
La Gioconda del Museo del Prado antes y después de su restauración.
Su fondo negro y la ausencia del característico sfumatto la distanciaban no solo de la mano del maestro, sino de su época. Sin embargo, el riguroso estudio técnico y, sobre todo, la restauración realizada entre 2011 y 2012 permitió limpiar la pátina oscura superior y descubrir así el fondo original, en el que podía verse un paisaje, inacabado en algunas partes, pero de perfecta ejecución.
Por otro lado, los mismos estudios permitieron afirmar que el proceso pictórico de esta tabla es el mismo que siguió la original [1]. No solo son iguales prácticamente en dimensiones, sino que incluso puede afirmarse que ambas se hicieron a la vez, basándose en que cada una de las correcciones del dibujo subyacente original se repite en la versión del Prado, lo que demuestra que su autor tuvo en cuenta elementos que Leonardo dibujó en las capas inferiores y que no incluyó en la superficie final. Todo ello permite relacionar esta versión del Prado con la mano de un discípulo adelantado del taller de Leonardo, probablemente Andrea Salai o Francesco Melzi.

Mona Lisa de Isleworth.
Por otra parte, se habla también de la Mona Lisa de Isleworth, aunque en este caso su autenticidad es más discutible. La pintura se hallaba en manos de un aristócrata inglés, siendo descubierta en 1914 por Hugh Blaker, un coleccionista de arte, que la compró y la guardó en su estudio de Isleworth, en Londres. Años más tarde, en 1962, la pintura la adquirió el coleccionista Henry F. Pulitzer, que desde el primer momento defendió la autenticidad de esta versión como una obra anterior a la realizada después por Leonardo, pero que sería igualmente realizada por su mano.
Siempre se había dicho, basándose principalmente en las palabras de Vasari, que La Gioconda había sido un retrato que, comenzado en 1503, se había quedado inconcluso, hasta que finalmente Leonardo lo terminó ya en su exilio francés.
Los actuales dueños de la obra, basados en esa idea y empeñados en confirmar la autoría de Leonardo, confiaron el cuadro a la Fundación Mona Lisa, con sede en Zúrich. Los estudios realizados a partir de entonces por el Instituto Federal de Tecnología de la ciudad suiza, consideran que la obra responde a los sistemas de proporcionalidad empleados por Leonardo, además de que un análisis de carbono 14 también prueba que la tela sobre la que se pintó se confeccionó entre 1410 y 1455 (aunque eso no prueba cuándo se pintó), lo que desecharía según ellos la hipótesis de que se trate de una copia posterior, como siempre se había dicho.

Leonardo da Vinci: Retrato de Mona Lisa del Giocondo. Museo del Louvre. París. 1504-1515.
También estudios realizados sobre el trazo y la pincelada del autor, realizados por John Asmus, físico estadounidense y aficionado al arte, concluyeron que tanto la versión Isleworth como la del Louvre fueron pintadas por el mismo artista. En ese caso, concluyen, se habrían hecho dos retratos de Mona Lisa, uno en 1503, cuando se le encarga la obra a Leonardo, el que, según Vasari, dejó inconcluso, y otro, el que acaba en Francia doce años después.
Pero no todos están de acuerdo con estas afirmaciones. Prestigiosos historiadores del arte como Martin Kemp, profesor emérito de Historia del Arte de la Universidad de Oxford, siguen pensando que el tratamiento de las atmósferas del cuadro, que prescinde del sfumatto leonardesco, o el tratamiento expresivo de la figura están muy lejos de la mano de Leonardo. Concluye por ello y se reafirma en la idea consabida y aceptada desde hacía tiempo de que se trata de una copia posterior.
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