Barco fenicio representado en los relieves del Palacio de Sargón II en Khorsabad, Irak. Hacia el siglo VIII a. C.

Posted by & filed under Viajes.

Más allá de los confines del mundo (IX)

Barco fenicio representado en los relieves del Palacio de Sargón II en Khorsabad, Irak. Hacia el siglo VIII a. C.
Barco fenicio representado en los relieves del Palacio de Sargón II en Khorsabad, Irak. Hacia el siglo VIII a. C.
Compartir:





La cronología fenicia está sometida a una revisión permanente. Los hallazgos arqueológicos más recientes señalan la presencia de gentes procedentes de Tiro en tierras de Cádiz y Huelva al menos un milenio antes de Cristo, existiendo ya un comercio precolonial previo a la fundación de Gadir, hecho ocurrido con anterioridad a la construcción de Cartago (fechada en el siglo IX a. C.) y, al parecer, no mucho tiempo después de la destrucción de Troya. Los últimos datos aportados por las investigaciones arqueológicas parecen revalorizar algunas de las tradiciones literarias preservadas desde la Antigüedad, al tiempo que sitúan la presencia fenicia en el sur de la Península Ibérica en un marco histórico cercano al del rey de Tiro Hiram I, aliado de los reyes israelitas David y Salomón (todos ellos mencionados en 'La Biblia' y por el solvente historiador Menandro de Éfeso), confirman las “navegaciones a Tarsis” y corroboran el dominio comercial de los fenicios en el Mediterráneo a partir del siglo XII a. C.

Originarios de las tierras del actual Líbano, los fenicios eran considerados en el mundo antiguo como marineros expertos, que se guiaban por la noche por la Osa Mayor o “estrella fenicia” y dotaban a sus naves de ojos pintados para “ver mejor”. Primero, desde Tiro, Sidón y Biblos y, más tarde, desde Cartago (los cartagineses fueron fieles continuadores de las tradiciones navegantes de sus antepasados), recorrieron las orillas del Mediterráneo de Este a Oeste y vivieron las más increíbles aventuras, pronto convertidas en narraciones míticas y fantásticas que corrieron de boca en boca, aunque solo se recogieran por escrito en épocas posteriores, sobre todo por parte de los escritores e historiadores griegos y romanos. Desgraciadamente, no existe una literatura fenicia, a pesar de haber legado el alfabeto a los griegos históricos. A diferencia de otros pueblos más cuidadosos en la perpetuación de su legado, los fenicios apenas escribieron sus hazañas, las cuales hay que reconstruir acudiendo a algunos pasajes bíblicos o a la literatura griega posterior.

Las antiguas leyendas resaltan la importancia desempeñada por el dios viajero Melkart, protector de navegantes y mercaderes, y los templos dedicados a dicha divinidad en la expansión fenicia por el Mediterráneo y la conquista de los “confines del mundo”, simbólicamente representado por las estelas o betilos que una expedición de navegantes tirios consagró a Melkart en las mismas orillas del Océano. Más tarde, el imaginario griego sincretizaría los viajes de Heracles (Hércules) con los del dios fenicio y ubicó sus famosas columnas en los límites de un espacio propio, que abarcaba el mundo conocido hasta ese momento.

La fundación de Gadir fue recogida por un buen número de historiadores grecorromanos. Entre ellos, Diodoro de Sicilia, Estrabón, Plinio el Viejo y Pomponio Mela, quien ofrece los siguientes detalles: “Cerca del litoral que acabamos de costear en el ángulo de la Bética, se hallan muchas islas poco conocidas y hasta sin nombre; pero, entre ellas, la que no conviene olvidar es la de Gades, que confina con el Estrecho y se halla separada del continente por un pequeño brazo de mar semejante a un río. Del lado de la tierra firme es casi recta; del lado que mira al mar se eleva y forma, en medio de la costa, una curva, terminada por dos promontorios, en uno de los cuales hay una ciudad floreciente del mismo nombre que la isla, y en el otro, un templo de Hércules Egipcio, célebre por sus fundadores, por su veneración, por su antigüedad y por sus riquezas. Fue construido por los tirios; su santidad estriba en guardar las cenizas (de Hércules); los años que tiene se cuentan desde la guerra de Troya”. Gadir tuvo una fundación hermana en la costa africana, Lixus (en las proximidades de la actual Larache), vinculada también tempranamente al mítico “Jardín de las Hespérides” (de acuerdo con Plinio, se trata de un opidum, “sito sobre un estero, lugar donde antes estuvieron, según se cuenta, los huertos de las Hespérides, a 200 pasos del Océano”).

Los fenicios no se quedaron en las Columnas de Hércules y sus alrededores. Seguramente fueron los primeros en salir del Mediterráneo hacia el Atlántico, desplazándose tanto al sur como al norte, pero no hay pruebas históricas de ello. Herodoto (s. V a. C.) habla de una expedición fenicia, sufragada por el faraón egipcio Neco (s. VII-VI a. C.), que habría dado la vuelta completa a Libia (África), costeando el océano Índico a partir del Mar Rojo y apareciendo en el Mediterráneo después de superar las Columnas de Herakles. Según el historiador griego, “la Libia se presenta a los ojos en verdad como rodeada de mar, menos por aquel trecho por donde linda con el Asia. Este descubrimiento se debe a Neco, rey de Egipto (…), despachó en unas naves a ciertos fenicios, ordenándoles que volviesen por las columnas de Hércules al mar Boreal o Mediterráneo hasta llegar al Egipto…”. El relato de Herodoto señala también que los navegantes hicieron dos paradas largas en tierra para sembrar, cosechar y abastecerse así de provisiones, y que durante el recorrido desde el sur hacia el norte la expedición tuvo el sol por la derecha, hecho verosímil al que, sin embargo, el historiador griego resta veracidad. Esta no es la única circunnavegación de África que cuenta Herodoto. También da testimonio del viaje del persa Sataspes (s. V a. C.), quien, para evitar la pena de muerte, se comprometió con Jerjes a realizar un viaje de exploración por la costa atlántica africana. Parece que Sataspes fletó en Egipto embarcaciones (probablemente pentecóntoros) tripuladas por marinos fenicios con las que atravesó las Columnas de Hércules, pero, tras alcanzar tierras de “hombres pequeños” que se vestían con palmas y vivían en ciudades, se vio obligado a regresar por “la imposibilidad de avanzar hacia adelante”, acaso por la escasa profundidad del mar y la gran cantidad de algas gigantes, cuya existencia se daba por segura más allá de Kérné.

De finales del siglo V a. C. nos ha llegado, a través de sucesivas copias que pueden haber distorsionado el original, el texto anónimo de un escritor cartaginés que relata el periplo realizado por Hannón. Al parecer, este aventurero habría llegado primero a una tierra de elefantes y, después, a otra de hipopótamos y cocodrilos. Más allá, en un lugar en el que la lava de un volcán alcanzaba al mar, pudo cazar “bestias peludas”. Pero, aparte de las licencias literarias más o menos fantásticas, el Periplo de Hannón pone de relieve la “multitud” de colonos que el navegante fenicio movilizó para crear la serie de asentamientos que se establecieron principalmente a poniente del cabo de Espartel. El último de ellos correspondería a la colonia de la isla de Kérné, situada en “el extremo opuesto” de Libia con respecto a Cartago. El informe del viaje parece que fue depositado en el santuario de Baal Hammón en Cartago (esta divinidad se correspondería con el Crono griego), lo que permite suponer que el dios fue el que avaló la fundación de la colonia en el confín occidental, similar a lo sucedido con la fundación de Gadir por orden de Melkart (Herakles). Según recoge el autor griego que amplió el relato del periplo, la expedición se realizó con sesenta pentecóntoros (probablemente responderían a naves largas con dos filas de remeros) y una gran muchedumbre de hombres y mujeres.

El nombre de Kérné aparece frecuentemente en la literatura antigua de periplos (navegaciones extremas, a medio camino entre la aventura y la necesidad de explorar otros confines geográficos que resultaran económicamente atractivos) como un importante hito para la navegación oceánica. Solía ser incluida también en las “descripciones de la Tierra” de autores griegos de la época clásica como uno de sus extremos. Era además conocida como el punto más meridional de la costa atlántica africana a donde llegaban los fenicios a comerciar y también el lugar donde los cartagineses instalaron su colonia más alejada. Sin embargo, es necesario distinguir entre una isla de Kérné real de ubicación precisa (seguramente se trataba de Mogador, frente a la actual Essaouira), que era bien conocida de los marinos y mercaderes fenicios de Lixus, Gadir y demás colonias fenicias occidentales, y otra Kérné imaginada, cuya localización en un supuesto océano austral podía ser atlántica o índica, según los distintos autores.

Otras fuentes hablan que, por los mismos años del periplo de Hannón, otro explorador cartaginés, Himilcón, viajó por las costas occidentales de Europa hasta Gran Bretaña.​ La historia es conocida por un relato del propio Himilcón en el que cuenta su viaje, luego citado en libros de distintos autores romanos. La referencia más antigua a este viaje es una breve mención realizada por Plinio el Viejo en su Historia Natural. Por su parte, Rufo Festo Avieno cita el viaje del cartaginés tres veces en su Ora marítima, aunque comenta que, en realidad, Himilcón siguió las rutas comerciales usadas por los tartesios del sur de la Península Ibérica.​ A través de estas y otras referencias se ha podido reconstruir la ruta que siguió el navegante cartaginés, a pesar de los elementos fantásticos que incluyó, como la presencia de monstruos marinos y algas u otras plantas marinas que impedían el viaje, lo que ha hecho pensar a algunos investigadores en otros itinerarios alternativos al propuesto.

Los viajes comerciales y en busca de pesca de los fenicios gaditanos hasta Kérné, e incluso un poco más al sur, son comentados en el Relato de las maravillas oídas (Pseudo Aristóteles):

“Dicen que los fenicios que habitan la llamada Gadira, cuando navegan más allá de las Columnas de Heracles, con viento de levante arriban en cuatro días a unos lugares desiertos, llenos de algas y de ovas que durante la bajamar no se ven bañados, pero que se inundan con la pleamar. Y que en ellos se encuentra una extraordinaria cantidad de atunes de increíble tamaño y grosor, cuando se quedan varados. Una vez que los salazonan y envasan, los llevan a Cartago. Son estos los únicos que no explotan los cartagineses, ya que por la calidad que tienen como alimentos, los consumen ellos mismos”. Asimismo, el Pseudo Excilax se hace eco de los intercambios comerciales con Kérné, en cuyo puerto “hacen entrar sus naves los fenicios”.

Mientras el Pseudo Excilax da cuenta de las gaulas, embarcaciones panzudas que podían desplazar cargas considerables (eran los navíos preferidos por los grandes comerciantes fenicios), los viajes de Eudoxo de Cícico, recogidos por Estrabón de textos procedentes de Posidonio, dan noticia de que barcos gaditanos de pequeño calado, conocidos con el nombre de hippoi, en alusión a la cabeza de caballo que llevaban tallada en la proa, también eran capaces de alejarse Atlántico abajo con la intención de pescar en toda la costa africana hasta la actual zona del Golfo de Guinea. No obstante, en uno de los textos de su Geografía, Estrabón comenta el sorprendente hallazgo de un pecio de uno de estos barcos con el que se encontró Eudoxo al regreso de su segundo viaje a la India, en el que “fue desviado por los vientos más allá de Etiopía”, es decir, al sur del Cuerno de África:

“Descubrió Eudoxo un mascarón de proa hecho de madera, pecio de un naufragio. Tenía esculpido un caballo y averiguó que procedía de gentes que habían navegado desde el oeste. Lo cogió y, al embarcarse para la travesía de regreso, lo llevó con él. Cuando llegó de nuevo, sano y salvo a Egipto, (…) llevó el mascarón al mercado, lo mostró a diferentes armadores y averiguó que procedía de Gadira”.

Este episodio dio pie a que Eudoxo planteara realizar él mismo la circunnavegación del continente africano, aventura que no conseguiría alcanzar. Finalmente, Plutarco (s. I-II), probablemente recogiendo también algún texto de Posidonio, que había residido en Gadir hacia el 90 a. C., habla de la presencia de los fenicios gaditanos en las dos islas atlánticas “separadas por un brazo de mar muy estrecho”, situadas a “diez mil estadios de Libia” y llamadas “Islas de los Bienaventurados”, denominación con la cual se estaría refiriendo a dos de las islas del archipiélago canario.

¿Quiere leer todos los artículos de esta misma serie sobre literatura de viajes?

Más sobre: Guía de viajes, José González Núñez, Las sandalias de Hermes, fenicios, literatura de viajes