A lo largo de esta conversación, deja caer contundentes frases para la reflexión. Asegura que “ninguna de las sociedades existentes, por muy avanzadas y democráticas que sean, es inmune al autoritarismo y a la dictadura… El mundo se ha vuelto tan complejo que no podemos hacer frente a sus problemas con métodos simples. Necesitamos un lenguaje diferente para describir nuestra comprensión del mundo y, en consecuencia, nuestras acciones”.
Loznitsa nació en 1964 en la ciudad de Baranovitchi, actualmente en territorio de Bielorrusia, y creció en Kiev, donde se graduó en Matemáticas Aplicadas. Entre 1987 y 1991 trabajó como científico en el Instituto de Cibernética de la capital de Ucrania, especializándose en investigación sobre inteligencia artificial. En 1997 se graduó en el Instituto Estatal Ruso de Cinematografía (VGIK), en Moscú. Tras debutar como realizador en 2010 con My Joy, ha dirigido veintiocho documentales y cinco largometrajes de ficción, además de fundar en 2013 la productora Atoms & Void.
Sus películas han sido reconocidas con importantes premios internacionales, entre ellos el FIPRESCI en el Festival de Cannes en 2012 por In the Fog; el galardón al mejor director de la sección Un Certain Regard de Cannes por su largometraje Donbass en 2018; de nuevo en Cannes, el premio especial del jurado L’Œil d’Or por Babi Yar. Context en 2021; y, ese mismo año, el premio IDFA a la mejor película por Mr. Landsbergis.
—¿Cómo descubrió a Georgy Demidov? ¿Qué le inspiró de su historia?
Georgy Demidov, autor de la novela Dos fiscales, fue arrestado en 1938 en Járkov (Ucrania), donde trabajaba como físico experimental en el Instituto Técnico de aquella ciudad. Pasó catorce años en el Gulag, en sus campos más conocidos, a los que él se refería como ‘Auschwitz sin hornos’. Demidov escribió sobre esta experiencia en sus libros. Dos fiscales fue escrita en 1969, pero en aquella época no solo era imposible publicar este tipo de textos, sino que incluso resultaba peligroso leerlos en casa a familiares y amigos. En agosto de 1980, todos los manuscritos de Demidov fueron confiscados por el KGB. En 1988, a petición de la hija del escritor, los manuscritos fueron devueltos. La novela Dos fiscales fue publicada por primera vez no hace mucho, en 2009. Es una historia que esperó cuarenta años para ver la luz. Durante los últimos treinta años, he reunido una biblioteca bastante considerable de libros escritos por prisioneros del Gulag y de los campos nazis. Naturalmente, cuando me enteré de la publicación de Dos fiscales, corrí a leerla. Me fascinó. Su historia se me quedó grabada.
—Y decidió escribir el guion…
Sí. Unos años más tarde, escribí el guion. En un país en el que decenas de millones de personas fueron desplazadas o pasaron por el Gulag, y decenas de millones perecieron en los campos, murieron de hambre o simplemente fallecieron debido a las insoportables condiciones de vida, el recuerdo de estos trágicos acontecimientos perdura en casi todas y cada una de las familias. Este recuerdo nos sigue persiguiendo hoy en día. Me puse a ello.
—¿Cómo se planteó llevar a la pantalla una historia que es íntima en su esencia, pero, al tiempo, de gran alcance social?
En un principio, quería incorporar imágenes de archivo. La película iba a comenzar con las declaraciones finales de los acusados en el juicio espectáculo de Stalin de 1930 y terminar con un discurso del fiscal jefe de la URSS, Vyshinsky, en el juicio espectáculo de 1938. Más tarde abandoné esta idea, pero sus huellas perduraron en la película, en particular en el formato de las imágenes. La relación de aspecto académica se corresponde estilísticamente con la época en la que se desarrolla la acción y con el propio estilo narrativo. No hay movimiento de cámara en la película, solo planos fijos. Este método de rodaje plantea ciertos retos y requiere un grado considerable de ingenio en la composición y el montaje.
—¿Ha sido fiel al texto original a la hora de construir una estructura que combina el thriller de suspense con el drama?
Nuestro héroe, al igual que el protagonista de un cuento de hadas, está rodeado de lo desconocido. No se da cuenta del tipo de mundo en el que vive. Hace lo que considera lógico y justo, pero el mundo que le rodea no es en absoluto lo que parece. El protagonista de nuestra película, el joven fiscal soviético Kornyev, está prácticamente jugando a ciegas. La pregunta a la que debe encontrar respuesta es: “¿Dónde estoy y qué me está pasando?”.
Aunque intenté seguir el texto de Demidov lo más fielmente posible al escribir el guion, también era importante para mí situar la narración en un contexto filosófico y cultural más amplio. Las sombras de Gógol y Kafka se cernían persistentemente sobre mí y sobre la historia mientras trabajaba en el guion. Como el espectador puede deducir, he invitado conscientemente a Gógol a la película a través del personaje del capitán Kopeikin, pero Kafka apareció y se coló por su cuenta, ¡sin ninguna invitación especial!
—¿Y la ironía también dentro del relato cinematográfico?
Dos fiscales es una tragedia. Pero, como en toda verdadera tragedia, siempre hay lugar para lo grotesco y para la farsa. La película nos transporta a un momento concreto de la historia soviética: el terror de las grandes purgas de Stalin. Sí, hay una ironía añadida en la película: el sistema destruye a sus más fervientes partidarios, sus propios y verdaderos creyentes. Una ironía aún más llamativa con un personaje como el fiscal Kornyev: él mismo es una encarnación directa del Estado y del Estado de derecho… La revolución fue concebida y llevada a cabo por un grupo de personas, pero sus frutos los disfrutó principalmente otro grupo. Stalin, en su lucha por el poder, destruyó a casi todos sus propios compañeros.
Nuestro protagonista, un joven fiscal recién salido de la universidad, pertenece a la primera generación posrevolucionaria, criada con un espíritu romántico e idealista. Es un constructor intrépido y entusiasta de la sociedad del futuro, seguro de su propia rectitud. Ni siquiera puede sospechar que el mundo en el que vive está lejos de ser ideal. Este tipo de personajes solían ser víctimas del régimen soviético. El tiempo los separaba y los castigaba sin piedad. Los que tuvieron la suerte de sobrevivir se liberaron de sus ilusiones tras pasar décadas en el Gulag.
—Al trasladar aquel momento al actual, ¿quiere reflejar que los trágicos acontecimientos del terror de Stalin siguen siendo relevantes hoy en día?
Por desgracia, estos temas seguirán siendo relevantes mientras haya regímenes totalitarios en el poder en cualquier parte del mundo. Ninguna de las sociedades existentes, por muy avanzadas y democráticas que sean, es inmune al autoritarismo y a la dictadura. Por eso creo que las grandes purgas de la década de 1930 aún deben estudiarse y reflexionarse.
En 2017, realicé un documental titulado El juicio, basado en imágenes de archivo de uno de los juicios espectáculo de Stalin de 1930. En este juicio, respetados científicos, ingenieros, economistas y líderes de la industria soviética se autoacusaron públicamente de delitos que, como se reveló décadas más tarde, nunca habían cometido.
—¿Por qué lo hicieron?
Aquel juicio tenía como objetivo provocar miedo y sospecha entre la población soviética y se convirtió en una poderosa herramienta de propaganda y terror estalinista. Dos fiscales se desarrolla durante las purgas de Stalin, cuando todo el país está sumido en el miedo. Me fascina este mecanismo psicológico, tanto en la psique individual como en la colectiva, que permite y sostiene la existencia de una sociedad totalitaria, basada enteramente en el terror.
—Como consecuencia del paralelismo de esta historia con el momento actual, ¿espera que el público perciba un reflejo de aquello en sus propias sociedades?
Por supuesto, podemos decir que la historia se repite. Los tiempos cambian, las circunstancias cambian y la tecnología avanza, pero el resultado siempre es trágico. La tentación de alcanzar los objetivos políticos mediante el recurso simple y eficaz de la violencia puede resultar irresistible para las élites gobernantes, incluso en los países más democráticos y aparentemente incorruptibles.
Siempre me ha desconcertado el hecho de que, en la mayoría de los casos, las personas —a veces países enteros— no puedan comprender su propia historia, no puedan ver el bosque por los árboles y no entiendan el significado de los acontecimientos históricos en los que participan. En otras palabras: no comprenden el significado de los acontecimientos que afectan directamente a su destino. Cada vez nos decimos a nosotros mismos: “¡Esto no puede estar pasando!”. Pero entonces está pasando, aquí y ahora, y nos encontramos impotentes para resistirlo.
—La impotencia del individuo frente a una maquinaria estatal bien engrasada es un concepto que, lamentablemente, parece tan relevante en la década de los 30 como en la actualidad. ¿Considera que algo ha cambiado de entonces a hoy?
Todas las sociedades contemporáneas y sus individuos se enfrentan a multitud de retos. Estos retos pueden ser comunes a todos nosotros o específicos de determinadas comunidades. En este sentido, no debemos olvidar que existe una cierta atemporalidad: todos vivimos en el mismo tiempo físico y, al mismo tiempo, en diferentes épocas históricas. Las diferentes comunidades de personas atraviesan distintas etapas de desarrollo histórico simultáneamente. Pero hay un problema común que todos compartimos: la falta de un lenguaje adecuado para describir lo que está sucediendo aquí y ahora. Sin poder describirlo, es imposible comprenderlo. Sin comprenderlo, es imposible tomar las medidas adecuadas. Intentamos describir el presente utilizando el lenguaje del pasado. Sin embargo, la experiencia pasada no sirve para ello, porque la vida cambia constantemente. Cambia rápidamente.
Desde hace cien años vivimos en las circunstancias descritas por Kafka, Musil, Orwell, Platónov y otros grandes autores del siglo XX. Pero, aun así, parece que seguimos esperando la llegada de un héroe romántico, un salvador. Vendrá, luchará contra el dragón y resolverá el problema. ¡Qué inercia y qué ingenuidad! Hay suficientes ejemplos de esto en la vida política de todo el mundo, en las aspiraciones de las sociedades, en los criterios para elegir a un héroe o defensor de una cultura… pero, por desgracia, tenemos un problema: los Robin Hood son cosa del pasado.
El mundo se ha vuelto tan complejo que no podemos hacer frente a sus problemas con métodos simples. Necesitamos un lenguaje diferente para describir nuestra comprensión del mundo y, en consecuencia, nuestras acciones. No quiero decir que sea imposible encontrar ese lenguaje, pero primero tenemos que formularnos esa tarea. De hecho, eso es lo que intento hacer con mi película.