Nacido en Madrid en 1935, hijo de un trabajador del Hotel Inglés, comenzó su formación artística en la Escuela de Artes y Oficios de Marqués de Cubas, pasó después por la Escuela de Cerámica de la Moncloa y el Círculo de Bellas Artes antes de ingresar, en 1953, en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. Aquellos años de aprendizaje coincidieron con amistades y complicidades decisivas. Entre los jóvenes artistas de su entorno figuraban nombres como Isabel Quintanilla o Eduardo Sanz, compañeros de generación con los que compartió estudios, inquietudes y una cierta resistencia figurativa frente a las tendencias dominantes.
Muy pronto destacó por la solidez de su dibujo. En 1957 obtuvo reconocimiento en la Exposición Nacional con La cepa [3], una escena tabernaria convertida con el tiempo en una de las obras destacadas de sus primeros años. El cuadro condensaba ya algunos de los rasgos esenciales de su pintura: la observación minuciosa de los personajes, la teatralidad cotidiana y una ironía nunca cruel.
Giro decisivo
Su carrera dio un giro decisivo cuando consiguió la beca de la Academia de España en Roma. Entre 1960 y 1964 vivió en la capital italiana, donde amplió estudios y desarrolló algunas de sus pinturas más inspiradas. Allí coincidió, entre otros, con Rafael Moneo, amigo cercano durante décadas, además de artistas y creadores que marcarían la cultura española posterior. Roma amplió su imaginario sin alterar el núcleo de su mirada. Continuó aferrado a una figuración libre y narrativa que encontraba sus raíces tanto en la tradición española como en una imaginación desbordante y muy personal.
A partir de los años sesenta consolidó una obra difícil de encasillar. Pintó azoteas madrileñas, circos, escenas urbanas, cuerpos femeninos, animales reales e imaginarios, interiores donde lo grotesco y lo poético convivían con naturalidad. Sus personajes parecían escapar de un sueño satírico atravesado por ecos de Francisco de Goya, Francisco de Quevedo o Mariano José de Larra. Antonio Bonet Correa subrayó precisamente esa genealogía al definir la pintura de Alcorlo como heredera de una España crítica y fantástica, poblada por fantasmas sociales que seguían respirando bajo la apariencia contemporánea.
Sin embargo, en su caso la sátira nunca derivó hacia el cinismo. Bajo el humor, el exceso y la deformación convivía una mirada compasiva hacia las debilidades humanas. Víctor Nieto Alcaide observó que Alcorlo había preferido mantenerse al margen del “turbulento mundo de las tendencias”, construyendo una pintura introvertida e íntima, ajena a las comodidades estilísticas. Esa fidelidad a sí mismo convirtió su trayectoria en una rara excepción dentro del arte español de la segunda mitad del siglo XX.

Manuel Alcorlo. Autorretrato, 2007. Lápiz litográfico. 29 x 19 cm.
Consumado grabador, encontró además en la bibliofilia otro de sus territorios naturales. Ilustró clásicos y contemporáneos con la misma mezcla de virtuosismo técnico e imaginación narrativa. Su nombre quedó unido a ediciones de Cervantes, Quevedo, Voltaire, Valle-Inclán, Tagore, Boris Vian o Collodi. Entre sus trabajos más celebrados figuran las ilustraciones para El coloquio de los perros, el álbum quevediano Diezmos y trancos de la hora de todos y La fortuna con seso o Destrozones y tancredos (Tauromaquia popular). La literatura ocupó siempre un lugar esencial en su vida creativa. Sus imágenes dialogaban con los textos del mismo modo que sus pinturas parecían prolongaciones visuales de relatos imaginarios.
La música completaba ese universo. Melómano apasionado y violinista aficionado, mantuvo amistad con compositores como Antón García Abril o Joan Guinjoan. En su obra pictórica puede percibirse a menudo un sentido casi musical del ritmo y de la composición. El color, las repeticiones formales y la densidad escénica funcionaban como una partitura visual en la que convivían armonía y tensión.
En 1998 ingresó como académico de número en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con el discurso Variaciones peripatéticas con Quevedo al fondo [4], respondido por Luis García-Ochoa. Aquella incorporación reconocía una trayectoria ya consolidada y, al mismo tiempo, reivindicaba a un artista que había recorrido el arte español desde una posición siempre lateral, sin plegarse jamás a las convenciones del mercado ni a los dogmas estéticos del momento.
Casado con la también pintora Carmen Pagés, expuso en galerías históricas como Macarrón, Theo, Biosca o Tórculo y participó en numerosas muestras institucionales. Entre ellas destacaron las organizadas por la Fundación Mapfre, la Biblioteca Nacional de España o la Calcografía Nacional. En 2020, la Real Academia de San Fernando le dedicó Universo Alcorlo [5], una gran retrospectiva que permitió recorrer décadas de creación ininterrumpida y redescubrir la extraordinaria coherencia de una obra inmensa.
Queda ahora el legado de un creador irrepetible. Centenares de dibujos, aguafuertes, pinturas, libros ilustrados y murales forman un corpus donde conviven imaginación, ironía y memoria. Manuel Alcorlo levantó, pacientemente y a contracorriente, un territorio propio. Un universo reconocible y libre donde lo grotesco podía ser también delicado, donde la crítica social se mezclaba con la fantasía y donde el dibujo seguía siendo, ante todo, una forma de mirar el mundo.
«Mis dibujos escucharán música»
Alcorlo es el autor de las ilustraciones de la próxima temporada del Teatro Real [6], que ha expresado su pesar por la triste noticia.
El artista falleció apenas once días después de haber conocido impresos los programas. «Mis dibujos escucharán música», afirmó entonces.
La colaboración con el Real partió de los cuadernos Dibujando los días, que reúnen parte de su imaginario gráfico y que sirvieron de base para las ilustraciones de la temporada.