marcos ordonez juegos reunidos

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marcos ordonez juegos reunidos

¿Dónde estabas tú en el 78?

Para sorpresa de muchos fans de 'Star Wars', lo mejor que ha hecho nunca George Lucas es y será siempre 'American Graffiti'. Aquella película generacional y nostálgica, triste pero sin afectación, se promocionó con una pregunta dirigida al espectador: ¿Dónde estabas tú en el 62?

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Cuando Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957) pudo ver esta historia tenía la misma edad que los protagonistas, ese grupo de adolescentes agotando la última noche del verano, apenas unas horas antes de tener que tomar decisiones del tipo de marchar o no la universidad, en definitiva de entrar en el mundo adulto. Lucas puso en imágenes la perfecta noche del sábado, esa en la que pasan muchas cosas y todo acaba bien.

Ordóñez dedica a esta película la portada y uno de los mejores textos de Juegos reunidos, su última obra, que él mismo define como “unas memorias en forma de álbum de cromos” y en las que se ha propuesto tocar casi todos los palos literarios. En buena parte de las piezas que integran el libro el autor regresa a los años en que uno se hace mayor y debe elegir, quiera o no, un camino. Un tiempo que podría ser la primavera del 78 con el fondo sonoro de La rumba de Barcelona de Gato Pérez.

Y a la manera en que American Graffiti nos legó una banda sonora insuperable, Marcos Ordoñez pasea también por Barcelona, con alguna incursión en Madrid, sugiriendo a su manera mil y una canciones para dar contexto a sus cuitas de adolescente, al retrato de sus amistades (Francisco Casavella, Gato Pérez, José María Pou, Constantino Romero), a su amor al teatro y a los actores (María Asquerino, Conchita Bardem) o a la relación con sus héroes de entonces, como el poeta Jaime Gil de Biedma o el novelista Juan García Hortelano, claves en su formación. De hecho, el propio Ordoñez no descarta que su libro sea recibido como un disco doble, en este caso con canciones de, entre otros muchos, Vainica doble y de Kiko Veneno, de Sisa y de Camarón, de Dylan y de Bob Marley, de Mina y de Paolo Conte.

Porque Marcos Ordóñez es uno de los grandes promiscuos del periodismo cultural en español. Es posible que su cama oficial sea la crítica de teatro que ejerce en El País pero no pierde ocasión de saltar de una cama otra, siempre con sensibilidad, conocimiento y profundo y contagioso entusiasmo: sabe paladear y dar cuenta de series de televisión, novelas, periodismo o poesía, pero también de músicas –suya es una biografía de Gato Pérez– o el cine, con sus estupendos libros dedicados a Alfredo Landa (Alfredo, el grande) o Ava Gardner (Beberse la vida). Sin salir del celuloide, en Juegos reunidos hay más de un homenaje, entre ellos uno muy hermoso y emocionante, escrito a la manera del Me acuerdo de Georges Perec y dedicado al director de cine francés François Truffaut (“Truffaut era mi hermano mayor y Godard el listillo de la clase”).

De esta combinación de crónicas, relatos, poemas y recuerdos surge un retrato sentimental de Ordoñez tan válido y fiable como el que destilan otras obras con mayor voluntad autobiográfica, como Un jardín abandonado por los pájaros. Especialmente se percibe así en piezas como la dedicada a la docena de gatos que han pasado por su vida (“con un gato se establece la misma relación que hay entre un humano y una deidad”) o a su vínculo con los más diversos garitos y alcoholes de aquella época en la que, recuerda, “bebíamos para borrar ansiedades y tropiezos anímicos, ignorando, pese a su reiteración, la enseñanza elemental de que quien bebe para olvidar, olvida todo menos lo que quería olvidar”.

Hay por parte de Ordóñez afán confeso de no mitificar aquella década descontrolada de finales de los setenta. También es cierto que ha afirmado alguna vez que no acaba de llevarse bien con el presente y de hecho en buena parte de estas páginas evoca un tiempo por entonces “libre de las maravillas tecnológicas que hoy nos esclavizan”, años en los que como “había tan poco de todo, cualquier cosa que pasara nos daba felicidad o nos sumía en la desdicha de modo muy intenso, y ambas emociones duraban mucho tiempo, a diferencia de hoy, en que alegrías y penas se suceden y se mezclan sin tiempo a sedimentarse y dejar huella, y al día siguiente nadie se acuerda de nada”.

American Grafitti, por su parte, se despedía del espectador a los sones de All summer long de los Beach Boys. La España de los setenta dijo adiós con una rumba que Marcos Ordóñez, como deja claro en la jocosa y emotiva desiderata final del libro, querría que fuera declarada himno nacional español: Volando voy.


arton1542-d9050Juegos reunidos
Marcos Ordóñez
Libros del Asteroide
320 p
18,95 euros

 

 

 

 

 

 

 

 

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