Tanto Schiele como Kokoschka constituyen el llamado expresionismo austriaco, coincidiendo ambos en un estilo de formas desvaídas que parecen derretirse en el espacio, las de aquel, o en los propios objetos, las de este. Ambos, además, otorgan un particular protagonismo al contenido sexual, que se convierte en su pincel en una forma de provocación y, sobre todo, en un escape pleno de libertad frente a la angustia y la desesperación del hombre. Su rebeldía y su particular forma de vida los convierten en «pintores malditos», cuya obra entrará dentro de la categoría de «arte degenerado» cuando los nazis lleguen al poder.
No obstante, se trata de dos pintores diferentes. La obra de Schiele, autor que hoy nos ocupa, es mucho más descarnada, más lacerante e hiriente; menos poética y más provocadora. Plásticamente, su pintura adquiere una tensión angustiosa, depravada a veces, que se refleja en su línea nerviosa y en sus formas distorsionadas, como si el mismo dolor que reflejan las retorciera y erizara en una visión doliente.

Egon Schiele. «Los girasoles marchitos (Otoño Verano II)», 1914. Colección particular.
Su vida fue breve (Tulln, 1890-Viena, 1918), pero aun así desarrolló una carrera artística de gran repercusión, especialmente en Viena. Al principio se vio atraído por dos visiones contrarias de la pintura de la época: de un lado, la corriente fantasmagórica y desesperada de E. Munch [1], que enlaza con su vena expresionista; y, por otro, la de un pintor tan diferente como G. Klimt [2], contemporáneo suyo en aquella Viena de principios de siglo, quien además apostó desde el principio por su obra y le ayudó en su progreso, contribuyendo decisivamente a la dimensión que alcanzó su carrera.
Schiele admiraba a Klimt y, al comienzo de su trayectoria, durante sus primeros años en la Escuela de Bellas Artes de Viena, donde estudió, se vio influido por él. Incluso llegó a formar parte del grupo de la Secesión austriaca [3]. Imitó su potencia del trazo en el dibujo, el criterio sagrado de libertad en la creación artística —no olvidemos el lema de la Secesión: «A cada época su arte; a cada arte, su libertad»— y la importancia del desnudo tratado desde una perspectiva provocativa y descarada, con un claro componente sexual, remarcado por la sinuosidad de las líneas y la disposición forzada de los cuerpos.
Pero se trataba de dos formas muy diferentes de entender la pintura, porque el sentido decorativo, vistoso e incluso poético de Klimt se contrapone a una formulación mucho más agresiva y apesadumbrada en la obra de Schiele, rasgo que con el tiempo no hará sino acentuarse. Apenas unos años después de su estrecha relación, el propio Schiele confesó que su camino era bien distinto del de Klimt.

E. Schiele: «Muchacha desnuda con el pelo negro». Albertina Museum. Viena. 1910.
Fue entonces cuando abandonó toda la influencia academicista que le habían inculcado en la Escuela de Bellas Artes y marchó con su amante y modelo, de apenas diecisiete años, a diversos pueblos de los alrededores de Viena. Allí, sus costumbres escandalosas para los habitantes de la zona, su afición a pintar niños y jóvenes, muchas veces de forma obscena, y sus modales libertinos provocaron el rechazo de los vecinos, que acabaron denunciándolo por perversión de menores y pornografía.
Tres semanas estuvo por ello en la cárcel, lo que, unido a su natural depresivo y angustiado, quebró aún más su obra hacia formas cada vez más retorcidas y extravagantes, que rozan la desnaturalización de los cuerpos y las formas. Puede apreciarse en sus desnudos y en sus numerosos autorretratos.
En este contexto hay que incluir la obra que hoy comentamos, Girasoles marchitos, en la que algunos han querido ver un sentido homenaje a V. Van Gogh [4], otro de los instigadores del expresionismo pictórico entendido como una pintura de los estados de ánimo y, por tanto, de la vida interior del artista, normalmente acosada por la angustia y la depresión.
En cualquier caso, nada tienen que ver estos girasoles con los de Van Gogh, porque mientras los de este reflejan un canto a la vida, llenos de luz y color, los de Schiele se apagan ante nuestra vista. Y aunque es verdad que Van Gogh retuerce los trazos hasta la deformación de los objetos, se trata en su caso de un recurso destinado a dotar de agitación y movimiento a sus figuras, hasta llenarlas de un impulso vital que convierte los objetos inertes en formas de vida.

E. Schiele: «Retrato de Erwin Osen». Museo Universal Joanneum: Neue Galerie. Graz. Autria. 1910.
Nada más alejado de ello ocurre con los girasoles de Schiele. Sus hojas mustias, sus pétalos caídos, sus tallos endebles y sus colores apagados nos muestran el declive de la vida y la postración de la naturaleza. Y, sin embargo, qué fuerza expresiva la de este cuadro; con qué intensidad nos golpea su tristeza; con qué poesía nos habla de la nostalgia del paso del tiempo y de la melancolía del otoño.
Es una obra preciosa, una de las más delicadas de su autor, por sus líneas más suaves, sus formas matizadas y ese color apagado que, sin embargo, encierra todo el candor de una despedida. También es un canto a la vida, aunque en este caso no por su alegría, sino por su añoranza.
El cuadro fue robado por los nazis al judío Karl Grünwald en 1938, desapareciendo en el caos que siguió al final de la Segunda Guerra Mundial, sin que se supiera de él durante décadas. Finalmente apareció, de manera tan casual como afortunada, en un modesto piso de Francia. Fue restaurado y restituido a la familia de sus propietarios originales, que terminaron subastándolo en Christie’s [5] en 2006 por más de 17 millones de euros.
La historia ha sido llevada al cine en la película El cuadro robado (Le Tableau volé), dirigida por Pascal Bonitzer (2024).
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