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El Museo Universidad de Navarra renueva la mirada sobre su colección

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La contemplación de una pintura de Rothko y el examen de una fotografía de Capa requieren formas distintas de mirar. La primera invita a demorarse ante el color, descubrir sus matices y dejarse envolver por una experiencia difícil de expresar con palabras. La segunda remite a un acontecimiento histórico y plantea preguntas sobre el testimonio, la representación y la construcción de la realidad. Ambas aproximaciones conviven en el MUN, que ha reorganizado la presentación permanente de sus fondos mediante dos proyectos expositivos de planteamientos muy diferentes.

La renovación se inscribe en la nueva etapa de dirección artística de Gabriel Pérez-Barreiro y responde al propósito de profundizar en el conocimiento de la colección y explorar nuevas posibilidades de interpretación. Ad Ineffabilem. Una aventura de materia y espíritu [3], comisariada por María José Zegers-Correa y Marta García Alonso, ocupa cuatro salas dedicadas a la pintura y la escultura. La imagen revelada. La colección fotográfica del MUN [4], bajo el comisariado de Ignacio Miguéliz, reúne en la Sala 0 una selección que permite seguir la evolución de la fotografía desde 1839 hasta hoy.

Esta revisión encuentra uno de sus fundamentos en la propia historia del museo y, especialmente, en la concepción del arte de María Josefa Huarte, cuyo legado artístico constituye una referencia fundamental para la institución. Para la coleccionista, la experiencia artística podía convertirse en una vía de encuentro con lo trascendente. Esa idea adquiere particular importancia en Ad Ineffabilem, aunque ambas presentaciones también conceden protagonismo a la atención del espectador, a su capacidad de observación y al desarrollo de una mirada personal.

El asombro

La exposición dedicada a la pintura y la escultura parte de una investigación sobre los artistas representados en la colección y su relación con la trascendencia. Las comisarias, ambas arquitectas y profesoras de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra, han trabajado con la colaboración de Ricardo Piñero, catedrático de Estética, para desarrollar un itinerario organizado alrededor de cuatro conceptos fundamentales. Tiempo, espacio, forma y materia dan nombre a las salas y establecen distintas perspectivas desde las que aproximarse a las obras.

La intervención modifica sustancialmente la experiencia de la visita. Frente a la anterior disposición diáfana, en la que las obras compartían un espacio abierto, el nuevo montaje introduce límites, recorridos y elementos que regulan su descubrimiento. La iluminación y la intimidad de cada ámbito forman parte de una propuesta que busca favorecer la concentración y despertar el asombro ante el encuentro individual con el arte. De hecho, su planteamiento se fundamenta en que la contemplación requiere una disposición particular, alejada de la observación apresurada, y que la materialidad de la obra puede conducir hacia experiencias que desbordan su apariencia física.

Ad Ineffabilem. Una aventura de materia y espíritu. Fotografías de obra [5]

La primera sala, dedicada al tiempo, reúne a Pablo Picasso, Mark Rothko, Fernando Zóbel y José Antonio Sistiaga. Sus trabajos permiten examinar distintas maneras de representar la duración, el instante y la permanencia. En Mousquetaire. Tête (1967), Picasso superpone perspectivas que cuestionan la posibilidad de definir una identidad mediante una sola mirada. Rothko, con un Sin título de 1969, desarrolla una pintura en la que las capas de color y sus variaciones adquieren una dimensión contemplativa.

Fernando Zóbel aporta Marina (1974), una composición que el discurso expositivo relaciona con una temporalidad serena, mientras que Ráfaga (1970), de Sistiaga, introduce la fugacidad del presente mediante la espontaneidad del gesto pictórico. Las cuatro obras proponen aproximaciones al tiempo que van de la fragmentación a la búsqueda de lo eterno.

Oteiza y Tàpies

El recorrido continúa en un espacio blanco y cúbico dedicado a Jorge Oteiza. Aquí, el vacío adquiere un protagonismo decisivo. Obras como Homenaje a Bach y Elías y su carro de fuego, ambas de 1956, muestran cómo el escultor investigó las relaciones entre materia, luz, sombra y espacio desocupado. El montaje hace partícipe al visitante de esa experiencia espacial, de acuerdo con una concepción de la escultura en la que el vacío deja de entenderse como simple ausencia.

La tercera sala se concentra en Pablo Palazuelo y su investigación sobre la geometría como principio organizador de la realidad. Omphale I (1962), Orto IV y El número y las aguas I (1978) permiten apreciar una búsqueda formal en la que las líneas, las relaciones numéricas y las variaciones cromáticas remiten a estructuras que el artista consideraba presentes bajo la apariencia visible de las cosas.

El itinerario desemboca en la materia de Antoni Tàpies. Su obra L’esperit català (1971) ocupa un lugar central en el proyecto por la relación que establece entre espiritualidad y materialismo. La inscripción «espiritualitat = materialisme», presente en la pintura, condensa una concepción artística que encuentra en las texturas, las huellas y los materiales cotidianos una dimensión espiritual. Otras piezas, como Composició amb cistella e Incendi d’amor, amplían esta reflexión mediante superficies trabajadas, incisiones, signos y elementos que remiten a la fragilidad de la existencia. En Tàpies, la materia conserva las marcas de la experiencia y se convierte en vehículo de significados que trascienden su condición física.

Ad Ineffabilem. Una aventura de materia y espíritu. Fotografías de salas [6]

La importancia concedida al montaje tendrá continuidad en un Proyecto de Innovación Docente del Grado de Diseño. Las comisarias promoverán el desarrollo de mobiliario específico para facilitar la contemplación de las obras a visitantes de diferentes edades y condiciones.

Dos siglos de imágenes

La segunda exposición permanente desplaza el foco desde la experiencia contemplativa hacia la historia de la fotografía. Comisariada por Ignacio Miguéliz, responsable de Colección y Exposiciones del museo, La imagen revelada presenta un recorrido cronológico que comienza en 1839 y llega hasta las transformaciones introducidas por las tecnologías digitales y la inteligencia artificial.

El origen de estos fondos se encuentra en la donación de José Ortiz Echagüe, incorporada en 1981. A partir de aquel conjunto inicial, integrado por cerca de 3.000 fotografías, 1.500 negativos en papel y 28.800 negativos, el museo ha desarrollado una colección que actualmente reúne alrededor de 25.000 objetos fotográficos y 250.000 negativos. Su principal eje temático es la imagen de España, construida tanto por fotógrafos españoles como por autores extranjeros que trabajaron en nuestro país.

La primera parte de la exposición se ocupa del siglo XIX y de los procedimientos técnicos que hicieron posible el desarrollo de la fotografía. Daguerrotipos, calotipos, papeles a la sal, albúminas y carbones permiten comprender una evolución técnica que transformó progresivamente las posibilidades de reproducción y circulación de las imágenes. Especial relevancia tiene el fondo de calotipos del museo, considerado probablemente el más completo de los conservados en instituciones españolas.

Entre los autores representados figuran Gustave de Beaucorps, Louis De Clercq, Alphonse De Launay, Charles Clifford, Jane Clifford y Jean Laurent. Sus fotografías documentan monumentos, ciudades, obras públicas y tipos populares, pero también muestran cómo la mirada romántica de numerosos viajeros extranjeros contribuyó a construir una imagen estereotipada de España, especialmente vinculada a Andalucía y su pasado andalusí.

Canal de Isabel II. Presa del Pontón de la Oliva, 1856, Charles Clifford [7]

La sección dedicada al siglo XX aborda la consolidación de la fotografía como lenguaje artístico y documental. El pictorialismo, las vanguardias, el fotoperiodismo y la fotografía social aparecen representados mediante autores como Josep Brangulí, Alfonso, Henri Cartier-Bresson, Juan Dolcet y Rafael Sanz Lobato.

Guerra e Iberoamérica

Uno de los conjuntos más significativos corresponde a la Guerra de España. Las imágenes de Robert Capa, Agustí Centelles y otros fotógrafos permiten examinar el papel de la cámara como instrumento de información, testimonio y propaganda. La exposición continúa con la renovación impulsada por el grupo Afal y las escuelas de Madrid y Barcelona, con nombres como Ramón Masats, Gabriel Cualladó, Francesc Català-Roca y Joan Colom.

La fotografía iberoamericana también ocupa un lugar destacado, con obras de Martín Chambi, Graciela Iturbide, Flor Garduño y Alberto Korda, entre otros. Esta ampliación permite establecer relaciones entre distintas tradiciones fotográficas y sus respectivas maneras de representar la identidad, el territorio y la sociedad.

El último tramo se ocupa de la creación contemporánea y del programa de residencias Tender Puentes, iniciado en 2003. Hasta ahora han participado 39 artistas, entre ellos Joan Fontcuberta, Bleda y Rosa, Pierre Gonnord, Cristina de Middel y Vik Muniz. Sus proyectos establecen nuevas relaciones con los fondos históricos mediante investigaciones sobre el paisaje, el retrato, el archivo y la construcción de las imágenes. La fotografía, que nació asociada a la posibilidad de registrar fielmente la realidad, se enfrenta hoy a tecnologías capaces de producir imágenes sin un referente real. La inteligencia artificial obliga a reconsiderar la confianza que depositamos en lo que vemos y subraya la necesidad de adoptar una mirada crítica.

La reorganización de los fondos se completa con Habitus et Praxis. Cuerpo, vestimenta y tradición, una nueva presentación del Legado Ortiz Echagüe instalada en la planta -1. La propuesta examina la vestimenta y la repetición de gestos y rituales desde una perspectiva contemporánea.

Las dos exposiciones principales permanecen abiertas sin fecha de clausura. En sus respectivas salas, la pintura, la escultura y la fotografía plantean experiencias de observación distintas. Ante las obras de Rothko, Oteiza o Tàpies, la propuesta curatorial reclama tiempo y recogimiento. Frente a las fotografías históricas y contemporáneas, invita a examinar cómo se han construido las imágenes con las que interpretamos el mundo.

La imagen revelada. La colección fotográfica del MUN [8]