Peter Paul Rubens. El encuentro de Abraham y Melquisedec, hacia 1625. Museo del Prado.

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Los viajes bíblicos (VI)

Peter Paul Rubens. El encuentro de Abraham y Melquisedec, hacia 1625. Museo del Prado.
Peter Paul Rubens. El encuentro de Abraham y Melquisedec, hacia 1625. Museo del Prado.
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No son pocos los investigadores que sostienen la consideración de literatura de viajes para determinados relatos bíblicos, algunos de los cuales se encuentran en los libros de mayor calidad literaria. Así sucede en 'Génesis', cuyo nombre hace alusión al asunto del primer capítulo: el origen del mundo y del género humano.

Acerca del capítulo tres se ha llegado a especular que Adán y Eva no comieron el fruto del árbol prohibido por el deseo de “ser como dioses”, sino por el afán de conocimiento y el ansia de “ver mundo”, mientras que, en el capítulo cuarto, parece que Yahvé quisiera convertir a Caín en el primer viajero de la humanidad: “Vagabundo y errante andarás por la tierra”. El capítulo doce muestra el viaje de Abraham con su familia hasta la tierra de Canaán y, luego, su refugio en Egipto a causa de la hambruna que asolaba el país. Los capítulos finales, dedicados a contar la historia de José, constituyen una obra maestra del arte narrativo.

Éxodo narra la salida de los israelitas de Egipto. La primera parte, más narrativa, cumple perfectamente con las tres fases exigidas a toda narrativa de viaje: la salida, en la que se manifiesta el deseo de ruptura con la situación de esclavitud y la búsqueda de la Tierra Prometida; el viaje en sí mismo, vinculado a las aventuras y vicisitudes que suponen la travesía del desierto del Sinaí, durante la cual se produce la alianza y constitución como “pueblo de Dios” a partir de las leyes y normas establecidas por Moisés; y, finalmente, la llegada o, en cierto modo, retorno al territorio de Abraham y Jacob.

Para algunos autores, como Benito Jerónimo Feijoo, el rapto del profeta Elías en un carro de fuego y la esperanza de su regreso a la tierra, en el momento del fin del mundo (recogido en 2 Re 2: 11 y Eclo 48: 9), estaría en el origen más remoto de la leyenda del “judío errante”, que ha alimentado no pocas páginas de la literatura universal. Sin embargo, otros estudiosos consideran que el precedente del personaje podría ser situado en sendos relatos del Nuevo Testamento: Mt 16: 28 y Jn 21: 21-23.

Otro de los libros del Antiguo Testamento, el Libro de Jeremías, recoge una indicación de Yahvé merecedora de ser la puerta de entrada a cualquier libro de viajes que se precie: “Id a los caminos y mirad, preguntad cuáles son los viejos senderos, cuál es la buena senda; tomadla y hallaréis la paz de vuestras almas”. Así debió entenderlo la malograda aventurera Isabelle Eberhardt (s. XIX), quien anotó el consejo en uno de sus diarios.

En el Nuevo Testamento se pueden rastrear la red de caminos de Palestina y las grandes rutas que la enlazaban con el Asia Menor y Mesopotamia, Egipto y Occidente, a través de las cuales los discípulos de Jesús difundieron el cristianismo conforme al encargo recibido de este (Mt 28, 18-20). Los evangelistas muestran cómo Jesús fue un consumado caminante que no solo llevó su misión por las ciudades de Galilea, sino también fuera de ella, por las regiones de Tiro y Sidón, la Decápolis, Perea, Samaria y Judea. A su vez, el libro de los Hechos de los Apóstoles contiene la historia de la fundación, desarrollo y propagación del cristianismo primitivo, agrupándola en torno a las figuras de Pedro (expansión de las comunidades cristianas de Jerusalén y Palestina) y Pablo (extensión del cristianismo al mundo grecorromano). La segunda parte del libro recoge los tres viajes misionales de Pablo, así como la travesía que, siguiendo la ruta marítima, lo llevó prisionero a Roma.

Uno de los pasajes más curiosos de los Evangelios es el que hace referencia al viaje emprendido por unos magos, cuya patria está en Oriente, dejando en la vaguedad el origen de los mismos: “Unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Es que vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mt 2: 1). Puede que se tratara de sacerdotes persas (aparte de las funciones religiosas, se ocupaban de la astrología y la astronomía y eran considerados como poseedores de una ciencia oculta), de sabios babilonios o “reyes” oriundos de Arabia. La historia, tal y como la conocemos hoy, responde a la lectura de la Iglesia del relato evangélico a la luz del libro de los Salmos (Sal 72: 10-11) y del de Isaías (Is 60), a los detalles introducidos a lo largo de los siglos por la tradición eclesiástica y al interés por convertir a los Reyes Magos en representantes de los tres continentes conocidos antes del Mundo Moderno y de relacionarlos con los presentes ofrecidos (oro, incienso y mirra) y los tres hijos de Noé: Melchor, símbolo de Europa y de la raza de Jafet, Gaspar, representante de Asia y de los hijos de Sem, los semitas, y Baltasar, símbolo de África y de los descendientes de Cam. En cuanto a la “estrella”, lo más verosímil es que se tratara de un fenómeno visual derivado de una conjunción planetaria de Júpiter y Saturno o de la iluminación de una nova, hechos que, al parecer, tuvieron lugar en torno a la indeterminada fecha del nacimiento de Jesús (hacia el año 6 a. C.)

Poco después del episodio de los Reyes Magos, el evangelio de Mateo también recoge la huida a Egipto y el posterior regreso a Nazaret de la Sagrada Familia (Mt 2: 13-29), acontecimiento que será ampliado con multitud de anécdotas y hechos milagrosos por los llamados Evangelios apócrifos y la tradición cristiana posterior. De acuerdo con estas fuentes, durante los más de 1200 kilómetros que duró el trayecto, José caminaba delante tirando de las riendas de una borrica, en la que iba subida María con el niño en brazos. En su travesía por el Sinaí, debieron soportar el calor sofocante del día, las bajas temperaturas de la noche, la falta de agua y de comida y la amenaza de los asaltantes de caminos y de los animales salvajes, así como el miedo a la persecución de Herodes, razón por la que hubieron de sortear las principales rutas que los viajeros de la época solían utilizar entre Palestina y Egipto y aventurarse por caminos secundarios. Este sería el último gran viaje bíblico a Egipto.

Por otra parte, los textos bíblicos dan noticia de grandes ciudades de la antigüedad, como la esplendorosa Jerusalén de los días de David y Salomón, la milenaria ciudad de Ur, la patria de Abraham, las ciudades egipcias de Akhetaton (“la ciudad del dios Atón”) y Tanis, situadas en el delta del Nilo, los puertos fenicios de Tiro o Sidón, o las fascinantes Nínive, capital del Imperio babilónico con Senaquerib (según el profeta Jonás, se necesitaban tres días para poder atravesarla), y Babilonia, cuya organización urbanística se debió a Nabucodonosor II (siglo VII a. C.), quien la llenó de avenidas, palacios, templos, huertos, jardines colgantes y torres escalonadas, como la de Etemenanki, identificada por Benjamín de Tudela, el primer explorador español en Oriente Próximo (s XII), como la famosa Torre de Babel.

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