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Adiós a Isabel Mateo Gómez

Nacida en Almería en 1935, Isabel Mateo pertenecía a aquella generación formada en la inmediata posguerra que convirtió el estudio en una forma de ascenso intelectual y también moral. Llegó a Madrid para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad Complutense y acabó encontrando en la Historia del Arte el territorio donde desarrollar una curiosidad que no abandonaría jamás. Ella misma confesó años después que había sido una mala estudiante en la infancia y que no descubrió realmente la pasión por el conocimiento hasta llegar a la universidad. Allí se cruzó con Diego Angulo Íñiguez, figura decisiva de la disciplina en España y maestro fundamental en su formación. Aquel encuentro marcaría toda su vida.

Entró como becaria en el Instituto Diego Velázquez del CSIC en 1960. A partir de entonces, su nombre quedó unido para siempre a aquella institución, donde varias generaciones de investigadores aprendieron a mirar el arte con una mezcla de exigencia científica y pasión humanista. Quienes trabajaron junto a ella recuerdan una presencia constante, generosa con los jóvenes y profundamente comprometida con el estudio. Benito Navarrete [1] evocaba estos días cómo Isabel protegió y acompañó a muchos recién llegados al Consejo, convirtiéndose en una referencia cercana dentro de un mundo académico que no siempre resultaba fácil.

Su carrera fue avanzando lentamente, sin gestos grandilocuentes y sin apartarse nunca de la investigación. Tras sus estancias de formación en Bonn y Gante, consolidó un campo de estudio muy personal que unía la iconografía medieval, la pintura hispanoflamenca y el arte español del siglo XVI. El Bosco ocupó desde muy pronto un lugar central en sus investigaciones. Cuando comenzó a estudiarlo, el pintor seguía rodeado de interpretaciones esotéricas y lecturas fantasiosas. Isabel contribuyó decisivamente a devolverlo a su contexto histórico y cultural, rastreando las fuentes visuales y literarias de sus imágenes, vinculándolas con grabados, miniaturas, capiteles y sillerías de coro. Su primer libro, El Bosco en España, publicado en 1965, abrió una línea de trabajo que desarrollaría durante décadas.

Sillerías profanas

Pero acaso su aportación más singular fue la dedicada a las sillerías de coro góticas españolas, un territorio apenas transitado hasta entonces por la historiografía. Su tesis doctoral sobre los temas profanos en las misericordias medievales reveló un universo visual donde convivían refranes, fábulas, bestiarios, escenas populares y referencias literarias que la Iglesia había tolerado —e incluso utilizado— como vehículo moralizante. Isabel Mateo recorrió catedrales, fotografió piezas olvidadas y trabajó durante años sobre obras que en ocasiones fueron tapadas para evitar que fueran vistas por nadie. Aquella investigación monumental cristalizó en Temas profanos en la escultura gótica española: las sillerías de coro, una obra de referencia todavía imprescindible.

Su conocimiento de estas piezas tuvo incluso consecuencias inesperadas fuera del ámbito académico. A comienzos de los años 2000 colaboró con la Policía Nacional, la Guardia Civil, Interpol y los Carabinieri italianos en la identificación y recuperación de fragmentos robados de la sillería de la catedral de Oviedo. Reconoció una de las piezas a partir de una simple fotografía. Aquella capacidad para identificar detalles mínimos hablaba de una vida entera dedicada a mirar.

Aunque alcanzó la máxima categoría científica dentro del CSIC como profesora de investigación, nunca cultivó una imagen pública de autoridad académica. En sus entrevistas aparecía más bien como una mujer de conversación sencilla, enormemente culta y refractaria a cualquier forma de vanidad intelectual. Seguía trabajando incluso después de su jubilación en 2005. Rechazó continuar como emérita porque, según explicó entonces, necesitaba demostrarse que podía vivir fuera de aquellas “cuatro paredes” del Consejo. Sin embargo, jamás dejó de investigar ni de responder consultas sobre Juan de Borgoña, Luis de Morales o la pintura toledana del Quinientos.

Quienes la trataron de cerca insisten ahora en otra dimensión menos visible de su biografía. Colaboró activamente durante años en la parroquia madrileña de San Juan de la Cruz visitando enfermos, acompañando a personas mayores y participando en la acogida de inmigrantes. Para ella no existía contradicción entre fe y ciencia. Siempre recordó que en su casa le enseñaron desde niña que «lo importante era la otra persona», una idea que terminó impregnando tanto su vida cotidiana como su manera de ejercer la investigación.

También ahí residía buena parte de su singularidad. Isabel Mateo pertenecía a una generación de investigadoras que construyeron su carrera en un mundo académico todavía profundamente masculino y lo hicieron sin estridencias, apoyadas únicamente en la consistencia de su trabajo. Nunca buscó protagonismo ni ocupó espacios mediáticos, aunque su autoridad era reconocida unánimemente entre especialistas. Sus colegas sabían que detrás de aquella discreción existía una de las miradas más finas sobre el arte español tardomedieval y renacentista.


Producción científica [2] de Isabel Mateo Gómez en el Catálogo de la Red de Bibliotecas y Archivos del CSIC.

Trayectoria científica

Isabel Mateo Gómez estudió Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid. Entró como becaria del Instituto de Arte Diego Velázquez del CSIC en 1960. Cuando finalizó su beca alternó sus investigaciones sobre El Bosco y las sillerías de coro góticas españolas, con la dirección y gestión de la biblioteca del Instituto Diego Velázquez. Entre 1964 y 1967 disfrutó de varias becas para estudiar en el Instituto de Historia del Arte de la Universidad de Bonn (Kunsthistorischen Institut) y en la Universidad de Gante. En 1970 la Fundación Lázaro Galdiano le concedió otra beca para fotografiar y estudiar las sillerías de coro góticas de España.

Participó como profesora en las primeras clases que el profesor Angulo organizó en el Museo del Prado y también fue adjunta-interina de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid hasta que consiguió la plaza de Colaboradora Científica en el CSIC, pasando luego a ser Investigadora y Profesora de Investigación.

Sus estudios y trabajos se han centrado en El Bosco, la iconografía, las sillerías de coro y la pintura española del siglo XVI: El Bosco en España (Madrid, 1965), Temas profanos en la escultura gótica española: las sillerías de coro (Madrid, 1979), Juan Correa de Vivar (Madrid, 1983), Sillería del coro de la Catedral de Burgos (Burgos, 1997), El jardín de las delicias y sus fuentes (Madrid, 2003) y Juan de Borgoña (Madrid, 2004).

Fruto de los proyectos de investigación que dirigió son las obras El arte de los Jerónimos: Historia y Mecenazgo (Madrid, 1999), en colaboración con José Mª Prados y Amelia López-Yarto, y La Pintura toledana de la primera mitad del siglo XV (Madrid, 2003), también con López-Yarto Elizalde. Era Académica correspondiente de San Fernando, Santa Isabel de Hungría y Fernán González.