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2/05/2012

Lunes, 21 de mayo de 2012

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¿Hacia un futuro sin cultura?

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guggenheim

Cuando todo es hipermercado, el arte se convierte en un foco de inversión más. Como tal, ha de ser publicitado de la manera más eficaz, tanto desde las propias instituciones como desde las empresas privadas. Asimismo, tal consideración de producto, tiñe a la obra de arte con una pátina de valores excluyentes, o sea, valores explícitos e implícitos de exclusividad.

Ese aspecto cuantitativo de la obra de arte (ese valor comercial), denota en una serie de facetas que constituyen su calidad y que, por tanto, generan interés. El éxito de la obra de arte, tanto si es actual como si no, estará determinado por la confluencia y consenso de una serie de factores, esto es, por una fórmula que, pese a la vanidosa negativa de los expertos en mercadotecnia, siempre suele ser infalible. Así, una gran exposición es tal en tanto que su éxito público está garantizado por esa serie de cocientes.

Arte y cultura

Pero dado los tiempos que corren, sabido y superado ya el recetario del éxito, cabe indagar en el valor neto del resultado, o lo que es lo mismo, cabe pensar qué lugar ocupa ese éxito. Ante la sobreabundancia de eventos relacionados con la palabra arte y con la palabra cultura, el espectador común se siente abrumado. Por su parte, el visitante de museos entiende que ya no se trata de buscar obras de arte, sino de buscar discursos expositivos que, sin ser novedosos, cuenten algo que suscite su interés particular. Hasta ahora y como siempre, el contenido del simulacro, la obra de arte, ha sobrevivido situada en el umbral de la risa o la seriedad.

El egocentrismo de artistas y críticos (y demás secuaces) ha querido que la habitual contemplación de cuadros o esculturas (fundamentalmente en las grandes instituciones) no sea otra cosa que un discurso, una articulación más o menos lógica y más o menos coherente de ideas propias. La asunción, en definitiva, de una idea centrípeta de las artes como una parte más del reloj social, con la cual se hace política y se genera riqueza.

Por su parte, la prensa cultural, especializada en promover el lado más nefasto del espectáculo, ha vulgarizado el arte hasta convertirlo en un dolo indigesto, sostenido por explicaciones grandilocuentes o sucintas, que no hacen otra que cosa que uniformar a muchos lectores que, aún hoy, creen que los cuadros están pintados con ideas o forjados bajo una serie de nobles y elevadísimos absolutos, cuando en realidad, están elaborados a partir de necesidades estrictamente fisiológicas. Quizá la tarea inmediata de todo el entramado del arte y de todos sus sabios, sea declarar que no hay plan oculto.  

¿Hacia un futuro sin cultura?

La desconfianza hacia las nuevas tecnologías ha desaparecido y el ejercicio de hiperrealidad ha normalizado el discurso estético, aunque no todas sus posibles connotaciones. Y aunque el arte ya no explica nada, sí sigue implicando a los sentidos, razón por la cual podrá ser exhibido en comedores, letrinas y dormitorios. Todos lugares aptos tanto para la lectura como para la expresión gráfica. Renunciadas las glorificaciones, habrá que estar atentos a todo eso que sucede en expresiones efímeras, desde las más escatológicas y burdas, hasta otras algo menos viscerales.

Los museos han entrado ya en un híbrido que se conoce con el nombre de turismo cultural. La guía turística, desvirtuada suerte de 'el grand tour' que irrumpió con fuerza en los albores de la Edad Contemporánea, acaba presentando los museos como grandes cajas de joyas, una escala más en el tocador. Por contra, muchos equipos de curadores e historiadores del arte sin voz pública ni reconocimiento, trabajan de manera incesante en la otra cara de la moneda. Un Estado moderno ha de garantizar la democratización de la cultura, pero la difusión de contenidos no debería suponer una vulgarización masiva de productos.

Por otro lado, los programas educativos (tanto de enseñanza primaria como secundaria) carecen de competencias sólidas relativas a la educación por medio del arte, formando meros consumidores. No se potencian ni contemplan en los currícula las aptitudes estéticas de los estudiantes, como tampoco se fomenta un estudio coherente sobre ellas.

Consagrada la norma de la seducción, la intimidad terminará por revelarnos con qué sensación nos quedamos. Mientras tanto, seguiremos haciendo literatura barata y esperando, ávidamente, que una mente lúcida suelte una estruendosa carcajada en medio de un museo.

Comentarios (4)

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Lo correcto sería un presente sin cultura ¡¡
Dieguito da Silva , marzo 01, 2012
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Los críticos de arte tradicionales han contribuido en creces con la situación actual del arte. Una crítica complaciente, llena de subjetivismos y falta de preparación hace que se endiose al artista.
Por otro lado estos mismo críticos son los que no tienen el menor reparo para lapidar a artistas emergentes. Hace mucho tiempo no leo una verdadera critica, que señale los aspectos positivos y negativos de la propuesta de un artista.
Los mismos artistas son conscientes que los críticos, curadores no expresan lo que ellos realmente quieren decir mas no suelen quejarse por ello y por eso la situación se mantiene.
Panorama muy triste!
Karla Mallma , febrero 23, 2012
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Ciertamnte, el dirigismo del discruso artístico con fines comerciales (en el mejor de los casos) o políticos (en el peor) unifica la manera de entender la creatividad. El arte no es sólo un mero objeto de intercambio monetario o de ideas, y cuando no es así, está amordazado.

La musica tiene experiéncia en ésto, sin duda, pocas artes populares han sido tan ampliamente secuestradas.
celoric , febrero 14, 2012
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Qué interesante me ha resultado este artículo. La música, la más vulgarizada y mercantilizada de las artes, ha sido pionera al respecto. Tanto que, en México, algunos programas becarios y académicos, hacen una grave separación entre Arte y Música. A mi parecer, la tendencia es mundial. Muchos artistas de generaciones intermedias luchamos día a día con el acertijo de lo que esto significa y sus implicaciones. Muchos tendrán cabida, pero habemos quienes seguimos siendo una resistencia estética y conceptual frente a las corrientes que banalizan la vocación del arte. A propósito y, en contraste, me permito extraer un artículo del compositor sinfónico, naturalista y conservacionista mexicano, Federico Álvarez del Toro, de su columna CONTRACULTURA, del diario chiapaneco, Cuarto Poder.
“Los Sobrevivientes”
“Los sobrevivientes”, comparten una sensibilidad parecida. Es una generación huérfana de Ángeles y Demonios. Los sobrevivientes son callados, les emociona hablar de la década dorada, y los ruboriza, porque vienen de una guerra ideológica que dejó heridos y muertos. Escuchan en la intimidad un arsenal de música, que les ayuda a sobrellevar el mundo material. Leen y siempre encuentran las palabras exactas que necesita su alma para pasar el día. Sus encuentros humanos son intensísimos y profundos. Si tienes por aliado un sobreviviente, es una amistad que durará por siempre. Son buenos para compartir la soledad existencial y para negociar la muerte. Puedes llamarles en las madrugadas para contarles tus penas, la pobreza o las injusticias. También poseen un brillante humor negro y son excelentes para reírse de todo. Saben que la pobreza y la riqueza son relativas. Que todo es una farsa y se burlan de las representaciones teatrales políticas y las apariencias. Los sobrevivientes de la cultura son adolecentes eternos, niños asombrados, guerreros incansables. Por ello es difícil predecir su edad con exactitud. Son jóvenes maduros con almas antiquísimas. Hombres y mujeres a mitad de la vida, a los que no les falta nada, pero sienten que lo han perdido todo, viven en una especie de orfandad cósmica. Casi siempre andan solos, tienen la mirada penetrante, suelen ser interiormente libres e intelectualmente brillantes. Tienen capacidad de análisis agudo. Ven a la sociedad tal como es, viven en ella y a la vez no, como si pertenecieran a otro orden de las cosas. Los sobrevivientes crearon su propio universo moral. Las reglas de las masas no rigen su vida, ni se guían por modas, fechas o costumbres. Transgreden horarios y normas, son impredecibles. Pueden compartir su cena con reyes o indigentes y ser igualmente felices. Los sobrevivientes tienen la sonrisa bonita, son agridulces. Vulnerables para el afecto y tántricos en la intimidad, no tienen prisa para terminar de amar. La vida pasa a su lado y les desliza lágrimas por una piel impermeable, dura y tatuada de cicatrices. Los sobrevivientes que vivieron la contracultura son desadaptados. Disfuncionales en la vida y funcionales en el arte. Los sobrevivientes de la música de la edad de oro aman el café y las conversaciones irreverentes. Viven sin más expectativa que el hoy y por eso, son insustituibles.
Nayeli Nesme , enero 07, 2012

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