En la conversación con Íñigo Sáenz de Miera, director general de la Fundación, Zugaza sitúa la colección en el centro de su respuesta. Un museo conserva las obras que ha recibido o adquirido y las pone al servicio de la sociedad. Esa misión, sostiene, apenas ha variado desde el nacimiento de los museos modernos. Sí ha cambiado la sociedad que entra en ellos y lo que espera encontrar.
Zugaza insiste en el orden de esas tareas. «Primero conservar y luego educar». Para explicar una obra hay que conocerla y cuidarla, tanto en su dimensión material como intelectual. La colección del Bellas Artes, formada a lo largo de más de un siglo, exige ese trabajo previo.
El director vizcaíno considera que el museo es «un refugio para el arte y por lo tanto para nosotros». Esa idea le surgió al pensar en la relación entre el edificio histórico del Museo del Prado, que dirigió durante 15 años, y el Real Jardín Botánico. Si la sociedad reconoce la fragilidad de la naturaleza, argumenta, debería prestar una atención semejante al patrimonio artístico. «El arte es tan frágil como la naturaleza». La protección de las obras, sin embargo, necesita a quien las mire. Zugaza recuerda la comparación de un profesor que veía las pinturas del museo como espejos. Si nadie se detiene ante ellas, nada reflejan.

Íñigo Sáenz de Miera, director general de la Fundación Botín, y Miguel Zugaza, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Esa relación comienza, en Bilbao, muy cerca del museo. Casi el 70% de su colección procede de legados y donaciones. La cifra habla de una institución construida con la participación de la sociedad y de un vínculo que considera imprescindible preservar. La ampliación permitirá recibir a quienes visitan la ciudad, pero el director rechaza que el turismo cultural se convierta en el eje de su actividad. Defiende que el público de un museo crezca desde la comunidad próxima hacia fuera.
¿Cómo saber si esa relación funciona? Sáenz de Miera lleva la conversación a los indicadores con los que las instituciones culturales intentan evaluar su labor. Explica que el Centro Botín trabaja para medir la creatividad en Cantabria y plantea si los museos deberían medir también su efecto en la sociedad. Zugaza considera útiles los indicadores, pero advierte de que los cambios culturales pueden tardar mucho en manifestarse y son difíciles de cuantificar. El número de visitantes importa, aunque le interesan también la diversidad de quienes acuden y la calidad de su experiencia. Contar entradas, por sí solo, no permite saber qué ha ocurrido durante una visita.
Para Zugaza, cada encuentro con una obra sucede en el tiempo de quien la contempla. Ante Las meninas, dice, no se convierte en un habitante del siglo XVII. Mira con su sensibilidad actual algo que todavía puede resultarle nuevo. Por eso define la experiencia del visitante como «radicalmente contemporánea», aunque el cuadro tenga siglos de historia.
La conversación llega desde ahí a una cuestión más difícil de cerrar. Sáenz de Miera pregunta por los límites del arte y por el peso que algunas obras contemporáneas conceden al mensaje. Zugaza evita fijar una frontera definitiva. Recuerda que los museos comparten a veces la perplejidad del público ante formas artísticas que desbordan lo conocido y que el paso del tiempo cambia la consideración de las obras.
El Greco, apartado durante mucho tiempo del interés crítico, le sirve para mostrar cómo un artista del pasado puede influir en la mirada de épocas posteriores. También el mercado condiciona lo que un museo puede reunir. Las cotizaciones de ciertas piezas superan, recuerda Zugaza, los presupuestos de adquisición de las instituciones. Por eso considera esencial la relación con los coleccionistas privados, cuyas obras podrían incorporarse algún día a los museos.
Al despedirse, Sáenz de Miera le pide que recomiende un lugar poco frecuentado. Zugaza elige la Fundación Cerezales [3], instalada en una pequeña comunidad rural leonesa. La conversación termina así lejos de los grandes edificios con los que había comenzado, en un centro que, según explica, utiliza el arte para pensar el mundo desde su entorno más cercano.