Silvia Pérez Cruz (Foto: Xavier Vila)

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Razones para adorar a Silvia Pérez Cruz

Silvia Pérez Cruz (Foto: Xavier Vila)
Silvia Pérez Cruz (Foto: Xavier Vila)
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Se descalza. “A veces es mejor tocar el suelo”, dice. Y con ella lo tocamos todos. Ella canta y tenemos esa sensación única de pisar con todo el pie, sentimos la textura lisa de la madera del escenario, el frío, a nosotros mismos. Poco a poco, el calor, la intensidad de querer correr, danzar, girar. Ella canta y sentimos su desnudez. Ella canta y el mundo se detiene. Una canción. Dos, tres... Lo que dura un concierto.

Madrid esperaba con ganas a Silvia Pérez Cruz (Palafrugell, Gerona, 1983) y en un abrir y cerrar de ojos se acabaron las 700 entradas para el recital ‘Entre más cuerdas’, que el Centro Nacional de Difusión Musical había organizado para el pasado viernes. Un segunda cita para el sábado, y de nuevo todas las butacas vendidas con meses de antelación. Normal después de publicar un disco como Granada junto a Raül Fernández Miró ‘Refree’, en el que interpretan de manera personalísima y cómplice temas de Édith Piaf, Albert Plà, Schumann, Leonard Cohen o Enrique Morente. Y normal también después de 11 de noviembre, su primer trabajo en solitario, que dedicado a la muerte de su padre, la descubría como una artista distinta, de corte popular, íntimo, con una voz que gime y se desgarra al tiempo que susurra, cuenta y reluce como pocas.

Pérez Cruz, acompañada por un quinteto de cuerda, mostró el directo de una artista única capaz de casi todo. Comenzó con la famosa Tonada de la luna llena del compositor venezolano Simón Díaz, perfecta para crear ambiente y abrirse al público a un repertorio variado, “creado muy rápido”, y que, según confesó, le gusta especialmente. Le seguirían Covava l’ou de la mort blanca, un poema de la desaparecida María Mercè Marçal incluido en su primer disco y Noche en el río, un bolero de Javier Galiana de la Rosa que habla del amor, las penas y la vida.

Sobre estos temas le gusta cantar precisamente a ella, que se desliza por la poesía de lo cotidiano y por los interrogantes acerca de las pequeñas cosas que nos ponen tristes y nos inquietan, con naturalidad y valentía. ¿Puede uno olvidarse de alguien cuándo se muere? “No, no se puede”, dice después de interpretar Nao sei, una canción escrita en Portugal hablando de este miedo tras la muerte de su padre.

Cuando canta Corrandes d’exili imagina a los exiliados cruzando los Pirineos. Andando y andando. Andando un poco más. El dolor de dejar una tierra, una casa y una identidad se plasma en su quejío hondo, en su respiración, en la intensidad de sus palabra y de sus juegos de voz. Es tan potente que traspasa y conmueve. Da igual que la acompañe la guitarra de Raül Fernández o el violonchelo de Joan Antoni Pich. En ella está el desgarro flamenco y la melancolía del fado cubiertos por un aire clásico, curiosamente a la vez fresco y original. Casi experimental en algún momento.

Con agilidad y de forma sencilla se recoge el pelo. Habla ante un auditorio como si estuviera entre amigos, aunque a veces se atropelle un poco y hable bajito. Tiene un punto tímido. Es graciosa. “¡Qué bien estamos!”, comenta. Crea complicidad y con Mechita, la canción criolla de Manuel Raygada Ballester, demuestra que a veces lo más sencillo, lo más ligero, puede crear un clima único.

Llegan después Folegandros, un tema que nació con su madre, su hermana y toda su familia cantando de fondo y que ha adaptado para la ocasión para cuarteto de cuerda; también La Tarde, una canción de Sindo Garay que le enseñó su padre, y una versión de 20 años, el famoso bolero de María Teresa Vera. Acompañada sólo por el contrabajo de Miguel Ángel Cordero, el tema es el mismo de siempre, con la misma letra de amor y desamor, pero a la vez se torna otro porque se disfruta y se siente con tanta intensidad como si nunca se hubiera escuchado antes. Nadie diría por su forma de sentirlo que no fuera su letra, su música, su canción.

“Gracias por escuchar y aplaudir, y por estar ahí, tan buena gente…”, dice casi ya para despedirse con otra maravillosa versión. Ahora es La Lambada de Los Kjarkas. Lenta, sugerente. Preciosa. Los bises comienzan con su ya conocido tema Vestida Da Nit, con letra de su madre Gloria Cruz, y música de su padre Càstor Pérez, un referente en el género de las habaneras. Añoranza, recuerdos y el mar. Todavía hoy resuena en el Auditorio Nacional.

Antes de irse, una más. Gallo Rojo, Gallo Negro, de Chicho Sánchez Ferlosio. Ella canta y lo inunda todo. Nadie respira. Mejor contener el aliento. No pestañear. El silencio vibra. Ella canta y sí, el mundo se detiene. Una canción. “Si es que yo miento, que el cantar que yo canto lo borre el viento”. Justo ahí.

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