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Juan de Pareja: esclavo y pintor

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El cuadro es un portento de realismo pictórico y técnica impecable, dotado de una hondura psicológica que lo convierte en una obra de un expresionismo tan veraz y humano que en él reside buena parte de la grandeza del retrato. Y todo ello, sin duda, porque detrás de la obra estaban el afecto que Velázquez profesaba a su criado.

Juan de Pareja, de ascendencia africana o morisca según las distintas fuentes, nació en el sur de España y fue esclavo de Velázquez durante al menos dos décadas. Se tiene noticia de él como siervo de Velázquez cuando el pintor ya se encontraba en la corte, pero se desconoce cuándo entró a su servicio. En realidad, casi todo cuanto sabemos de él se lo debemos a Antonio Palomino [3], pintor de corte, pero, sobre todo, cronista de los artistas del Siglo de Oro, gracias a su obra El Parnaso español, pintoresco y laureado, fechada entre 1715 y 1724 y considerada el mejor tratado biográfico del arte español del siglo XVII.

Diego Velázquez, "Retrato de Juan de Pareja", 1650. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Diego Velázquez, «Retrato de Juan de Pareja», 1650. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Por Palomino sabemos que, al principio, Juan de Pareja ayudaba al maestro a moler colores y preparar lienzos, aunque, mientras aprendía del pintor, comenzó por su cuenta a pintar a escondidas. El propio cronista cuenta la famosa historia de su revelación como artista. Durante una de las visitas que el rey hacía al estudio de Velázquez, pidió que le mostraran los cuadros que el pintor colocaba contra la pared para ocultarlos de la vista. Pareja había dejado allí uno suyo y, cuando el monarca quiso verlo, «le suplicó rendidamente le amparase para con su amo, sin cuyo consentimiento había aprendido el arte y hecho de su mano aquella pintura». El rey respondió ordenando a Velázquez que liberara al esclavo porque «quien tiene esta habilidad no puede ser esclavo».

Finalmente, el 23 de noviembre de 1650, Velázquez otorgó a Juan de Pareja una carta de libertad que debía hacerse efectiva cuatro años después. Una vez liberado, desarrolló una carrera propia como pintor. Su nombre y su obra alcanzarían cierta relevancia. Cultivó sobre todo la pintura religiosa y el retrato, géneros en los que se advierte la influencia directa de su maestro, especialmente en el segundo.

Juan de Pareja, "Retrato del arquitecto José Ratés Dalmau", 1660-1670. Museo de Bellas Artes de Valencia.

Juan de Pareja, «Retrato del arquitecto José Ratés Dalmau», 1660-1670. Museo de Bellas Artes de Valencia.

Así puede comprobarse en una de sus obras más conocidas, El arquitecto José Ratés [4], conservado hoy en el Museo de Bellas Artes de Valencia, que parece realmente un Velázquez por la precisión de su técnica, el tratamiento de las líneas y las texturas, las luces tenebristas, la pincelada vaporosa y su impactante realismo. Por el contrario, su pintura religiosa es mucho más barroca que la de su mentor en cuanto a ampulosidad y movimiento; se encuentra, en realidad, más próxima a la agitación del último barroco.

Ese es Juan de Pareja, el hombre inmortalizado en el extraordinario lienzo de Velázquez. Lo pintó en Italia durante su segundo viaje, iniciado en 1649, en el que lo acompañó todavía como criado. Y aunque, como hemos comentado, según Palomino el cuadro solo pretendía servir para desentumecer la mano del pintor, la calidad incontestable del retrato permitió que fuera expuesto en el lugar que el cronista denomina La Rotonda, que no es otro que el Panteón de Roma.

El lienzo es un espléndido ejemplo del arte velazqueño porque, como todas sus grandes obras, no carece de nada. Es ya un Velázquez muy suelto de pincel, que ha liberado su mano hasta dotar de vaporosidad a las texturas, difumina las líneas y ensombrece de manera casi abstracta los fondos. Crea así esa atmósfera de luz y aire que solo él era capaz de conseguir.

Nada de ello impide que despliegue su visión plenamente realista, de un expresionismo rotundo, que estalla con toda su fuerza en el rostro iluminado de Juan de Pareja. Este brilla en paralelo a la primorosa blancura de la valona que lo engalana. Son dos fogonazos visuales que contrastan con el resto del lienzo, sumido en la sombra, y que acentúan aún más la expresividad de la figura.

Un dato más: la pose del retratado, con todo su porte, elegancia y dignidad, es la propia de un caballero y de un artista reconocido. De esta forma, el retrato enaltece su figura y emancipa al esclavo, como si la pintura de su amo fuera su verdadera carta de libertad. Por todo ello, no es de extrañar que el pintor flamenco Andrés Smidt, que lo vio expuesto en el Panteón, dijese: «A voto de todos los pintores de diferentes naciones, todo lo demás parecía pintura, pero este solo verdad».

El cuadro permaneció en Roma hasta el siglo XVIII, cuando pasó a formar parte de diversas colecciones británicas. Finalmente, fue subastado en Christie’s en 1970 y adquirido por cinco millones de dólares por el Metropolitan Museum of Art de Nueva York [5], donde se encuentra actualmente.

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