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Cara de palo

Lo parieron sobre un escenario y a los tres años ya era un buster, aunque su habilidad física le impidió darse nunca un buen traspajazo en el escenario. A los siete había aprendido de Harry Houdini los trucos del ilusionismo y cuando a los veintitantos quiso hacerse el moderno Sherlock Holmes había descubierto que cualquier delincuente puede esconderse tras la máscara que le ofrece el espejo, y que la comedia aparece tras la tragedia ajena o viceversa, aunque para divertirse no haya que ponerse sentimental porque todas las pompas, incluidas las fúnebres, son ridículas.

Sin meterse en más filosofías que las que encerraba el saber con precisión dónde poner su cámara y dónde ponerse él, definió mejor que nadie la sensación de pérdida del hombre contemporáneo y siempre tuvo la sensación de que el humor puede facilitar en cualquier momento una ventana por la que escapar de ti mismo, aun cuando el edificio se haya venido abajo.

Se propuso ser el mudo más profundo de los comediantes del cine mudo y extraer, como los buenos mineros, la poesía que encierra la veta del humor silencioso: es en el mudar donde uno puede ser y más ser. Sabía que el cómico nunca debe hacerse el gracioso, sino serlo, que jamás debe reír, sino provocar la risa de los espectadores, porque una simple sonrisa puede llegar a ser el grito más existencial, cosa que no llegaron a entender Sartre y sus acólitos.

Después de haber hecho con sus gags los más ingeniosos microrrelatos y de haber contado con la maestría del buen cuentista historias con imágenes, vendió su alma al diablo, que le había engañado disfrazándose de león. Llegó a tocar el fondo del pozo sin fondo del alcohol, pero salió de él cuando cayó en la cuenta de que no debía tratarlo como un gaje del oficio, ni siquiera del oficio de vivir, sino como la señal para aceptar un nuevo desafío: volver a ser Buster Keaton, con su cara amuecada, sus ojos de brótola y su alma de clown. Nadie como Calvero se lo agradeció tanto.