¿Habrá algo más hermoso que quedarse sin huellas?
Sólo el pájaro sabe de esta gracia
y el horizonte aquel que de la luz se arranca
sin dolor, con un leve marcharse ajeno al tiempo,

al calendario triste que siempre deja huella.
Andar, andar, andar esperando que un día
la tierra no nos sienta; querer la lejanía
donde el hombre se evade de los ojos.

¿Así será la muerte? Si es así será dulce.
Diluirse en el aire, ser el después sin rastro
de una nube. Y andando seguir y ver la tierra,
al fin sin nuestras huellas, con nuestros propios ojos.

(Cuaderno salvaje)

Poeta desde que a los doce años oyó en la escuela la palabra “inmiscuir” y quedó atrapado. “Fue vital; las tres íes, los ganchos de las enes y de las emes. ¿No le daban al lenguaje un aspecto de oruga, de ciempiés? Cuando consulté el diccionario apareció mi deseo de escribir, de envasar palabras, de hacer poemas”, recordaría muchos años más tarde para insistir en que “la poesía no es sólo palabra, es también verdad y silencio. La verdad es silencio y es tiempo, dios, muerte, entusiasmo. Un conglomerado que significa: esto es vivir, esto es existir. Hay también un lenguaje del existir, el lenguaje supremo: la oscuridad, el vacío, la noche”.

Es aquí la armonía: canta un pájaro
y contesta la luz que da en sus ojos…
En el trino y la luz hundo mis manos…

“La palabra del poema no sólo se escucha, se siente en la escritura, cuando la palabra te penetra. Es algo material, porque se hace cuerpo si lo sientes dentro. Lo sientes dentro y sin embargo lo desconoces, aquí reside el misterio”.

Lo sé, este verso tan de nadie es mío;
le cojo, le retuerzo como a un trapo
mojado. Suelta un agua
caliente, un azul alto. Queda seco.

Y en la página enroscado, tras
tanto festejo vuélvole a leer;
le falta todo,
su primera humedad, su calor vivo.

¿Rehacerle? ¡Imposible! Quede así,
ni desmedro siquiera ni azul ido,
trapo, y muerto. Y mis lágrimas le empapan
de nuevo; no revive; más yo sé que este verso

que nadie quiere, ni yo, es justo el mío.

(Cuaderno salvaje)

“En poesía hay que perseguir, seguir un rastro, aunque no se consiga. Ahí está la poesía, en el seguir, y ahí está el alma de todo. Aunque dé miedo. Porque la poesía es susto, caminar sobre un alambre expuesto a caerte, a no ser nadie”.

Mira y di lo que ves; no añadas nada
de poesía a tu mirar.

 

“La poesía es un tocamiento repentino que aparece en ti. Ves el poema que vas a hacer, como un rayo intensísimo de sol que te ciega. Luego le tienes que dar forma, reducir a poema, traducir a poema. Es así, realizas un trabajo que está dentro de la preceptiva, incluso cuando escribes sin preceptiva aparente. Lo insertas en un sistema, lo reduces a cántico. Pero lo fantástico sigue siendo lo desconocido, lo que tú mismo desconoces de ti, eso es lo inspirado. No lo que has escrito, sino lo que te deslumbró”.

Suavísimas miríadas
de palabras
moviéndose
sin deslizar ideas
te dijeron su nombre
¿repetirle?
imposible
supiste que latían
el corazón
la casa
los enseres
la muerte
lo supiste
¿su nombre? ¿quién lo oyó?

(Así que)

 

“Todos los poetas aspiran a la sencillez. Quieren estar unidos a lo elemental, lo que pasa es que lo más elemental es lo inconcebible. Lo que desearía el poeta es llegar hasta el fermento de lo anónimo. Y la suprema sencillez es el átomo. Pero, ¿quién entiende el átomo? Sin embargo, el poeta busca el átomo”.

 

Mas tú tras la ventana adormecido
lo inaudible contemplas
y lo invisible escuchas
una planta ese ficus no es distinta
a ti
lo mismo mira
y oye

¿Piensas?
No
Brotas

(Siete silvas)

“La poesía nos empuja hacia un estado de felicidad. Todo lo que posee música se va escandiendo, metrificando. La tarde cae con su música, el día se levanta con su música. Si lo contemplas con amor, el mundo te hurga en la cabeza, te duerme: los colores del atardecer, los púrpuras, los amarillos… en todo hay metro y tiempo”.

 

Y esta es mi casa
mi patria, ajena a fechas. No hay historia,
color y luz y azul que suman esto…
Nada más. No hay época.

 

“¡Sí! La poesía es cierta mente. Mi mente, ¿caída en un sueño? No, en un vacío de atmósfera azul, de noche azul, de dormir azul, de querer dormir azul, de permanecer en el olvido, en los agujeros. Un mundo sin palabras que paradójicamente es la palabra, lo que ningún diccionario consigna: el vacío amante, envolvente, explicador ¿de qué?, ¿en el oído de qué?, ¿de quién?. En el oído de cada cual, de cada quién. Nada y nadie. ¿Abismo? ¿Intrascendencia? ¿Vaciedad?”.

 

 

Solitario campo.
Me encuentro conmigo.
Soy mi descampado.

Solitario cielo.
Me encuentro conmigo.
Soy mi desanhelo.

Solitario alud.
Me encuentro conmigo.
Soy mi multitud.

(Versos para distraerme)

 

Y al cabo de todo y de la vida y de tantos registros en su obra, desde la contemplación de la existencia, la efimeridad, el deseo, la experimentación, la soledad, la naturaleza, la trascendencia, el amor, la religiosidad, la transgresión…

 

¡cascad esos vidrios!
¡tirad los museos!
¡rasgad esos libros!

(El júbilo: la última sílaba)

 

Al cabo Francisco Pino exuberante, contradictorio, desbordante, celoso de su intimidad y lejano a toda intención vanidosa. Aquel poeta de difusión tardía. Tantos poemas tanto tiempo dormidos en pequeñas ediciones marginales abocadas al polvo, a la penumbra entrañable de los estantes de las librerías de viejo. Libros que se fueron descubriendo poco a poco, acaso al azar, y convirtieron a su autor, a través del boca a boca, en poeta de culto…

Si yo pudiera escoger
un balcón hacia un paisaje
un día después
(cuando la muerte me abrace

para contemplar por siempre,
un día después
un mismo paisaje con mi muerte,
sin duda otra vez

escogería este
sitio para mi balcón,
con los mismos pinos al poniente
caído ya el sol.

(Este sitio)

Concédeme, Señor, en ese instante
que ha de llegar, en ese instante último,
llevar al infinito inconcebible
lo poco del lenguaje.

Concédeme, Señor, en ese instante
un nombre conocido para aquello
que contemple, y decirle, y al decirle
saber de mi y hallarme.

Tendré miedo, Señor, si en ese instante
Nada puedo nombrar con la palabra
Que abrió a mi entendimiento un horizonte
Y a la vez un margen…

(Más cerca)

Y al final, su palabra nos abrasa: “El poeta labora contra sí. Ofrece un contra sí, y no puede hacer posible nada más que a través de su incendio. Por eso el poeta no comunica nada, se manifiesta encarnado en llamas, enllameando”.

 

Claves del incendio

Francisco Pino nació en Valladolid el 18 de enero de 1910 en el seno de una familia de comerciantes acomodados.

Economista. Se formó en la universidad de su ciudad natal y en la London School, completando su sólida formación en París. Allí conoció el surrealismo y a su regreso a España fundó una serie de revistas vanguardistas.

Republicano confeso y confeso católico, fue detenido en 1936 y encarcelado en la Modelo de Madrid por hacer pública su condición de cristiano.

A horas de ser fusilado, junto a su amigo y también poeta Díaz de Jove, salvó la vida gracias a la intervención de un guardia de asalto.

Responsable de cultura de la organización humanitaria Socorro Rojo, se negó a empuñar las armas durante la guerra, lo que le costó el ingreso en varias cárceles.

Pronto se integra en el negocio textil familiar en donde trabajará toda la vida. Desde 1940 hasta su muerte vive, “deliberadamente lejos de los focos”, en el Pinar de Antequera, a diez kilómetros de Valladolid.

Su trayectoria literaria abarca 75 años de poesía activa. Sus primeros libros se remontan a 1927 y su última creación está fechada en octubre de 2002, días antes de su fallecimiento.

En el presente año, la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, la Fundación Jorge Guillén y Ámbito Ediciones, con el auspicio de la Diputación de Valladolid, recuerdan el centenario del autor con la publicación de sus obras completas. Bajo el titulo Distinto y junto, la excepcional edición se compone de nueve tomos en los que se incluyen 93 libros, de los que tan sólo 37 vieron la luz en vida del poeta.