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Escultura del siglo XIX en el Claustro de los Jerónimos

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El espacio, uno de los más singulares del museo, adopta ahora una lógica expositiva que combina criterios cronológicos y formales. Esta estructura permite seguir con mayor claridad la evolución del ideal clásico en la escultura decimonónica, desde su temprana implantación hasta sus transformaciones más tardías.

El recorrido comienza con obras que evidencian la rápida asimilación del canon clásico en España a comienzos del siglo XIX. Piezas como el grupo de Venus y Cupido de José Ginés o el Joven con un cisne de José Álvarez Cubero muestran cómo la influencia de la tradición grecolatina, filtrada a través de Roma, se integra en el lenguaje escultórico nacional sin perder identidad propia.

La presencia del entorno de Antonio Canova articula buena parte del discurso. La incorporación de Venus y Marte, vinculada a su taller, sitúa en primer plano la búsqueda de equilibrio y armonía que define el neoclasicismo. A su lado, el delicado Cupido de José Álvarez Bouquel refuerza esa misma sensibilidad, marcada por el estudio anatómico y una idea de belleza contenida.

El itinerario no elude las complejidades del proceso artístico. El caso del Hermes atribuido al taller de Bertel Thorvaldsen introduce la dimensión material de la escultura, donde los accidentes técnicos y la intervención colectiva forman parte de la obra final. Lejos de considerarse un defecto, esta circunstancia se integra en el relato como testimonio del funcionamiento de los grandes talleres europeos.

A medida que avanza el siglo, el discurso se abre a nuevas sensibilidades. La Caridad romana de Antonio Solá introduce una lectura moral del desnudo, alejada de cualquier énfasis dramático y fiel a la severidad neoclásica. Más adelante, la Esclava de Scipione Tadolini incorpora el gusto orientalista, con una visión idealizada que conecta con las corrientes románticas y con la expansión del mercado internacional de la escultura.

El recorrido concluye con el retrato de Charles Bennet Lawes realizado por John Henry Foley, una pieza que rompe con la idealización juvenil para apostar por un naturalismo más directo. La figura del atleta, concebida desde la observación del cuerpo adulto, marca un cierre que evidencia el desplazamiento de los modelos clásicos hacia una representación más contemporánea.

La nueva disposición refuerza también la relación entre las obras y el propio espacio arquitectónico. La luz natural y la materialidad del mármol adquieren un papel activo en la percepción del conjunto, subrayando la dimensión sensorial de la visita.

Con esta intervención, el Prado no solo actualiza un ámbito histórico, sino que propone una lectura más precisa y matizada de la escultura del siglo XIX. El Claustro deja de ser un lugar de tránsito para convertirse en un espacio de interpretación, donde cada obra encuentra su lugar dentro de una narrativa más coherente y accesible.

Fotografía de la nueva museografía del Claustro de los Jerónimos. Foto © Museo Nacional del Prado.