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Mozart con pajarita y Dry Martini

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Olviden las distancias, seguramente siderales, entre la obra de Burt Bacharach (Kansas City, 1928) y la de Wolfgang Amadeus Mozart. Si el segundo hubiera nacido dos siglos después con ganas de acaparar un éxito tras otro, de coleccionar premios Óscar y Grammys y de buscar –y encontrar– la melodía perfecta, entonces el genio de Salzburgo habría sido algo muy parecido a lo que fue Burt Bacharach (BB) en la década de los años sesenta. Ambos músicos compusieron siempre teniendo presente a los profesionales de la música y al público.

Valga la hipérbole anterior para dar entrada a lo que sigue: un orgulloso alegato a favor de un músico que aún arrastra cierta fama, a veces justificada, de relamido, cursi y facilón. A Elvis Costello, que es un tipo de exquisito y acreditado buen gusto musical, se le llevaban los demonios cuando en algunas entrevistas que les hicieron a los dos en los años noventa el periodista de turno se dirigía a Bacharach como rey del easy listening, creador del lounge o de música de ascensor.

Porque seamos serios: ¿qué autor de canciones puede poner en su currículum que las suyas han sido grabadas por gente tan talentosa y diversa como The Beatles y Frank Sinatra, Bill Evans y White Stripes, Isaac Hayes y Adriano Celentano, James Taylor y James Brown, Stan Getz y Michael Jackson, Elvis Presley y su tocayo, el propio Costello? ¿Cuántos, de verdad, pueden ponerse una medalla tan grande?

Bacharach, que el próximo mes de mayo cumplirá 88 años, anunció a principios de 2012 que había firmado un contrato con HarperCollins para escribir sus memorias. Lo hizo con la ayuda del periodista Robert Greenfield. Anyone who had a heart es el título de una autobiografía que a través de entrevistas realizadas por Greenfield da voz también, muy crítica y dura en ocasiones, a sus cuatro esposas (la cantante Paula Stewart, la actriz Angie Dickinson, la letrista Carole Bayer Sager y su atlética profesora de esquí Jane Hanson), así como a otras personalidades esenciales en su vida y en su obra.

Recuerdos

Los recuerdos de BB dibujan a un mujeriego incorregible, un poco egoísta e infantil, tan tímido como narcisista, coqueto y perfeccionista. Nuestro protagonista cuenta abiertamente cómo nació el amor y se rompió con sus sucesivas mujeres, habla del dolor por los problemas de salud de su hija Nikki afectada por el síndrome de Asperger, que acabaría suicidándose cuando tenía 40 años de edad, del amor por sus otros tres hijos, de su pasión por los caballos, de su afición al tenis, de su insomnio crónico o de cómo no se sintió realmente mayor hasta que cumplió 71 años y se fracturó de forma casi sucesiva los dos hombros.

También nos enteramos de su apoyo económico a la campaña de Barack Obama de 2008 (¿influiría que Ronald Reagan se quedó dormido en uno de sus conciertos?), de sus problemas para trabajar en un especial de los premios Óscar con una Whitney Houston ya tocada por el abuso de las drogas, de sus colaboraciones con Mike Myers para la saga de Austin Powers o de la importancia que tuvo para él recibir el Premio Gershwin 2012.

Aun así, el libro aún deja espacio para la música, y los amantes de su imbatible cancionero de los sesenta podemos entrar en sus páginas para saber algo más sobre cómo nacieron y se grabaron tantas tonadas inolvidables.

Happy

A Bacharach todo el mundo en su familia le llamaba Happy pese a que fue un niño solitario y no especialmente risueño que ocultaba su condición de judío. Burt idolatraba a su padre, que escribía columnas en un periódico, pero fue su madre la que le animó a dar clases de piano cuando tenía ocho años.

Una noche, sus padres le pusieron al corriente de una decisión que habían tomado y que le afectaba especialmente: iban a comprarle un piano Steinwey. Lo curioso es que al mismo tiempo le dieron luz verde para que dejara oficialmente de seguir con las clases si eso no le apetecía. Se sintió liberado, pero fue una sensación de alivio que le duró lo poco que tardó en irrumpir el sentimiento de culpa y la necesidad de seguir con las lecciones de piano.

Jazz

El primer héroe verdadero que tuvo BB fue el trompetista Dizzy Gillespie. Con quince años y un carné falso se colaba en los clubs de jazz de Manhattan. No era la primera vez que el llamativo Dizzy noqueaba un talento incipiente.

A Miles Davis, que también era un joven musicalmente aplicado, le pasó algo parecido y el impacto fue tan notable que abrió sus memorias con esta frase ya mítica: “Escucha. La sensación más grande que jamás tuve en mi vida –con la ropa puesta– fue cuando escuché por primera vez a Diz y a Bird juntos en 1944. Tenía 18 años y me acababa de graduar en la escuela secundaria Lincoln”. A BB le gustaba tanto Diz que una vez le vio por la calle con un monito al hombro y no dudó en preguntar en casa si podía comprarse él también una mascota similar.

El jazz fue el género que le hizo tomar conciencia de lo mucho que amaba la música. El otro estilo que llenaba la cabeza del Burt adolescente fue el de los impresionistas franceses, el que crearon músicos como Ravel o Debussy (su pieza favorita era la suite número 2 de Daphnis et Chloé de Ravel).

Curiosamente, por esa misma época empezó a dar clases de composición en California con otro genio francés, Darius Milhaud, que además acusaba en su obra una cierta influencia de los ritmos propios del jazz. Aunque su dieta musical de entonces abarcaba incluso la atonalidad de los Schoenberg, Berg o Webern, el bueno de Milhaud vino a darle un consejo que afortunadamente BB cumplió a rajatabla: no te avergüences nunca de haber escrito una melodía que puedas silbar.

Brill Building

Estaba cantado que BB acabaría trabajando en el Brill Building, el edificio de oficinas ligada a la industria musical en la 1619 de Broadway, en el que han venido al mundo algunas de las canciones más populares del siglo pasado. Allí descubrió que no estaba dotado para escribir bajo las pautas de ese nuevo y revolucionario lenguaje llamado rock and roll. No sabía si era por su amor al jazz o por su formación clásica, pero no se veía de ninguna manera componiendo para alguien como Bill Haley and his Comets.

Antes de iniciar su etapa dorada con el letrista Hal David, BB escribió en el Brill Building canciones a medias con Bob Hilliard, algunas tan estupendas como Tower of strength, que grabó Gene McDaniels en inglés y Adriano Celentano en italiano; o esa joya absoluta que es Any day now en la garganta de Elvis Presley.

Época dorada

BB tardaría aún unos años en encontrar su voz propia, su toque, ese estilo sofisticado que impregnan sus mejores canciones y que aún no era palpable en temas de éxito como Magic moments o The story of my life. La segunda la grabó Marty Robbins y el propio Bacharach no se explicaba cómo a él, neoyorquino y urbanita de pura cepa, le había salido una canción tan country, en cuyas listas alcanzó el primer puesto.

Ahora bien, ya con Hal David, Bacharach encontró su media naranja musical. Dos perfeccionistas insufribles que podían desesperar al cantante más tenaz si no daban con lo que exactamente buscaban. Juntos escribieron sus mejores y más conocidas canciones. Las más evocadoras, las mejor arregladas y voluptuosamente orquestadas, las que más fielmente atrapan las pulsiones de un corazón a veces enamorado, a veces roto.

Concretamente, a partir de 1962 llegan en tropel los temas inmortales de su cancionero: Make it easy on yourself, Don’t make me over, Twenty four hours from Tulsa, Anyone who had a heart, A house is not a home, Walk on by… De todas ellas hay versión original e impecable a cargo de Dionne Warwick, que dotaba de sensualidad y elegancia cuanto cantaba y que se amoldó a todas las directrices de BB en el estudio. Este se había fijado en ella durante la grabación de Mexican divorce que hicieron The Drifters. Quedó prendado por la gracia y la elegancia natural de aquella corista negra con coletas, pómulos elevados y piernas interminables.

Pero quizá sea en otras versiones, menos estándar, sin los atinados arreglos del propio BB, donde algunas de estas canciones mejor dejan ver su elasticidad, su capacidad para no romperse por mucho que se estiren o sean deconstruidas. Ahí brilla, por ejemplo, lo que hizo con Walk on by el siempre sensual Isaac Hayes, construyendo así una de las catedrales definitivas del soul. BB adora esta versión de doce minutos y así se lo hizo saber a Hayes en cuanto tuvo ocasión.

Elasticidad

Otro ejemplo de elasticidad es I just don’t know what to do with myself, de 1962, que fue grabada originalmente por Tommy Hunt, cantante de la banda doo wop Los Flamingos. Dos años después hizo lo propio la gran Dusty Springfield y en los setenta Elvis Costello, pero para versión potente e intensa, la que hacían en directo durante la pasada década The White Stripes.

Dietrich y Sinatra

Cuando Bacharach y David alcanzaron su velocidad de crucero ya no había año sin hit o hits que llevarse a la boca. Lo normal es que aquello fuera detectado por el cantante con mejor radar para identificar grandes composiciones. Frank Sinatra grabó canciones de BB (Wives and lovers, Close to you…), pero no tenemos el disco soñado, y eso que el gran crooner se lo propuso a Bacharach. Aquello no cuajó y no queda realmente claro por qué. El primer contacto –fallido– entre ambos había venido de la mano de Marlene Dietrich, que le pasó una demo del compositor, pero que el cantante desestimó y que cabreó notablemente a la Dietrich, echándole en cara haber despreciado alguien que iba a ser muy grande.

BB fue director y arreglista de la orquesta de la actriz y cantante cuando ésta ya había cumplido 56 primaveras. Bacharach cuenta que la protagonista de El ángel azul seguía a esa edad manteniendo todo su atractivo. Posesiva y madraza con el compositor, era capaz de limpiarle la ropa y criticar a sus novias. Y quiso en una ocasión dar cuenta también de su habilidad en la cama, pero BB sabía que laboralmente aquello no era buena idea y declinó tan suculenta oferta. La diva alemana no se lo tuvo en cuenta y dejaría escrito en sus memorias que BB encarnaba todo lo que una mujer puede desear de un hombre.

Cine

La canción What’s new pussycat para la película del mismo título fue el inicio de una relación de éxitos (y algún tremendo batacazo) de BB con el cine. Con guión de Woody Allen, BB asegura que nunca entendió muy bien de qué iba aquella historia protagonizada por el propio Woody, Peter O’Toole y Peter Sellers, pero el tema principal lo grabó Tom Jones y fue un éxito absoluto.

Alfie fue otro encargo cinematográfico para la película que lanzó a la fama a Michael Caine. Es una de las canciones predilectas de BB. Una noche cenando con Miles Davis, el genial trompetista le dijo a nuestro hombre que aquella era “una gran canción” y eso fue mejor que cualquier galardón porque BB idolatraba a Davis.

Aunque en aquel encuentro descubrió que como comensal a su admirado Davis sólo le gustaba hablar de Davis, para BB fue una inyección de confianza que un músico tan grande elogiara tan sinceramente un tema suyo; alimentó su autoestima mucho más que la multitud de hits y premios que ya tenía detrás. Por desgracia, Miles no grabó Alfie, pero sí lo hizo otro gigante, Bill Evans, en 1970.

I say a little prayer

Después de Alfie, BB seguiría creando grandes melodías y arreglos a los que Hal David continuaba poniendo versos: In-between the heartaches, The windows of the world, The look of love, Close to you, I say a little prayer, This guy is in love with you… Las dos últimas volvieron a lucir lozanas a mediados de los noventa: I say little prayer, en una secuencia de la exitosa comedia La boda de mi mejor amigo (1997), con Julia Roberts de protagonista, y This guy is in love with you, por ser uno de los temas favoritos del cantante de Oasis, Noel Gallagher.

Respecto a la primera, Dionne Warwick o Ella Fitzgerald hicieron grandes versiones de I say a little prayer, pero lo cierto es que la grabación de Aretha Franklin está claramente un escalón por encima de todas.

Bacharach & David

La pareja Bacharach & David despidió a lo grande los años sesenta fabricando su único musical –Promises, promises–, escrito para Broadway a partir de un libreto de Neil Simon inspirado en la película El apartamento, de Billy Wilder. Y no pudieron saludar mejor la nueva década de los setenta: su canción Raindrops keep falling on my head, que sonaba en Dos hombres y un destino, de George Roy Hill, les proporcionó la primera estatuilla dorada después de haber estado nominados varias veces a los premios Óscar.

Un momento dulce que fue, sin embargo, el anticipo del gran fracaso de la pareja a todos los niveles: Horizontes perdidos (1973), la nueva versión, esta vez musical, de la película que dirigió Frank Capra cuarenta años antes. David y Bacharach no se pusieron de acuerdo en el reparto de beneficios, se mandaron el uno al otro a sitios muy feos y tardaron muchos años en sellar la paz y volver a hablarse. Concretamente eso no pasó hasta mayo de 1993, cuando recibieron un premio conjunto.

Nueva esposa y letrista

Bacharach cambió entonces a la vez de mujer y de letrista. No volvió a escribir más con David y se separó de su segunda esposa, Angie Dickinson. Dos en uno: porque Carole Bayer Sager ocuparía en adelante su corazón y también se encargaría de poner palabras a su música. BB cree que con Carole su música se hizo menos compleja, quizá más comercial aún. Con ella haría algunas canciones que se auparon a lo más alto de las listas como On my own, That’s what friends are for o la ganadora del premio Óscar Arthur.

Pero BB ya no volvería a escribir canciones tan buenas como las mejores suyas… hasta que entró en su vida el incombustible Elvis Costello. Escribieron y grabaron Give me strength, una canción grandiosa para una película, Grace of my heart (1996), que pasó totalmente desapercibida. Afortunadamente la colaboración no se quedó ahí y juntos hicieron en 1998 un disco majestuoso que supura melancolía y que está la altura de sus talentos: Painted from memory.

Hay pocas referencias al alcohol en los recuerdos de Bacharach; cuenta que cuando actuaba en Las Vegas le iba bien beber Jack Daniel’s antes de salir al escenario. En cuestión de trapos, las fotos sugieren que a BB le priva llevar jersey de cuello redondo con americana. Sin embargo, cuando suena su música el arriba firmante lo imagina siempre con elegante pajarita negra y un Martini seco con aceituna cruzada. Un uniforme tan elegante como sus melodías.

 

Burt Bacharach Anyone who had a heart
Anyone who had a heart. My life and music
Burt Bacharach y Robert Greenfield
HarperCollins
304 páginas
16,99 dólares

 

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