La decisión llega tras años de espera y tras un nuevo punto de inflexión vivido en el Círculo de Bellas Artes de Madrid [1] el pasado 10 de diciembre, donde el sector volvió a reunirse para constatar un cansancio compartido. Convocada por el Consorcio de Galerías de Arte Contemporáneo junto a asociaciones de todo el país, la presentación del manifiesto Artistas Visuales España firman IVA Cultural YA dejó poco espacio para la ambigüedad. Más de 900 adhesiones respaldan un texto que no pide privilegios, sino la corrección de una desventaja estructural.
Desde finales de 2024, España incumple el plazo para transponer la Directiva (UE) 2022/542, que permite —y habilita explícitamente— la aplicación de tipos reducidos de IVA a la adquisición de obras de arte. Mientras tanto, el contexto europeo dibuja un contraste elocuente: Italia y Francia operan en torno al 5%; Alemania, al 7%; Portugal y Bélgica, al 6%. Aquí, el tipo impositivo sigue siendo notablemente más alto, el 21%, con consecuencias directas y acumulativas.
Esa diferencia fiscal no se queda en el terreno de la teoría económica. Se traduce en precios menos competitivos en ferias internacionales, en dificultades para consolidar carreras artísticas y en una pérdida de atractivo para coleccionistas y proyectos. En última instancia, condiciona qué obras se producen, cuáles circulan y cuáles acaban formando parte del patrimonio común. El arte no se deslocaliza solo por razones creativas: también huye cuando el marco que lo sostiene se vuelve inviable.
La amplitud de las firmas refuerza la dimensión del problema. Artistas que han representado a España en la Bienal de Venecia conviven en el manifiesto con premios nacionales y figuras clave de distintas generaciones. No es una protesta corporativa ni una reivindicación marginal, sino un acuerdo transversal que atraviesa prácticas, trayectorias y territorios.
Uno de los puntos más subrayados es la incoherencia que supone mantener a las artes visuales fuera del IVA reducido del que ya disfrutan otros sectores culturales. Música, cine o artes escénicas cuentan con un reconocimiento fiscal que aquí se niega al ámbito que, paradójicamente, articula una parte muy importante de la imagen cultural del país en el exterior. La desigualdad no es solo económica: es simbólica y política.
El cierre temporal de las galerías funciona así como una demostración por ausencia. Durante esos días, la ciudadanía dejará de acceder libremente a exposiciones, encuentros y espacios de reflexión que forman parte de la vida cultural cotidiana. No habrá inauguraciones ni salas abiertas, porque la protesta se articula precisamente desde esa renuncia provisional. Mostrar lo que se pierde es, en este caso, la forma más directa de explicarlo.
A partir del día 9, las galerías volverán a abrir, retomando su actividad habitual y su vocación de espacio compartido. Lo harán, sin embargo, con la misma convicción que ha impulsado esta protesta: defender su papel como lugares de encuentro con el arte y reclamar un marco fiscal que no las coloque en desventaja frente a sus homólogos europeos. Lo que está en juego no es solo la supervivencia de un sector, sino la capacidad de un país para cuidar y proyectar su creación contemporánea.