, vienen realmente a preparar el terreno y van sembrando ideas y dejando reflexiones en el ambiente que luego Barnes recogerá y dotará de nuevo sentido cuando nos cuente el dolor insoportable que le aflige y que apenas remite.

Sarah Bernhardt fotografiada por Félix Nadar.

Sarah Bernhardt fotografiada por Félix Nadar.

En este par de relatos previos, el autor de El sentido de un final se marca una suerte de reportaje histórico, con sus gotitas de ficción en los diálogos, para trasladarnos a la época de los pioneros de la aeronáutica, es decir a la de aquellos locos maravillosos dispuestos, en el último tercio del siglo XIX, a subirse a un globo sin saber muy bien cómo bajarían pero sabedores de que tendrían una perspectiva de verdad inédita del nuestro planeta. Relatos reales protagonizados por el fotógrafo francés Félix Tournachon conocido como Nadar, la actriz francesa Sarah Bernhardt y su amante, el militar y aventurero inglés Fred Burnaby. Nadar, de quien Barnes escribe que su energía y pelo llameantes eran capaces de elevar el globo por sí solos, retrató a la Bernhardt en todo su esplendor.

Felizmente enlazados

Nadie dudará de la habilidad y el oficio de Barnes para crear, una vez más, un inteligente artefacto literario para que asuntos con escasa conexión acaben felizmente enlazados. Aun así, el lector, a poco informado que esté sobre el autor, avanza sabiendo, o al menos sospechando, que lo más especial está por venir. Y así es: en el capítulo final Barnes ha escrito todo un tratado sobre el amor y la pérdida que es tan excepcional e imprescindible como aquel otro, casi de la misma extensión, que publicara en 1961 el británico C.S. Lewis en 1961 titulado Una pena en observación.

Lewis, profesor en Oxford y Cambridge y autor de Las crónicas de Narnia, destiló en cuatro cuadernos que tenía por casa todo el dolor y vacío que le había dejado la muerte de la poetisa estadounidense Helen Joy Davidson por un cáncer igualmente letal. El amor y la tragedia entre el católico soltero y cincuentón y la poetisa comunista y divorciada fue la base de una de las mejores películas de los noventa. El merecido éxito de Tierras de penumbra (1993), de Richard Attenborough, motivó al año siguiente una nueva reedición, también en Anagrama, de aquella joya traducida por Carmen Martín Gaite.

Pero Lewis, creyente, se confronta con Dios casi a cada página; y Barnes, cuyo ensayo sobre la muerte Nada que temer (Anagrama, 2010) arranca con la frase “No creo en Dios, pero le echo de menos”, se muestra coherente con su pensamiento y apenas le dedica espacio a alguien “inexistente” y frente al cual, razona, no merece la pena enfadarse.

El sentido de la vida

Barnes, en ese libro construido con meditaciones sobre nuestra condición de mortales, se refiere a la muerte como el “único hecho atroz que define la vida; sin una conciencia constante de este hecho, no puedes empezar a entender el sentido de la vida; si no sabes y sientes que los días de vino y rosas están contados, que el vino se agriará y las rosas se tornarán mustias, no hay contexto para los placeres y aficiones que surjan en tu camino hacia la tumba”.

El problema es cuando uno disfruta de todo eso, el vino y las rosas, siempre en compañía de la persona amada. El duelo puede complicarse más de lo habitual. Barnes escribió aquello un año antes del diagnóstico y casi inmediato fallecimiento de su esposa. Matrimonio sin hijos, todo cuanto hacía lo hacía con su mujer o y si hacía algo en solitario era por el placer de contarle a ella lo que había hecho.

En una entrevista reciente en El País a Fernando Savater, unos meses después de la muerte de su pareja, decía éste que la filosofía ayuda a razonar las cosas pero no da consuelo –“la razón no detiene el dolor”– y tampoco la literatura si uno, como era su caso, tenía una relación basada en compartir libros, películas… “Ahora todo me parece plano, sin eco”, se lamentaba.

El ser querido que se va sigue vivo en la memoria de los que le recuerdan. Y eso, que para C.S. Lewis era una tentación lamentable (“¿Vivir? Eso es precisamente lo que nunca volverá a hacer”, escribió), es en cambio el asidero más sólido al que se agarra Barnes para rehuir pensamientos funestos. Razona que si su amada Pat está en algún sitio ahora, es claramente dentro de él, interiorizada. Cortarse las venas en la bañera sería como matarla por segunda vez. Por eso resulta tan entrañable el modo en que Barnes confiesa el placer infinito que le causa cualquier comentario referido a su mujer en una conversación, por insignificante que éste sea.

Ojalá que cuantos conocieron a esta pareja tengan a bien recordarle a Julian Barnes cualquier detalle por nimio que parezca de la que fue su mujer y destinataria de las dedicatorias de todos sus libros; y animarle a que escriba más, muchos más, y se los siga dedicando a la memoria de Pat Kavanagh (1940-2008).

 


niveles de vidaNiveles de vida
Julian Barnes
Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama
152 p
14,90 euros

 

 

 

 

 

 

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