La propia cineasta recuerda que la belladona es una planta letal cuya pronunciación es fluida y melódica: «Siguiendo esa realidad, la película pretende ser suave a pesar de la gravedad de su tema. Cabe señalar que la belladona no es solo un veneno, sino también un remedio».
La película nos traslada a un próximo futuro, en una isla aislada del resto del mundo. Allí, Gaëlle, una joven mujer que ronda la treintena, cuida con enorme dedicación de un grupo de ancianos: una decena de personas que, a pesar de su aislamiento y de un día a día marcado por el tedio, no parecen sentirse a disgusto con su situación.
Pero la llegada de un velero en el que viajan dos adultos —una mujer y un hombre que se declaran hermanos— y una niña convulsiona la existencia de todos. La isla recobra alegría y vida, aunque Gaëlle duda de las intenciones de los misteriosos viajeros, ya que, uno tras otro y siempre en inesperadas circunstancias, los ancianos comienzan a morir.
«La idea de esta película —recuerda la directora— surgió de la gran sensación de impotencia que experimenté al enfrentarme a amigos mayores y sus frágiles cuerpos. Me preguntaba cuál debía ser la actitud correcta hacia ellos. Me inspiró especialmente una amiga médica jubilada que me hizo darme cuenta de que la estaba tratando de forma equivocada. Tendía a querer protegerla, a mimarla, cuando lo único que ella quería era beber vino y disfrutar. También leí La vejez, de Simone de Beauvoir, y llegué a la conclusión de que nada ha cambiado desde 1970: seguimos teniendo esta tendencia natural a infantilizar a las personas mayores, a despojarlas de su condición de adultas».
De ahí nació el personaje de Gaëlle: una joven que se niega a aceptar la finitud de las cosas, que no soporta ver morir a la gente. «Su negación se ve acentuada por el hecho de que se siente culpable por no haber estado presente cuando falleció su madre. Sin duda, hay algo de mí misma en este personaje, porque yo no vi envejecer a mi madre. La forma del cuento de hadas se me ocurrió muy pronto. Quería crear un espacio escénico que me liberara de los marcos religiosos y sociológicos, un lugar neutral, alejado del continente y de cualquier realidad social, para poder centrarme, casi microscópicamente, en las emociones y desnudarlas por completo. Todas estas personas mayores están al borde de la muerte, lo que las coloca en pie de igualdad. Me intrigaba la incomodidad de Gaëlle ante su audacia, su fuerza vital».
En su tercera película como directora y guionista, Kavaïté ha reunido una interesante mezcla de actores jóvenes, como la convincente protagonista Nadia Tereszkiewicz —a la que secundan también con criterio Daphné Patakia y Dali Benssalah—, con intérpretes muy veteranos y de enorme experiencia como Miou-Miou, Patrick Chesnais, Jean-Claude Drouot y Alexandra Stewart. El resultado no deja ver fisuras, amparado en un guion que entrelaza tensión y sosiego y en una puesta en escena y un montaje muy medidos.
«Quería una película que se situara del lado de la vida: sus vibraciones, sus placeres, su belleza. Dos escenas fundamentales constituyeron su base: una comida en la que todo está prohibido y otra en la que todo está permitido. Esta película reflexiona sobre lo que da sabor a la vida y se pregunta, entre otras cosas: “¿Cómo podemos morir con alegría?”», comenta en una reflexión final la propia realizadora, que logra que el espectador se plantee esa y otras cuestiones de calado.
La isla de belladona
Dirección y guion: Alanté Kavaïté
Intérpretes: Nadia Tereszkiewicz, Dali Benssaleh, Daphné Patakia, Miou – Miou, Patrick Chesnais, Alexandra Stewart, Jean–Claude Drouot, Féodor Atkine
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Música: Nicolas Becker, Quentin Sirjacq
Francia / 2025 / 91 minutos
Vercine