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José Luis Gómez, la vida y el teatro en tiempos de pandemia

Gómez es hombre de teatro (en toda la extensión del concepto), de los que han dado un giro radical al arte de la interpretación y de la escena en España en el último medio siglo. Tras un aprendizaje cosmopolita y radicalmente contemporáneo que le llevó a Alemania, Francia, Polonia y Estados Unidos, fue uno de los protagonistas de la revolución cultural que vivió nuestro país durante los años 80 y 90.

En la memoria han quedado sus actuaciones, sus montajes y la inteligente gestión del Centro Dramático Nacional. Ha hecho también cine con papeles inolvidables. Muchos de sus personajes son clásicos inmarchitables. En los 90 creó una empresa cultural especialmente hermosa, el madrileño Teatro de La Abadía. Ha sido su alma y guía hasta hace apenas unos meses y hoy sigue vinculado al proyecto. En estos días trabaja en una versión más exigente del Mio Cid.

La búsqueda

Gómez tiene un compromiso de buscador insobornable. La búsqueda le llevó a encontrarse con los mejores maestros: Grotowski, Strasberg, Brook… También lo ha hecho con las tradiciones espirituales (el zen, el taoísmo; en la actualidad, los Amigos del Desierto con Pablo d´Ors) y siempre atento al desafío de llegar a ser mejor persona.

Cumplidos los 80, y cultivando su enorme pasión por el teatro, la lengua y la cultura, dedica parte de su tiempo a la meditación, al tai chi y a un camino espiritual en el que confluyen muchas tradiciones y que él reelabora con la misma sutileza con la que hace teatro.

José Luis Gómez tras la lectura de su discurso de ingreso en la RAE el 26 de enero de 2014.

En el tiempo que precedió a la pandemia, -«la vida anterior, la vida real», nos dice al iniciar la conversación-, acudía regular y animosamente a las sesiones de la Real Academia con la difícil misión de darle valor al español desde su especial experiencia en el teatro.

Para mantener una conversación sobre la experiencia de la vida confinada y la intuición del día después, nos encontramos con él una tarde de primavera.

Vida confinada

Nos recibe en el jardín de una casa de planta baja en una de esas colonias de chalets que sobreviven en el centro de Madrid, evocando un estilo de vida radicalmente distinto al del ajetreo habitual de la gran megalópolis.

Su jardín evoca aquel otro, el de Epicuro, situado en las afueras de Atenas y que, a diferencia de otros foros, tenía la puerta abierta a todo el que llamaba, incluidas las mujeres y los esclavos.

Las casi dos horas de conversación se entremezclan con los gritos de los niños de una casa contigua, el trinar de los pájaros, el ladrido intermitente de un perro y las voces cantarinas de unos jóvenes que entran en el cul-de-sac que forma la calle para acceder a la puerta.

Nuestro conversador está atento a todos los palos de la experiencia espiritual, inmerso en las tareas de la Academia, muy consciente del momento que vive el teatro y la cultura en España, tan diferente a la que encontramos en países próximos como Francia o no tan cercanos como Alemania y Suecia. Y tiene la esperanza de que la pandemia nos hará cambiar y salir del consumismo feroz, de la aceleración, de lo lejos que vivimos de la sofrosine, ese término griego que designa el equilibrio, el que nos pide la naturaleza y nuestra propia naturaleza. Repite que su objetivo vital en estos momentos es llegar a ser mejor persona, una aspiración a la que le ha llevado la vida de manera casi natural, suavemente, sin forzar.

Se sienta a la mesa del jardín en la que ha dejado una tetera, tres tazas y una bandeja con pastas, se recoloca la mascarilla para que salga mejor el “aire semántico” y nos indica que nos sentemos a su izquierda y en la otra esquina de la mesa guardando la distancia de seguridad.

En el intercambio de mensajes previo le había mencionado mi interés por hablar de la muerte en un momento en el que tanta presencia han tenido su escenificación y su dolor. Comienza hablando del tiempo.

“En la vida anterior, en la vida real, no le prestaba atención a esa dimensión física impresionante que es el tiempo”. Como a la mayoría de las personas “unas veces, corría; otras, andaba” de una tarea a otra y ese ajetreo le impedía ser consciente del tiempo, aunque siempre estuviera ahí. Al entrar en el confinamiento “creí que tendría tiempo para todo” pero ocho semanas después del día en que tuvimos que encerrarnos se ha dado cuenta de que no ha sido así. No llegamos a todo lo que queremos pero sí hemos visto que la “gran cuestión es el ahora, el presente. Estar presente es como llegar a ser, que es un modo más intenso de existir, de estar despiertos. Siempre existimos pero no siempre somos”.

Gómez subraya la importancia de la presencia, la consciencia de una sucesión de “ahoras” que son “fugaces, inasibles” y ese esfuerzo por la presencia es una tarea inexcusable para todo aquel que aspire a un buen vivir.

En una circunstancia tan especial como la del coronavirus, la muerte, apunta, hace su aparición como un avatar del tiempo. “La muerte es el final de lo conocido, porque nos aboca al futuro y el futuro es lo ignoto”, pero es también, y precisamente, algo que viene acompañado por el miedo a dejar de ser.

Creencias

La muerte nos lleva a hablar de cómo la pandemia ha removido las creencias. Hasta qué punto nuestras reacciones son distintas a las de nuestros antepasados en otros momentos de crisis, de peste, de pandemia. En ese pasado fue común pensar que la causa de la peste era la ira o el castigo de una voluntad superior, divina.

Estos días, sin embargo, los relatos que estamos fabricando para darnos una explicación caen siempre del lado de la ciencia o, cuando entran en el peligroso terreno de las noticias falsas, de la conspiración. El papa Francisco no ha dudado en escenificar el seguimiento de las normas por parte de su iglesia haciéndose grabar en un momento de oración en medio de una plaza de San Pedro completamente vacía; una imagen estremecedora.

José Luis Gómez es un hombre intensamente espiritual, su experiencia es muy amplia, pero no incluye “la confianza en Dios que tiene el buen cristiano”.

Placer inteligente

José Luis Gómez en El Principito.

La pandemia ha llevado a un replanteamiento de los usos de todas las prácticas artísticas. Hay protocolos nuevos para los rodajes, los museos han regulado de otra manera la exposición de las obras y las visitas, los conciertos tendrán que disfrutarse de otra manera cuando se alcance la “nueva normalidad”. El teatro es, tal vez, una de las artes que más necesidad va a tener, tiene, de volver a pensarse.

Nuestro protagonista aborda la cuestión sin dudas: “La sociedad no puede, no podrá, prescindir del teatro”. Subraya que desde que se inició con los griegos, éste cumple una función a la que ninguna sociedad puede renunciar. “El teatro no es ocio, no es entretenimiento. Por usar un lema que inventé para La Abadía, el teatro es un placer inteligente porque la lengua es un hecho de inteligencia”. Evoca el poder de la lengua, el maravilloso fenómeno evolutivo del habla con sentido, de lo que, recuerda, Homero llamó el “aire semántico” que emitimos cuando las vocales y las consonantes se fusionan al atravesar el círculo de los dientes.

Para él, el teatro es el archivo de las grandes preocupaciones y los grandes sentimientos de la Humanidad. Observador atento del fenómeno teatral en las cuatro esquinas del mundo se lamenta de que en España no se valore como en Alemania, en Francia o en los países escandinavos.

El encuentro

La experiencia de la COVID-19 no es como una guerra o una catástrofe natural y “puede que el teatro se manifieste de otras formas a partir de ahora”. Pero, sean cuales sean esos cambios, “en el teatro se produce una experiencia única, la experiencia del encuentro” y añade: “su veneno no es el aplauso ni la fama. Son esos instantes de rara plenitud, de presencia y de consciencia”.

Cerrando el círculo que abrió al principio de la conversación concluye: “la clave del teatro es la atención al presente”. La ‘sociedad del día después’ conservará esa experiencia cultural maravillosa y consustancial al teatro, asegura.

José Luis Gómez en La Celestina.

José Luis Gómez ha querido empezar nuestra conversación por el tiempo y, para acabar, la lleva a la cocina.

Le sorprende como en esta crisis mucha gente ha redescubierto la cocina, una actividad importante “porque nos alimenta y nos permite alimentar a otros”. En la cocina hay placer, “lícito siempre que no se desborde, es decir, que tenga sofrosine”. La sofrosine, la moderación, es para Gómez otra de las claves del momento actual. Forma parte, o debería formar parte, del buen vivir para contribuir a la vida en común.

La cocina empieza por la elección de los alimentos para el cuerpo pero hay también otra elección de alimentos para el espíritu, que son las impresiones de la cultura. “Las músicas que decido escuchar, las lecturas que decido hacer, todo eso forma parte de los alimentos del espíritu y todo eso es la cultura”. Una práctica, recuerda, en la que tan importante es la ingestión como la digestión.

El arte de vivir

Cree que la pandemia nos cambiará, nos está cambiando, aunque no sabemos en qué dirección. En este tiempo especial dice sentir nostalgia del contentamiento, de la entereza del ánimo, tan propia, dice, de las gentes que le han precedido, “gente humilde y trabajadora como lo es la mayoría de hoy”.

En plena pandemia, cuando ya se vislumbra la salida del túnel, él subraya la importancia de seguir aprendiendo el arte de vivir, un buen vivir en el que deberá haber las dosis adecuadas de contentamiento, de presencia y de sofrosine, cuya rotura, tal vez, sea “una de las causas de la crisis que vivimos”.

Acabamos la conversación y nos colocamos la mascarilla. Mi anfitrión me pide que le siga hasta el pequeño pabellón que hay en uno de los laterales del jardín. “Aquí está el espacio del tai chi y de la meditación”.

Allí hay una atmósfera especial, un brillo en el aire que me lleva a pensar que aquellos que lo habitan están en el camino de ser, sin duda, mejores personas.

Sobre Visiones del día después

La COVID-19 provocó un apagón cultural sin precedentes. El cierre de las galerías, librerías, museos, teatros, salas de conciertos… cercenó el contacto ’analógico’ de los creadores, y de casi toda la producción cultural, con su público, con los ciudadanos. Durante estas semanas no han dejado de suceder cosas, muchas tristes, algunas terribles, y otras muy esperanzadoras. Y las gentes de la cultura (abiertas al deseo, el futuro, la utopía) están dejando una interesante colección de visiones para esos cambios del día después.

Durante esta crisis, nuestro diario ha ofrecido a un nutrido elenco de creadores de diferentes disciplinas el espacio para una conversación a distancia y, al tiempo, muy próxima.

En su sexto capítulo, por ejemplo, conversamos con cuatro artistas multidisciplinares: Silvia Marsó [1], actriz y productora; Antonio Najarro [2], bailarín y coreógrafo, ex director del Ballet Nacional de España; Eva Manjón [3], actriz, bailarina y cantante, y Nico Casal [4], pianista, compositor y premiado creador de bandas sonoras.

En el caso de la música contamos con las ideas de Astrid Jones [5], cantante de blues y actriz; Paco Salazar [6], músico y productor; Víctor Manuel Gulias [7], realizador, creador y gestor de contenidos audiovisuales y fotógrafo musical, y Rodrigo Sangro [8], productor ejecutivo, mánager de proyectos musicales y director artístico en Universal Music Spain.

El tercer capítulo de nuestro pódcast estuvo dedicado a la proyección exterior de la cultura y en él pudimos dialogar desde cuatro continentes con Santiago Herrero, consejero cultural del Consulado de España [9] en Nueva York; Dania Dévora, directora del festival WOMAD para España; [10] Gustavo Salmerón [11], actor y director de cine, y Javier Galván [12], director del Instituto Cervantes de Manila.

En nuestro segundo Conversatorio hablamos de centros culturales y de muchas más cosas con Nadia Arroyo [13], directora del Área de Cultura de Fundación MAPFRE [14]; Salomón Castiel [15], director de La Térmica [16] de Málaga; Montse Adam [17], directora de Marketing y Ventas del Circo del Sol [18]; y Fernando Rodríguez Lafuente, secretario de Redacción de Revista de Occidente [19].

También teníamos que hablar de libros y lo hicimos con unos invitados de excepción: Ángeles González-Sinde [20], Pablo d’Ors [21], Ayanta Barilli [22] y Juan Cruz [23].

El primer capítulo de este Conversatorios en tiempos de pandemia tuvo formato vídeo, estuvo dedicado a la creación audiovisual y en él hablamos con uno de nuestros mejores actores, Javier Gutiérrez [24]; Marcelo Altmark [25], director de cine y gran productor argentino; la profesora de Comunicación Audiovisual Conchi Cascajosa [26], experta en series; y Curro Royo [27], reconocido guionista de cine y televisión.