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Con Woody Allen la cosa (casi) siempre funciona

Allan Stewart Konigsberg (Brooklyn, Nueva York, 1935) arrancó en la dirección, ya como Woody Allen, en 1966 con Toma el dinero y corre, la parodia de un desafortunado atracador al que el mismo interpretó. Ya estaban ahí marcadas las líneas maestras de su forma de entender la vida y plasmarla en celuloide. El ser humano aprensivo y neurótico, titubeante, vulnerable y obsesionado con el sexo y la muerte.

Para transmitir, en distintas claves y con argumentos muy diversos, se ha valido como herramienta esencial con un físico, el suyo propio, no muy agraciado, casi enclenque y gafudo. Antítesis en suma de los galanes que se pasean por las pantallas.

Genio

Aquello tan manido de genio, cobra en él verdad unánime. Allen ha dejado, y sigue haciéndolo, un puñado de comedias, -románticas casi siempre, a veces con tinte más dramático-, que se inscriben en lo mejor de la historia del cine en ese difícil apartado (el de suscitar la risa desde la inteligencia).

A película por año, o casi, y tras su en parte fallido paseo por Barcelona de la mano de una Vicky Cristina Barcelona que no acabó de cuajar, aunque sea una película recomendable, Allen vuelve a dar otra muestra de maestría con Si la cosa funciona.

Tras tres rodajes en Londres, el mencionado en España y una quinta película aún sin título con Antonio Banderas y Anthony Hopkins en papeles estelares, el director neoyorkino, vuelve a la atmósfera de su ciudad para que aflore de nuevo, bajo una apariencia sencilla, una forma única de entender el cine.

Claro que la cosa funciona en esta cinta de interiores que transcurre bajo el espíritu de la ciudad fetiche del autor, en una casa convencional y en la terraza de un bar.

Si se quiere, la historia no es lo esencial y pueden permanecer en un segundo plano los avatares del cascarrabias protagonista (magnífico en su papel el veterano Larry David) que tras el fracaso de su carrera, el de su matrimonio y un fallido intento de suicidio, encuentra pasión y ganas de seguir al lado de una joven ingenua y muy distinta a él.

Afectos y amores

La clave no está en lo que la historia cuenta, sino en como los personajes que la llenan trazan, sin que el espectador lo note, un mensaje sobre afectos y amores. Un mensaje tierno y primario, “quiere y quiérete” absolutamente alejado del remilgo y la cursilería.

Qué habilidad la de este hombre para entrar en temas de calado (escepticismo, cuando no descreimiento. Insatisfacción, cuando no rechazo, del individuo de hoy ante el mundo de hoy) y hacerlo digerible mediante el envoltorio de la diversión.

El maestro Allen, aquel que dijo “la vida no tiene sentido. No hay nadie ahí arriba. Pero, pese a todo, intentamos ser felices” o aquello de “no quiero alcanzar la inmortalidad con mi obra. Quiero alcanzarla no muriéndome”, vuelve a mostrar sus cartas con descaro. Vuelve a encandilarnos. Regresa para mostrar toda su perplejidad ante la vida de una forma crítica, sí, pero dándole al espectador respiro. Ofreciéndole consuelo y sonrisas. Aportándole una lección de cinematográfica serenidad.

Si la cosa funciona
Dirección y guión: Woody Allen.
Intérpretes: Larry David. Evan Rachel Wood. Patricia Clarkson. Michael McKean.
EE.UU., Francia / 2009 / 92 minutos.