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Anímense, que son ‘Las bodas de Fígaro’

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Mucho se ha hablado en estos días sobre el inicio de la temporada del Teatro Real de Madrid con la producción de Emilio Sagi de ‘Le nozze di Figaro’, que por tercera vez visita sus tablas. Estrenada en 2009, volvió en 2011 y por deseo de Gerard Mortier -con consentimiento de Joan Matabosch- vuelve estos días al coliseo madrileño. La novedad, además de la mayoría de los cantantes, se encuentra en la dirección musical, con la que Ivor Bolton estrena su puesto de director musical titular del Real.

Puede que programar tres veces en cinco años el mismo espectáculo sea excesivo, pero hablando de Mozart y de una de las óperas más universales, y de las más esperadas por el público, tampoco conviene echarse las manos a la cabeza. Es verdad que como primera ópera de la temporada requiere de un algo más, de una especie de ‘qué sé yo’ conmovedor o de efecto (sustentado siempre por una inmensa calidad), pero, por otro lado, conociendo la faceta conservadora del público de este teatro, no debería plantearse como un problema. Al final se trata de un juego de equilibrios y de contentar a todos. Caja incluida.

El problema de poner sobre la palestra una producción conocida es que, de pronto, el peso de los cantantes y de la música se vuelve mayor. Digo de pronto porque en algunas ocasiones con valorar la ambientación, la escenografía o el libreto y vagamente la música todo parece hecho. Sin embargo, la ópera va mucho más allá. Es una de las formas artísticas más completas (si no la más completa) y dentro de ella la música y la voz deben siempre prevalecer por encima de las otras artes. Son su base, su esencia, su ser.

La revisión como algo positivo

Así, una ópera y una producción como ésta nos conecta de nuevo con lo más intrínseco del género y nos devuelve a la escucha, de verdad, de los cantantes y de la música. Para bien y mal. Para bien porque es un auténtico lujo escuchar al segundo elenco: ver a una maravillosa Annet Fritsch como la condesa de Almaviva, ver cómo va creciendo Eleonora Buratto en el papel de Susanna tras un comienzo muy light, cómo Davide Luciano se mete de lleno en el papel de Fígaro o como Helene Schneiderman se mueve como pez en el agua por el escenario en el rol de Marcellina. Parece que no tanto (o para mal, en resumidas cuentas), ver al primer elenco, que ha arrastrado considerables críticas, o ver cómo la orquesta, bajo la batuta de Bolton, supera en bastantes ocasiones a las voces y suena sin el brillo mozartiano requerido.

El montaje es el mismo de 2009. Es clásico, muy clásico, pero también extraordinariamente bello, bien construido, y una auténtica invitación a los sentidos. La luz del segundo acto se muestra espléndida, exquisita, y el jardín con aroma a azahar y jazmín del último acto nos transporta de verdad a la Sevilla de finales del siglo XVIIII. El vestuario enriquece la visión.

A veces apostar por algo que ha funcionado o que ya se ha consumido (como volver a leer un libro o ver una película) ofrece la posibilidad de experimentar nuevas sensaciones, nuevas visiones, nuevos descubrimientos que conducirán a conclusiones nuevas, independientemente del carácter que tengan. La combinación de este tipo de programaciones con estrenos de obras consagradas y estrenos mundiales es, en conjunto, lo que enriquece un auditorio, un teatro, un público. Quizás más, dentro del contexto socioeconómico en el que vivimos y que bajo ningún momento podemos obviar. Mozart, Las bodas de Fígaro, Emilio Sagi, Sevilla… Sin perder el sentido crítico y la opinión propia, disfruten.

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