Javier López Iglesias leyendo 'Si la muerte no hubiera sido eso'. Foto: Sonia Aguilera.

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Residuos de dolor en verso

Javier López Iglesias leyendo 'Si la muerte no hubiera sido eso'. Foto: Sonia Aguilera.
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Si la muerte verdadera no es la desaparición física sino el olvido absoluto que llega después, entonces pocos antídotos como la buena literatura contra el veneno de la ausencia definitiva. Está en nuestra naturaleza convocar a los ausentes, alimentar su recuerdo, evitar que se vayan para siempre aunque ya no estén entre nosotros. En esa tarea los poetas trabajan con ventaja: destilan su dolor con palabras hermosas y son capaces de decir a los demás aquello que muchas veces los demás piensan o sienten y no saben cómo expresar. “Y aunque seas ceniza, nada más que ceniza / y aunque se haya instalado el siempre / de tu ausencia / yo aliento tu recuerdo y tu rescoldo; / te rescato caliente”. Son versos del poema 'Huérfanos' extraídos de 'Si la muerte no hubiera sido eso', último libro de Javier López Iglesias, director adjunto de hoyesarte.com.

Escrito cuando la vida te sacude en serio y el vértigo se instala temporalmente en tu día a día, este quinto poemario es, según confesión de su autor, el que más necesitaba escribir aunque no fuera el que más necesitara publicar. Más confesional y nostálgico que nunca, habla del dolor que uno debe procesar como un todo pero que deja residuos. Residuos que a veces son previsibles (“Hemos cerrado la puerta / reunimos las cosas de tu vida / que restaban / recogimos pedazos y recuerdos”, La mudanza), a veces resultan más inesperados (“cuando tienes los labios plagados / de promesas / cuando nada es pasado / todavía en tus ojos”, En la foto), y a veces son buscados y encontrados en el único sitio donde la realidad no puede entrar a chafar la fiesta, el lugar donde resucitar a gusto a los muertos que uno ama (“Yo los sueño / y despierto en medio del vacío / contumaz / de su ausencia / y vuelvo a entrevelarme / a buscar sus sonrisas, sus toses, sus palabras / a dormirme en sus caras con vida, / a soñar sus miradas”, Los sueño).

Y siendo ésta una obra marcada por la despedida y el recuerdo de seres queridos (madre, tío, abuelo), con colores, situaciones y temas digamos que poco luminosos (Ocre, Agonía, Por los suicidas, Aciaga esperanza, Letanía del color, Fosa común…), es al mismo tiempo una colección de poemas con destellos vitalistas estratégicamente situados, de amor al viaje como aventura, a la literatura y al cine como consuelo y refugio frente a la tormenta, a los hijos como terapia eficaz frente a la inquietud y la tristeza que trae cumplir años a partir de una edad.

¡Que no caiga el telón!

Un hombre solo. Paloma Capuz.

Un hombre solo. Paloma Capuz.

La segunda mitad del libro retrata –o pone más en primer plano– al López Iglesias que no concibe la vida sin libros desde que aquella “monja lejana / que en las tardes de Orense / enseñaba a aquel niño / las sílabas primeras para siempre”. Con hermosos homenajes a Dámaso Alonso (Una tapia en Alberto Alcocer) y Marina Tsvietáieva (Traducciones). Se guarece así en las palabras de sus poetas que le ayudan a sanar y en la sala oscura del cine, el espacio en el que abandonarse, llorar e incluso admitir la existencia de dioses que sin embargo no le asisten cuando se revuelve “solo en la noche”, “acosado por preguntas de imposible respuesta desde siglos”.

Si la muerte no hubiera sido eso nos llega de la mano de Cuestión de Belleza, una editorial pequeña que en apenas dos años de vida ha puesto en circulación varias obras que maridan con mimo extremo la palabra y la ilustración demostrando que uno más uno pueden ser mucho más que dos. Leídos los poemas de López Iglesias entre las pinturas de Paloma Capuz, ya no cabe volver a los versos de Puente Carlos, Por los suicidas, Padre libro o Ancianos sin detenerse y recrearse en ellas, a veces más abstractas que levemente figurativas, siempre emocionantes.

Leyendo Convivencia, último poema del libro, resulta inevitable acordarse –por distintos motivos– de César Vallejo y del Woody Allen de Hannah y sus hermanas; el personaje de éste último, hipocondriaco y temeroso, incapaz de convivir con la idea de que llevamos fecha de caducidad, acaba descubriendo un remedio que figura tal cual en los versos finales del poeta: que el tiempo que estemos por aquí lo pasemos de la mejor manera posible, amándonos, riéndonos, disfrutando del momento. Felizmente los que conocen bien al autor saben que se esfuerza cada día por cumplirlo a rajatabla.

CONVIVENCIA

Indisociable habito con mi ausencia
que ha de venir
ajena a mí
cuando ella quiera.

Acaso sea invierno por entonces
tal vez será mañana o martes
acaso primavera.

Acaso sea súbita la cosa
un abrazo sin ruido
y hasta siempre,
acaso un estertor
o el mudo llanto
del que quiere quedar
y ya está fuera.

La vista que se opaca
la sangre que se enfría
los pasos que detienen
su carrera
y al cabo del misterio
alguien murmura
ya no es… fue… era… (con lo que era).

Acaso en un esfuerzo decisivo
incorporar el cuerpo
abrazar uno a uno
al que me quiera
decirles al oído
quedamente
gracias todas, tantas,
por vosotros
no todo ha sido solo
una quimera.

Y marcharme
hacia el nunca,
hacia la nada
en martes, en tormenta
o primavera.

Agazapada en mí
conmigo vive
la muerte en punto
que ha trazado ya la meta
y la barrera.

Pero en tanto ese fin
se consolida
yo disfruto, amo, río
me desvivo…
convivo con mi ausencia
y ella espera.
Mockup-ECB-Libros-Silamuerte-300x300Si la muerte no hubiera sido eso
Javier López Iglesias
Con ilustraciones de Paloma Capuz
Editorial Cuestión de Belleza
140 p
14 euros

 

 

 

 

 

 

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