Günter Grass (Foto: Florian K / Wikimedia)

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Sin el bigote de Grass

Günter Grass (Foto: Florian K / Wikimedia)
Günter Grass (Foto: Florian K / Wikimedia)
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Su voz rotunda y su rotundo bigote ampliaban el eco de Günter Grass (Danzig, 1927- Lübeck, 2015), uno de los pensamientos críticos más cuajados e insobornables de la Europa herida posterior a la Segunda Guerra Mundial. La honesta dimensión de su palabra cobró carta de universalidad en 1999 con la concesión del Nobel por “haber dibujado la cara olvidada de la historia con vivas fábulas negras”. Ese mismo año recibió en España, país que visitaba con regularidad, el Príncipe de Asturias de las Letras.

Pese a sus 87 años largos, nada hacía pensar en su súbito final como consecuencia de una infección fulminante. Con su ausencia ruedan por el mundo detalles de una vida que encaminó desde muy pronto hacia el arte -la escultura, el dibujo y la acuarela le acompañaron siempre-, y hacia una forma de concebir la creación literaria firmemente marcada por la realidad social que le circundaba: “Un mundo que se descompone y se rehace de forma continua”.

No a entretener

Alemán de Danzig, ciudad a la que dedicó una trilogía con tres ejercicios narrativos demoledores encabezados por El tambor de hojalata, a la que siguieron El gato y el ratón y Años de perro, Grass dejó claro desde el primer momento que su literatura no venía a entretener.

Polémico y mordaz, barroco, vital, irónico e hiriente para no pocos, no eludió el cuerpo a cuerpo ni en una sola de las líneas de su obra imprescindible que incluye novelas, ensayos, dramas y poemas. “Escribo y corrijo, corrijo y vuelvo sobre lo escrito porque no puedo permitirme que mis palabras confundan”.

“Escribe con la tensión y vitalidad de un cuadro de Brueghel y la precisión lingüística de Cervantes”, dijo alguien.

Hasta el final

Así ha sido hasta el final. Nunca hizo juegos de manos con lo que quería expresar. Lo que dijo lo dijo con una claridad incontestable. Fue así en sus denuncias sobre la incapacidad de los políticos, “repugnantemente entregados y al servicio de poderes muy alejados de los intereses del común de los mortales”. A la codicia de los bancos, a la endeblez de la prensa…

Levantó una polvareda de difícil digestión cuando criticó la unificación alemana tras la caída del muro; cuando él, furibundo antinazi, con una sinceridad pocas veces vista relató su remoto pasado ligado a las SS; cuando, hace apenas dos años, publicó el poema Lo que hay que decir, en el que aseguraba que estaba escribiendo con su “última tinta” y señalaba a Israel por poner en peligro la paz mundial “por su obsesión por armar a cada uno de sus habitantes y por su capacidad para producir bombas atómicas” . El Gobierno israelí le declaró persona non grata y le prohibió la entrada al país.

Sostuvo hasta la última de sus declaraciones que “mal manejados, dinero y poder convierten a cualquiera en un mediocre moral, cuando no en un abierto sinvergüenza”. Muchos, al aire de esas declaraciones y acaso dándose por aludidos, se rasgaban las vestiduras. Y lo siguen haciendo. Él no se inmutaba.

Ha muerto Günter Grass. Sin la honda honestidad de su bigote el mundo hoy es más plano; más pobre.

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