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Vinilo en vena

Nunca sabremos a qué huelen las nubes. Lo mismo pasa hoy con las nuevas canciones. Parece poco probable que alguien esté en condiciones de describir el olor de un temazo si uno lo escucha solo a través del cedé, lo descarga en internet o lo disfruta en 'streaming'. Así no hay manera pero hubo un tiempo, no tan lejano, en que la música tenía un ropaje, los discos de vinilo, que activaba todos los sentidos.

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Un tiempo en que las canciones se tocaban, se veían, se leían, se manchaban, se perdían, se prestaban y –si habían vivido lo suyo– acababan teniendo su propio olor. Se traficaba con ellas en formato casete, se hacían mixtapes casi siempre con intenciones lúbricas y se dibujaban monigotes a mano en la carátula. Todo ello frente al carácter inodoro de la música digital.

Con la irrupción del compacto primero e internet después, el disco gramofónico con sus dos caras se convirtió en una rareza, en el material de trabajo de los disc-jockeys más rigurosos. Y poco a poco fueron desapareciendo de la actualidad para siempre… ¿Seguro? Es cierto que desde hace unos años los vinilos se han hecho un hueco nada despreciable en las tiendas grandes no especializadas. Las discográficas no ignoran el target. Quienes tienen hoy más poder adquisitivo son en buena medida los mismos que procedieron negligentemente en los noventa con sus colecciones, extraviando o vendiendo sus plásticos para sustituirlos por los feos y cómodos cedés.

Han resucitado los vinilos pero mayormente como bello objeto de deseo a través de los cuales recuperar grandes obras –la mayoría, impecables reediciones de lujo– que lucir orgullosos en el salón sin necesidad de ensuciarse las manos fatigando cubetas en tiendas de segunda mano; funcionan también como eficaces magdalenas de Proust: verlos y tocarlos para convocar en el presente los mejores recuerdos de la juventud perdida, para viajar al pasado cuando la crisis de la mediana edad acecha insidiosa. Es el caso del periodista Eric Spitznagel (Michigan, 1969) con dos matices: apenas tiene pasta para pagar el diminuto apartamento en el que vive con su mujer y su hijo pequeño y no es que quiera volver a tener en vinilo aquellos discos que marcaron su adolescencia y que alegremente vendió para procurarse algunos vicios; es que desea manosear de nuevo exactamente aquellas mismas portadas que manchó de mostaza o en las que escribió el número de teléfono de una ex o que pisó dejando la huella de una bota o cuya funda utilizó para esconder un alijo de marihuana perfumándolo para siempre.

En busca de los discos perdidos pertenece al género cuarentón atormentado que se pregunta qué ha hecho con su vida, en la subcategoría guardo una relación con el pop mucho más estrecha, íntima e intensa que con la mayoría de seres humanos que me rodean. De los que pueden tirarse horas defendiendo la cara b de un single infravalorado porque, como aclara Spitznagel, hablan de esa “clase de música que te cala hasta los tuétanos, que se incorpora a tu flujo sanguíneo y se convierte en parte de tu ADN”. Por eso, quieren sus discos rayados como se quiere a un hijo poco aplicado. Por eso son capaces de reconocer sus plásticos aunque hayan pasado veinte años separados.

El terremoto vital le pilla a Spitznagel trabajando; concretamente haciendo una entrevista a Questlove, batería de la banda The Roots y orgulloso coleccionista con más de setenta mil discos. Cuando el periodista le confiesa que él, en cambio, vendió todos sus vinilos, Questlove no puede evitar darle el pésame (“vaya, tío, lo siento”). Ese día un Spitznagel bastante desmotivado encuentra una razón para sacudirse la desidia: traer su colección de vuelta a casa; sin trampas: no valen copias ni reediciones y debe poner todo su empeño por mucho que la empresa esté condenada al fracaso de antemano. En realidad, una excusa como otra cualquiera para contarnos el momento emocionalmente crítico que atraviesa él mismo: un tipo de Chicago, un punk rocker, entrañable y divertido que prefiere pasarlas putas como periodista freelance que vestir trajes caros y acumular servidumbres como hace su triunfador hermano.

Con él emprendemos una hilarante y emotiva cruzada que incluye visitas a ex novias y colegas olvidados, a tiendas del extrarradio, ferias de coleccionistas y conciertos de viejas glorias, así como paradas en una colección de álbumes por los más variados motivos, las más de las veces extramusicales: Alive II de los Kiss, Doolittle de los Pixies, Slippery when wet de Bon Jovi, Beautiful vision de Van Morrison, Let it be de The Replacements o el Escape de Journey. Y dentro de los discos las canciones concretas: la que sonaba cuando perdió la virginidad, la que ponía cuando se acostaba con su chica, la que necesitaba escuchar cuando murió su padre, la que siempre le puso mal cuerpo, incluso la que ha decidido para su funeral…

Novela autobiográfica que capta como pocas el poder euforizante y hospitalario de las canciones, su empleo como droga sin efectos secundarios y como refugio frente a la tormenta. El libro también habla de esas otras canciones que pasan desapercibidas a los diecisiete años y te rompen el corazón treinta años después, una vez que ya “has conocido lo que se siente cuando los amigos se van, o cuando tu carrera no ha avanzado de la manera en que esperabas o cuando tus padres se mueren de improviso o la pareja con la que te has comprometido a largo plazo empieza a distanciarse cada vez más, no de esa manera estrepitosa y evidente de las películas que te hace apretar los nudillos, sino poco a poco, lo justo para que te preguntes si te has vuelto loco”. Para Spitznagel, esa canción es I’ve lost you de Elvis Presley, escrita e interpretada cuando su matrimonio con Priscilla se estaba yendo definitivamente a pique.

Old-Records_med_3D-802x1024En busca de los discos perdidos
Eric Spitznagel
Traducción: Héctor Castells
Contra Ediciones
304 p
18,90 euros

 

 

 

 

 

 

 

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