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Evaristo Valle, el talento olvidado de un genio (II)

La obra de este genial artista asturiano, de desbordante imaginación y viveza expresiva, se rescata ahora con la publicación de un libro sobre su vida y su arte.

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Evaristo Valle (1873-1951) es uno de los grandes nombres del arte de entre siglos y que, sin embargo, permanece sepultado bajo el peso de la historia. A la altura de otros ilustres pintores como Regoyos o Beruete, Valle no alcanzó en vida el reconocimiento que sin duda merecía. Su carácter introvertido y su dificultad en las relaciones personales supusieron un obstáculo importante en el impulso definitivo de su obra.

Crisis emocional

El 21 de abril de 1912 fallece la madre de pintor, Marciana Fernández Quirós, lo que sume a Evaristo Valle en una profunda crisis afectiva y emocional de la que jamás se recuperaría. Comienzan ahora sus primeros síntomas de agorafobia. No sale a la calle y se encierra en su estudio gijonés. Su profundo dolor se verá cristalizado en un escrito intimista que, bajo el título El invierno de la vieja, muestra una personalidad desgarradora y doliente. Emborrona cuartillas y pergeña lo que será su primera novela de corte costumbrista, titulada Oves e Isabel, que publicará sin ningún éxito en 1919 y de la que daremos cuenta más adelante.

El 21 de agosto de 1915, Valle participa en una exposición colectiva en el Real Club Astur de Regatas de Gijón junto con otros compañeros como el escultor Sebastián Miranda y los pintores Ventura Álvarez Sala y Juan Martínez Abades. A esta muestra acuden Fernando García Vela y José Ortega y Gasset, invitado por éste a Asturias. Vela era la mano derecha del pensador y secretario de la Revista de Occidente. De la correspondencia que Ortega y Valle se intercambian y que hemos recuperado de la Fundación Ortega-Marañón de Madrid concluimos que el inicio de su amistad data de 1915.

Regeneracionismo

Valle admira los escritos de Ortega en El Imparcial, en el diario El Sol y sus Meditaciones de El Escorial. Comparte con el maestro su idea regeneracionista a partir de la singularidad de los nuevos ruralismos, de los que Valle se convierte en uno de sus más firmes representantes en pintura. Defiende el resurgimiento de la nación de la mano de mentes capaces de intelecto despejado que sepan guiar el destino de España, maltrecho tras la pérdida de las últimas colonias y de los últimos escándalos políticos y económicos.

Del mismo modo, Valle frecuenta a un grupo de intelectuales progresistas que, bajo el auspicio e ideales de la Institución Libre de Enseñanza, defienden la libertad ideológica y una educación integral de la persona. Participa en la tertulia ovetense La Claraboya y disfruta de la amistad de los hermanos Álvarez Buylla, líderes del Movimiento de Extensión Universitaria. Colabora en la revista Región: revista de Asturias, cuyo director en la sede de Gijón es su amigo Fernando García Vela. Para ella realiza una serie de ilustraciones de carácter cómico, hasta que en enero de 1918 la publicación se ve abocada a extinguirse. En 1917 participa en la Exposición Nacional de Bellas Artes con dos cuadros: el Retrato de un asturiano y Acebedo, Asturias. Durante estos años, Valle participa activamente en la celebración de los carnavales gijoneses. Es miembro de la tertulia La Parra, encargada de la organización del famoso Entierro de la Sardina, bajo cuya temática realiza un sinfín de obras magistrales.

Éxito

En la primavera de 1917, Valle, en compañía de su sobrina María y del esposo de ésta, José María Rodríguez, viaja de nuevo a Madrid. Solicita la tarjeta de copista del Museo del Prado el 28 de abril de 1917 bajo recomendación del catalán Fernando Coll. Disfruta de los jardines del Pardo, del Escorial, de Toledo y visita, en la provincia de Aragón, el Monasterio de Piedra, fundado por monjes cistercienses en el siglo XII. Valle queda impresionado. De este viaje se conserva un cuaderno de dibujos, algunos de ellos de corte futurista, de gran precisión y movimiento.

Participa en las Exposiciones Regionales de Pintura de 1916 y 1918 y en el Salón Nuevo Bazar de Oviedo en 1919. Expone ese mismo año, y por segunda vez en Madrid, en el Salón Lacoste del número 53 de la Carrera de San Jerónimo. Presenta 55 cuadros de factura exquisita, definidos por el crítico Francisco Alcántara como “amplia y gustosamente panteísta, donde no existe un centímetro cuadrado de acorchamiento ni de insensibilidad, es toda ella coloraciones delicadas como las de los rostros vivos y agitados por la emoción”.

La muestra se convierte en un gran éxito y compran obra de Valle autores de la talla de Ignacio Zuloaga y Aureliano de Beruete y Moret. Alcántara será quien inste a Mariano Benlliure, entonces director del Museo de Arte Moderno de Madrid, para que adquiera una obra de Valle con destino al Museo: esta obra será La Quintana. El arte del asturiano ya colgaba de las paredes de un museo.

Exposición individual

El 25 de noviembre de 1919 expone en el Majestic Hall de la Gran Vía 34 de Bilbao y envía a la Exposición Nacional de 1920 su obra El nieto, que no recibió ningún tipo de atención por parte del jurado. Sin embargo, el mayor reconocimiento en vida del que gozará el gijonés será su exposición individual celebrada en el Palacio de Bibliotecas y Museos de Madrid, inaugurada el 7 de junio de 1922.

Autorretrato de Evaristo Valle como Colón.

Autorretrato de Evaristo Valle como Colón.

Valle participa activamente en su museografía, señalando incluso las horas del día en que mejor pueden apreciarse sus cuadros, algo habitual en él y que podemos apreciar en la numerosa correspondencia que intercambia con amigos, clientes y organizadores expositivos. La exposición, ubicada en la planta baja del Palacio, fue visitada por todo el Madrid de la vanguardia y apoyada, al completo, por la comunidad de artistas asturianos afincados en la capital. Es en este momento cuando el talento del pintor alcanza las más altas cotas de reconocimiento.

Regresa a Asturias y expone en Gijón y Avilés antes de iniciar su viaje a Londres. Con fuerzas y espíritu renovados por el triunfo, embarca rumbo a la capital británica donde expone en las Dorien Leigh Galleries entre el 19 de noviembre y el 3 de diciembre un total de 20 obras. Por insistencia de Tulio Bonafoux, hijo de D. Julio y que reside en Londres, el crítico de arte y periodista del diario The Observer, P.G. Konody, visita la muestra de Valle quedando inmediatamente fascinado por su trabajo. Konody destaca «la fuerza y vitalidad intensa y conmovedora» de los cuadros del asturiano.

Tras su triunfo londinense regresa de nuevo a España y expone a comienzos de marzo de 1925 en la Sala de Exposiciones de la Asociación de Artistas Vascos de Bilbao. El Museo de Bellas Artes de Bilbao le adquiere entonces su Trajín de carbón por importe de 3.000 pesetas. También expone de nuevo en la capital, primero en una muestra organizada por El Heraldo de Madrid y posteriormente en el Salón Vilches.

Sueño americano

Será a finales de 1927 cuando Valle vea cumplido su sueño de exponer en Estados Unidos. Evaristo embarca en el puerto de Sevilla en un barco extremeño, la Santa María, que transportaba corcho a América. Valle disfruta de la travesía intensamente, recordando cómo se sentiría Cristóbal Colón durante su conquista del nuevo continente. Incluso realizaría su propio autorretrato al modo del descubridor genovés. Su exposición neoyorquina se inaugura, bajo el título And Exhibition of Paintings of Northern Spain by Evaristo Valle, el 16 de enero de 1928 en las Gainsborough Galleries y permanece abierta hasta el día 31.

Aunque la muestra no contó con una buena acogida y la prensa apenas se hizo eco del acontecimiento, logró vender algunas piezas, entre ellas una magnífica Carnavalada fechada en 1922, donada al Museo de Brooklyn de Nueva York por Anna M. Christian, tercera y última esposa del magnate americano Samuel Sloan Auchincloss. De Nueva York viaja a Cuba y expone en el Centro Asturiano de La Habana. Además envía a la Sala Witecomb de Buenos Aires una obra titulada El gaitero, hoy en paradero desconocido.

La experiencia americana no resulta todo lo exitosa que Evaristo supone en un principio. Agotado y apesadumbrado por el fracaso, regresa de nuevo a ese bálsamo para su alma: Asturias.

Regreso a España

En noviembre de 1929 expone en las Galerías Layetanas de Barcelona y envía a la Exposición Internacional de la ciudad dos cuadros: Carnavalada y Las abuelas, adquirido por el Museo Nacional de Arte de Cataluña en 1931. En abril de ese mismo año participa en Oslo en una Exposición de Artistas Españoles, en la que intervienen además nombres como Piñole, Gutiérrez Solana, Eliseo Meifren, Eduardo Chicharro, Manuel Benedito o Vázquez Díaz. Valle expondrá allí una Carnavalada.

Al año siguiente, el 28 de abril de 1932 se inaugura la Exposición Internacional de Venecia, organizada por Eugenio D´Ors, a la que Valle envía dos obras: un Carnaval y De conversación. Envía además a la Exposición Nacional de Bellas Artes sus cuadros HaraganesCarnavalada en la cuenca minera, Asturias, conservado actualmente en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y por el que Valle obtiene una Tercera Medalla. Expondrá también en las Nacionales de 1934 –con su obra Guardianas de la piara– y de 1936 –con La abuela y el nieto– pero ya sin obtener ningún logro importante.

Durante la guerra

Comienzan unos años difíciles para Evaristo. Los acontecimientos prebélicos se desencadenan. Es ahora cuando Valle inicia, 15 años después de la publicación de Oves e Isabel, la segunda de sus obras literarias: la comedia dramática El sótano. El gijonés se convierte de nuevo en cronista de una realidad que jamás le es ajena y retrata el drama del hombre ante el destino irrefutable de la muerte. La Guerra Civil estalla y Evaristo permanece en Gijón, bastión de resistencia republicana. Se refugia en su estudio y vive de la venta de pequeños cuadritos de temática religiosa que parecen interesar al público menos exigente.

Enrique Lafuente Ferrari (centro, con gafas), Evaristo Valle (con sombrero) y amigos, Valle de Carrión, c. 1946. Archivo Enrique Lafuente Ferrari. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

Enrique Lafuente Ferrari (centro, con gafas), Evaristo Valle (con sombrero) y amigos, Valle de Carrión, c. 1946. Archivo Enrique Lafuente Ferrari. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

Del 18 de julio al 5 de agosto de 1939, Evaristo Valle participa en la Exposición Nacional de Pintura y Escultura de Falange Española Tradicionalista y de las JONS de Valencia con una Carnavalada y en abril de 1940 expone 20 obras en el Real Club del Automóvil de Oviedo, en una muestra colectiva de pintura y escultura de artistas asturianos.

En 1941 participa en la exposición de artistas asturianos que se celebra en la Sala Biosca de la calle Génova nº 11 de Madrid y tres años después, en enero de 1944, en la Galería Estilo de la calle Jovellanos de la capital. Sus muestras cada vez son más escasas y menos continuadas en el tiempo. Valle tiene ya 71 años y sus fuerzas flaquean.

En el ocaso de su vida frecuenta las tertulias de los cafés de Gijón. Son días tranquilos en los que Valle comienza a relacionarse también con la nueva generación de artistas asturianos que tratan de abrirse paso en la nueva pintura de vanguardia. Antonio Suárez y Joaquín Rubio Camín visitan a Valle a menudo en su estudio de la calle Enrique Cangas número 28. Sin embargo, un nuevo y definitivo envite despertará de nuevo el arte del maestro para la eternidad: la amistad del último de sus grandes mecenas y primer biógrafo del asturiano, Enrique Lafuente Ferrari.

 

Sobre la autora

alicia vallinaAlicia Vallina Vallina es doctora en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid. Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra. Posee estudios de Arte Moderno por la Universidad de Cambridge (Christie´s Education London). Es funcionaria de carrera y ejerce como Técnico de Museos Estatales en la Subdirección General de Protección de Patrimonio Histórico de la Secretaría de Estado de Cultura.

 

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