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Van Morrison, el poeta que ruge

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Seguramente hay un millón de poetas mejores que Van Morrison pero se cuentan con los dedos de una mano los autores capaces de llevar el impacto emocional de unos versos más allá de donde consigue colocarlos el cantante irlandés cuando éstos salen por su boca. Las letras de sus canciones cobran verdadero sentido cuando se escuchan en sus arrolladoras interpretaciones y al contrario: no es posible sacarle todo el jugo a un gran tema si no se entiende bien su contenido. Los fans de Morrison ya no tienen excusa para no disfrutar plenamente del cancionero del genio de Belfast: 'Toma interior' es una cuidada antología bilingüe que recoge un tercio de todas sus letras escogidas por el propio Morrison, “representativas”, ha dicho, “de mi viaje creativo”.

¿Y de qué van las letras de Van the Man? ¿Qué elementos dan forma a ese mundo propio? Si las enumeramos con mayúsculas, habrá que citar al Amor, a Dios, a la Patria… Si bajamos a las minúsculas, no podemos dejar de mencionar las canciones de la radio escuchadas de crío, los viejos héroes del blues, los callejones de su ciudad, los bailes (lunares y terrenales), los recuerdos de infancia, los días de lluvia, de sol y de viento…

Amor en todas sus variantes

A cuenta del amor carnal que nace y se rompe, del amor que exalta y te hunde, nuestro hombre tiene decenas de canciones memorables. La pasión adolescente se llamó Gloria (1964), o mejor G-L-O-R-I-A, cara B de un sencillo sacado con su banda Them y uno de sus temas fetiche. Otro amor inolvidable fue su primer gran éxito en solitario, probablemente la canción que conoce incluso aquel que ignora la existencia de Van Morrison: Brown eyed girl (1967), con su chica de ojos marrones “cantando y brincando en una brumosa mañana con el corazón desbocado”. Luego ya, más maduro, celebra también tan hermoso sentimiento en temas como I forgot that love existed (1987) o Have I told you lately that I love you? (1989), que fue un gran éxito cuatro años después en la garganta de Rod Stewart. En esta misma veta tierna, Morrison tiene una pieza imbatible y codiciada para cualquier película con momento romántico. Describe una búsqueda, “la de alguien como tú, que dé sentido a las cosas / alguien como tú, que me haga feliz / alguien exactamente como tú”. O sea Someone like you (1987).

Belfast, Irlanda del Norte

Hijo único de padre escocés descargador de muelles y de madre irlandesa, Morrison nació hace 70 años en Belfast y aunque recaló pronto en la América de sus ídolos musicales, la mente nunca dejó de estar en su país de origen. Es algo muy patente en toda su obra. Como dice el director del Instituto de Estudios Irlandeses, Eamon Hughes, en el texto introductorio de Toma interior, “Belfast es el enclave fundacional, el lugar donde la música sonó en primer lugar”.

Una ciudad marcada durante muchos años por la violencia política, pero que para Morrison es siempre “ámbito potencial de gozo espiritual”. Su tierra se cuela en multitud de canciones: Celtic ray, One Irish rover, Irish Heartbeat, On Hyndford Street, What makes the Irish heart beat… Entre las calles de su ciudad, una: Cyprus Avenue. Protagoniza una canción de su disco más celebrado, Astral Weeks (1968), y enmarca la historia de un viejo travestido. Es la avenida por la que circula sobre altos tacones Madame George. Una joya dentro de un álbum onírico y mágico, una obra de arte ajena a los patrones sonoros convencionales y grabada por un muchacho de 23 años.

¡Enciende esa radio!

Si Belfast está en el principio de todo y su huella siempre permanece, algo parecido le sucede con los tipos a los que siempre quiso imitar. Desde sus primeros discos hasta la actualidad, Morrison no ha dejado nunca de manifestarse como un rendido admirador de los pioneros de los géneros clásicos americanos. Descubrió a los grandes del blues, el soul, el country y el rock and roll escuchando la radio. En muchas de sus creaciones es habitual que alguien pida que se encienda la radio o se nos informa de que por el transistor suena Sam Cooke y compañía.

Leyendo sus letras de corrido asombra la cantidad de escritores, filósofos y, sobre todo cantantes, la mayoría negros, que pasan por allí. De Ray Charles a Leadbelly, de Muddy Waters a Louis Armstrong, de Wilson Pickett a James Brown, entre muchísimos más. Por todo ello cabe suponer que entre las grandes alegrías de su vida debe de figurar compartir escenario con John Lee Hooker para cantar Gloria o con Ray Charles –que moriría al año siguiente– para entonar Crazy love.

Dioses y monstruos

A Morrison, que fue criado como testigo de Jehova, se le ha definido alguna vez como “místico encabronado”. Algunos de sus mejores discos están especialmente impregnados de la inspiración cristiana que le iluminaba entonces. Sucedió a finales de los setenta y eso explica la sucesión combinada de himnos eufóricos y temas contemplativos que tanto abundan en Into the music (1979) o Common one (1980).

Un par de años después, la inquietud espiritual le acabó conduciendo al seno de la Iglesia Cienciológica. En una biografía corta pero apasionada del cantante (Van Morrison, Cátedra, 1990), el novelista Eduardo Jordá resumió así aquel episodio: “el músico que había alcanzado lo que muy pocos músicos en estos tiempos han sabido crear se dejó convencer por una secta de charlatanes y embaucadores. El hombre que llevaba una tormenta de arena en el alma decidió convertirse a la Cienciología, una Iglesia que decía vender la paz de espíritu a cambio de unas cuentas monedas”.

La ruptura llegó con uno de sus mejores discos de título revelador, No guru, no method, no teacher (1986). Encabezamiento que es, además, uno de los versos de una canción grandiosa, In the garden, cuando dice aquello de: “me volví a ti y dije: ‘ni gurú, ni sistema, ni maestro / solo tú y yo, la naturaleza y el Padre / en el jardín’”. Lo que hace con este tema, mezclado gloriosamente con el You send me, de Sam Cooke, en el directo grabado una noche de 1994 en San Francisco está más allá del elogio.

El rugido del león

El león está considerado el más social de los felinos y gasta una melena que es la envidia de cualquier selva. Van Morrison perdió el pelo bastante pronto y tiene fama de ser muy introvertido, aparte de un gruñón insufrible. Ese carácter huraño y amargado no sólo es para con la prensa y los directivos del negocio de la música, con los que no quiere nada; también el público de sus conciertos puede dar fe de ello. Aun así, no hay nadie que se haya subido a un escenario en los últimos cincuenta años que pueda disputarle el sobrenombre de León. Pero por si quedaba alguna duda, él mismo las despejó todas en 1972 cuando compuso y cantó Listen to the lion. Quizá cantar no sea el verbo más apropiado para definir lo que hace en la segunda mitad de los once minutos que dura la canción.

Según el periodista musical Greil Marcus, aquí ya “se libera del lenguaje articulado y de todos los significados de las palabras para soltar al león que lleva dentro. Y entonces empieza a rugir como no lo había hecho nunca. No se puede decir que esté cantando, es al revés: algo está cantando a través de su voz, le está cantando a él”. Lo que viene siendo un bendito estado de trance.


toma-interior-van-morrisonToma interior
Van Morrison
Traducción: Miquel Izquierdo
Editorial Malpaso
360 p
25,50 euros

 

 

 

 

 

 

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